Milk Teeth (Sophia Bösch)

Nos hemos acostumbrado, en el subgénero de los futuros postapocalípticos, a ver, por lo general y con sus variaciones formales, mundos devastados con una inusitada dosis de violencia más o menos explícita. Algo así como si este tipo de películas tuvieran una deuda de sangre (nunca mejor dicho) con el esquema planteado por George Miller en su saga Mad Max. En el fondo nada de esto es extraño: al fin y al cabo, el contexto retratado ya induce a ello. Sin ley, sin estructuras de Estado, sin recursos. Elementos, todos ellos, que conducen al caos, a la reducción de la humanidad a lo primario, a la lucha por la supervivencia.

Sin embargo, propuestas como Milk Teeth nos llevan a un escenario que, aun compartiendo las bases ya comentadas, opta por un reduccionismo, por minimizar lo explícito y centrarse en lo ambiental y en lo íntimo. Y es que, más allá de luchas, sangre y tribalización, siempre queda otro tipo de lucha, digamos de carácter más existencial, como si los códigos éticos personales fueran el último bastión que separa al ser humano de una animalización completa.

El film de Sophia Bösch, lejos de paisajes arrasados por el clima, nos presenta un mundo rural, de naturaleza viva, cuyo peso es fundamental. No tanto por los recursos que ofrece, sino como una suerte de paraje que aporta equilibrio a las cosas. Es en este sentido donde el trabajo del sonido es fundamental a la hora de crear una experiencia inmersiva, casi palpable, que invita no solo a profundizar, sino también a tener pequeñas pausas, a la par que los personajes, para la reflexión, para mirar al entorno y no dejarse llevar por la espiral de precariedad, caos y violencia latentes en todo momento.

Es precisamente este fuera de campo constante lo primordial en el film. Es la amenaza constante, los gestos, las miradas, los silencios y las frases veladas. No se necesita más para saber que estamos en un contexto donde la supervivencia no solo depende de poder comer o no, sino de obedecer a los poderes locales autoproclamados. Y aquí es donde entran los interrogantes, las dudas y el planteamiento definitivo: ¿Es posible salirse del marco tribal impuesto? ¿Es aún la solidaridad y el cariño algo que está por encima de fronteras ficticias?

La respuesta a todo ello se plantea de forma clara, sin caer en tremendismos ni ambigüedades, pero también sin pasar un filtro rosa que pretenda confundir la esperanza con la ingenuidad. En este sentido, Milk Teeth funciona más como drama social, melancólico en formas y áspero en respuestas, que como film de género, por así decirlo.

Sin embargo, su principal problema es que tampoco plantea nada especialmente original. Es una historia mínima, con sustancia escasa, que se ampara, sobre todo, en una puesta en escena brillante y ajustada, pero que, en su idea deconstructivista del género, acaba siendo una pieza estimable aunque fácilmente olvidable por sus escasos momentos remarcables. Una película quizás más ambiciosa de lo que su planteamiento pueda indicar y que, precisamente por ello, acaba siendo devorada por su propia incapacidad de crear lo que busca: emoción.

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