Lo mejor de 2017 por… Pep S. Ledoux

Tras dos años de ausencia en las listas individuales de lo mejor del año, básicamente porque no había visto lo suficiente para confeccionar un top interesante, he vuelto al redil. Tampoco es que este 2017 que acabamos de dejar haya sido sublime, pero he tenido más tiempo libre para dedicar a los estrenos. No obstante, como suele suceder cada año, hay un buen número de títulos muy recomendables que merecen una reivindicación. Obviamente, no he tenido la ocasión de ver todas las estrenadas durante este año (nunca he sido un devorador compulsivo de estrenos) pero intuyo que he visto casi todo lo que podía atraerme.

Como es costumbre en este medio, la lista está compuesta por títulos de modesta producción y distribución estrenadas durante el año 2017 en nuestro país, aunque en las listas individuales también damos hueco a películas que han participado en ese mismo periodo en los festivales de nuestro territorio para que las obras más minoritarias tengan espacio y no se repitan siempre los mismos títulos. Esa es la causa de que haya filmes con fecha de producción diferentes.

Como siempre, antes de empezar no quiero olvidarme de varias propuestas que, sin parecerme redondas, se han quedado a las puertas y podrían haber entrado perfectamente en el puesto 10 de las elegidas, el único de la selección final que no me convenció del todo, pero finalmente me he decidido por el factor sentimental de la dirección de Kaurismäki. Películas como La alta sociedad (Bruno Dumont), El caso de Hana y Alice (Shunji Iwai), Certain Women (Kelly Reichardt), Doña Clara (Kleber Mendonça Filho), Estados unidos del amor (Tomasz Wasilewski) y Okja (Bong Joon-ho). También ha habido lugar para pequeñas y grandes decepciones que no comentaré porque este no es el lugar y para no irritar al personal.

 

10 — El otro lado de la esperanza (Aki Kaurismäki)

El último filme del personal director finlandés me parece el más logrado desde la excepcional Un hombre sin pasado, aunque sigue dando muestras de agotamiento de una fórmula que, a base de reiterarse, en sus últimos trabajos deja una fuerte sensación de pastiche con todos los ingredientes de su extensa filmografía, pero con un resultado dotado de menos encanto que en la década de los noventa y principios de siglo. Lo cual no es óbice para que no se pueda disfrutar plenamente una experiencia con todo el carácter humanista de su creador, protagonizada por sus habituales desprotegidos sociales, esta vez con el triste asunto de la inmigración y los refugiados políticos como telón de fondo. El filme cuenta con el intransferible cariz robótico de los personajes de Kaurismäki, deudor de las almas en pena de Robert Bresson (una de sus grandes influencias), su exquisito tratamiento de la imagen y ese sentido del humor tan especial (que contrasta con un desasosegante fuera de campo en el que percibimos las vicisitudes por las que pasa el protagonista y su entorno en su Siria natal). Una vez más, al finlandés le sienta de fábula a el acompañamiento de una música de dudosa calidad que, no obstante, dentro de sus filmes ayuda a generar esa magia que posee el universo del director de maravillas del calado de La chica de la fábrica de cerillas, La vida de bohemia y Nubes pasajeras.

 

9 — Safari (Ulrich Seidl)

El peculiar Ulrich Seidl centra su ácida mirada en los practicantes de esa disciplina tan discutible como es la caza mayor realizada como pasatiempos, desarrollada por turistas alemanes y austriacos (ayudados por guías nativos de la zona y expertos) durante sus vacaciones en Namibia. El mensaje implícito en las duras imágenes del director austriaco resulta mucho más contundente y desolador que el de sus obras documentales anteriores porque el sentido del humor, aunque casi siempre asoma, no tiene una cabida tan agresiva en una obra menos claustrofóbica de lo habitual por el bello entorno de naturaleza elegido (captado por la excelente fotografía de Wolfgang Thale, su fiel colaborador). Sin embargo, la radiografía que expone sobre las obsesiones decadentes inherentes a la condición humana se percibe aún más aterradora, si cