Lo mejor de 2017 por… Pablo Castellano

Apocalipsis cinemático del nuevo año

Miles de bobinas son digitalizadas por funcionarios

para después ser tiradas a la basura porque

no nos gusta que las cosas ocupen espacio en nuestras estanterías.

Una pareja se masturba en la sala mientras se proyecta Song to Song.

No hacen caso a la película.

La Belleza como idea no nos hace olvidarnos del cuerpo (por mucho que queramos)

Viejas y viejos siguen agolpándose para hacer cola

en los pases gratis de la Academia.

Un programador de un famoso festival se lanza

al vacío después de darse cuenta de que el

Cine

NO

atrapa

el

Tiempo,

de que las películas que tanto admira desaparecerán algún día junto al mundo porque el tiempo pasa.

 

La gente se da cuenta de que Verano 1993 no lo es todo.

Las viejas y los viejos siguen agolpándose para hacer cola

en los pases gratis de la Academia.

Dos policías detienen en la quinta fila a

dos adolescentes que están comiendo palomitas

por escándalo público.

 

Joaquim Phoenix, Dios, Espíritu Santo

Uno y Trino

La “gente de cine”, los

directores y los críticos se proponen estudiar y leer

más allá del Cine para poder

dejar de decir gilipolleces en los coloquios

(pero ya es tarde porque recordad: es el Apocalipsis cinemático del nuevo año)

 

Miles de personas bailan en diversas partes del mundo

delante de cámaras de diferentes establecimientos

como bancos, supermercados y etcétera

para hacer algo así como la última película colectiva y globalizada.

Las viejas y los viejos siguen agolpándose para hacer cola

en los pases gratis de la Academia

y yo me meo: ¡Dejadme pasar, me estoy meando!

Top Películas vistas en salas o en Festivales durante 2017:

 

10 — Antiporno (Sion Sono)

Con Antiporno Sion Sono corre aún más rápido en la dirección contraria a lo discreto y lo moderado para dar origen a una obra regida por la radicalidad del exceso, de la desmesura y de la agresión acústica y visual. Es así que, dándole la vuelta a un encargo según el cual debían actualizar junto con otros directores el exitoso roman porno sesentero, el director de Love Exposure vuelva su inteligencia y su fuerza en narrar una historia simple y llana (el sufrimiento en el set de rodaje y el análisis de las causas del mismo de una actriz traumada por la sociedad desquiciada y por el conservadurismo de la familia) desde el delirio de la forma. Un carácter puramente postmoderno que, teniendo en su base a la provocación y al juego, no se estanca en ese horadar los muros del decorado para referir a esa esquizofrenia contemporánea que nos mantiene en un punto muerto entre ficción y realidad, sino que los derriba para dar un paso más y alcanzar de lleno las actuales reflexiones sobre los sexos y también sobre la necesidad de plantearnos la siguiente cuestión: o saltamos más allá de las convenciones sociales retraídas, o saltamos al vacío. El caso es que junto a ellas ya no aguantamos más tiempo.

 

9 — Sieranevada (Cristi Puiu)

Pensé que el ver esta película al lado de un hombre estudiante de rumano que, minutos antes de que empezara la película, me contaba sus conspiraciones sobre el lenguaje de una manera lúcida pero también muy graciosa no podía superar la película misma, que ese director tan sumamente aclamado no podría superar el efecto de “¡qué movida!” al que me había inducido el extraño que tenía al lado. Pero era mentira, Cristi Puiu me voló la cabeza. Y es que Sieranevada es de esas películas arrebatadoras y embriagadoras que alcanzan una especie de armonía absoluta entre sus partes para anestesiarte el cerebro y que ya después empieces entonces a pensar de otra manera, como más renovado. Es esa puesta en escena sobria y sometida a planos largos la que, junto a una serie de conversaciones abiertas, naturales y claras, terminan por hacer transitar al espectador de esa zona de vouyeurismo placentero al territorio del fisgón que siente que quizá está viendo demasiado. Todo termina siendo un retrato caricaturesco de la reunión familiar que atiende a los vaivenes de sus partes desde una ironía fina y desde un humor brillante.

 

8 — Mrs. Fang (Wang Bing)

Wang Bing se reafirma como tótem cultural y cinematográfico con Mrs. Fang, galardonada en Locarno con el Leopardo de Oro. Y es que, cuando parece que ya la etiqueta de documental recae sobre cualquier obra de ficción con ínfulas de no sé qué realismo, haciéndonos pasar estos directores gato por liebre y pensando quizá que seamos imbéciles cuando lo somos, pero no tanto, llega Wang Bing para recordarnos que, aunque el documental puro sea una quimera, sí puede uno acercarse a un grado de veracidad más elevado. Ahora bien, la realidad y el mundo dado en ocasiones son duros, y es en este sentido que el director de Al oeste de los raíles opta por mirar el lado oscuro de la vida para registrar y revelar con su última película la degradación física y mental de la señora Fang, una mujer enferma de Alzheimer. En ella contrastan el devenir de la familia —que observa y ayuda, pero que también hace su vida diaria para seguir viviendo— la inmovilidad de Mrs. Fang, flujo de vida contra punzada de muerte.

 

7 — La tortuga roja (Michael Dudok de Wit)

Con un dibujo simple, llano y sin alardes, Michel Dudok de Wit representa en La tortuga roja el ciclo vital del ser humano, la disposición que este tiene ante los elementos que se le presentan en el mundo y su interacción con la naturaleza. Y es así que, partiendo de situaciones ilusorias como el naufragio de un hombre en una balsa o como la metamorfosis de una tortuga en mujer, de Wit nos guía por ese camino con principio y fin que es la vida, dejando entrever las idas y venidas que dan forma al entretanto. Una obra que, alejándose del escrupuloso registro del cuerpo mediante el trazo para mostrar la propia evolución del mismo, suena sincera. Más aún si tenemos en cuenta que, abrumados en nuestro tiempo por una excesiva educación para la vida que tiene como consecuencias el utilitarismo desmedido y la praxis por la praxis, el hecho de mostrar la vida como ciclo que empieza y acaba puede llegar a resultar tan beneficioso como estimulante en este hablar desde lo sencillo a todos los públicos para poder evocar a toda mente una idea de fin que parece permanecer oculta, pudiendo motivarnos así a empezar el proceso de ruptura de esa incomodidad que supone el sentirnos en un tiempo limitado.

 

6 — Entzungor (Ander Parody)

Ander Parody y Pablo Maravi construyen con Entzungor una auténtica rareza y me hacen pensar que la experimentación formal desde la inteligencia y desde el ego moderado todavía es posible. Entzungor es reunión de tradición y de experimentación formal, un juego donde lo viejo se inserta dentro de lo nuevo y donde lo nuevo refiere a lo viejo. Los dos artistas nos cuentan la penitencia que Ziripot, un cuentacuentos de la mitología vasca, realiza por los pueblos oscuros y decadentes de la Castilla vieja mientras es víctima de la persecución y de las putadas del ladrón híbrido Zaldiko. Es este recurrir al mito el que, en su fundirse con la gracia del coqueteo con las posibilidades de los modos de hacer y de las formas, termina por derivar en un objeto puramente original. Son precisamente su pesimismo, su riesgo y su carácter de pieza única los que la sitúan en uno de esos territorios deslocalizados del común de los mortales. Como si se tratara de una actualización del propio Ziripot, Ander Parody y Pablo Maravi nos cuentan cuentos geniales sin que nadie les haga ni puto caso.

 

5 — Amar (Esteban Crespo)

La penetración anal de la mujer al hombre por medio del dildo como bautizo de pareja. Tonos pastel que dan una vuelta de tuerca al baboseo adolescente como método de revertir la mirada seria en tierna e irónica. Folladas de ascensor. Idas de olla de un enamorado interpretado por un tipo grandísimo llamado Pol Monen. Toda una serie de elementos que, orquestados y definidos por el genial Esteban Crespo, terminan por hacer de una película dedicada aparentemente a la chavalada preadolescente una obra absolutamente brillante, sincera y que da en el clavo. Todo derrocha esa gracia del adulto que mira a esos años de revoltijo hormonal desde el respecto, la chanza y la simpatía. Sin caer en la burla pero tampoco en el sentimentalismo, es decir, situándose en el justo medio. Esteban Crespo se comporta con este discurso como alguien de mediana edad hablando con su primo dieciochoañero mientras alguien mayor que los dos les estuviera observando y ellos fueran conscientes de ello. No sé si me explico.

 

4 — Demonios tus ojos (Pedro Aguilera)

Con Demonios tus ojos, Pedro Aguilera se encumbra, guste a unos más y a otros menos, como uno de los directores más interesantes del cine español. Presente en la Sección Oficial del Festival de Rotterdam, Demonios tus ojos narra el reencuentro de dos hermanos después de tiempo sin verse, un acontecimiento que provocará el choque de la perversión definida del uno y la perversión incipiente de la otra. Que el sexo es un tirano, decía Luis Buñuel en su libro ‹Mi último suspiro›, mientras Pedro Aguilera parece decir: “El sexo es un tirano, jaja, como somos”, es decir, más o menos lo mismo pero entre las risas nerviosas que produce la expresión “¡que se nos va la ollaaaaa!” mientras te agarras la cabeza y la agitas hacia los lados. Y es que Demonios tus ojos habla de perversión, pero lo hace de una forma tremendamente graciosa. Todo está lleno de tópicos, de burlas, de descaro, de diálogos brillantes por su comicidad —tanto en sus llenos como en sus vacíos y silencios—. Y es precisamente este juego entre llenos y vacíos, entre acciones, pausas y esperas, el que me produce esa especie de risa por desconcierto. Son esa espera en el primer besazo entre hermanos, ese tararear tranquilo y desenfadado de Oliver mientras se dispone a espiar en su rutina a su hermana, ese contarse sus historias más chungas que oscilan entre un “me tomo mi tiempo” y un “ahora te lo suelto muy rápido”, o esa espera en el coche una vez recién follaos, las que producen la desorientación en su encontrarse con la acción turbia. Un modo curioso de tratar las cosas el de Pedro Aguilera, en resumidas cuentas.

 

3 — Severina (Felipe Hirsch)

Felipe Hirsch nos sitúa con Severina en un Montevideo con mucho encanto para desplegar una historia de amor obsesivo que, teniendo el ingenio de la reserva y de la ocultación como eje, desborda finura y delicadeza por todos lados. Ambientada en unas calles puramente románticas, Severina narra la historia de un librero que, organizando coloquios cuando no se entrega a la escritura y a la lectura en solitario, conoce un día a una mujer que llena su tiempo robando libros. El encontronazo entre estos dos personajes, que establecen la unión de lo cálido, lo ordenado y lo mensurable, por un lado, y de lo frío, lo enigmático y lo imprevisto, por el otro, estará sometido a esa lucha entre tensión y huida que caracteriza al juego de los opuestos complementarios. Con todo ello, Severina supone un ir y venir por librerías y calles vacías que deja un regusto de caída y de ocaso compensado por un estado semi-onírico que induce al letargo.

 

2 — Song to Song (Terrence Malick)

Comprender que las distribuidoras españolas son reacias a mover belleza y cosas elevadas, o bien que llegan tarde (todavía guardo esperanzas de que Song to Song se estrene en un futuro en nuestro país), me hace poner mueca de asco y también de cierta incomprensión. Pero se me quita rápido y me pongo sereno después de poder acceder a la última película de Terrence Malick. Ver a Rooney Mara arribísima bailando sola durante dos minutos, a Michael Fassbender sentirse niño, a Ryan Gosling reír varias veces de manera natural y a Natalie Portman en esas escenas súper fetish, todo ello dentro de las formas de este director sublime, me hace llorar. Replica humana de la jerarquía angelical. Cada película de Terrence Malick es un mordisco a la Perfección de Dios para después servírtela en forma de chupito audiovisual. Nada más se puede decir sobre esta película sin resultar estúpido.

 

1 — A Ghost Story (David Lowery)

El errar de un fantasma por la geografía y el tiempo esperando a ser consciente de su propia muerte, de que todo acaba y que todo se pierde le sirve a David Lowery para componer una obra cósmica y soberbia que vuela la cabeza en su poner sobre la mesa la búsqueda sin objeto y la espera que la acompaña. A Ghost Story es la desorientación que rodea a la muerte en su sentido más amplio, aplicada ella al caminar de un fantasma que sigue dos sentidos: uno horizontal que se corresponde con el viaje por la geografía conocida, primero; uno vertical después que, marcado por ese salto al vacío, se identifica con los bandazos temporales que le llevan por diferentes etapas. Un dibujo de la incertidumbre que supone esa paradoja que se resume en un «no quiero estar aquí pero tampoco me atrevo a irme» y que se manifiesta en un permanente despedirse de personas y cosas en el plano de la vida humana; en un buscar el momento para decir adiós a lo ya vivido, a lo percibido y a lo intuido en el estadio espectral de la ficción propuesta por el director estadounidense. El fantasma de A Ghost Story parece entonces una proyección de la pena, del miedo pero también de la duda que suponen la conciencia del paso del tiempo y de la muerte.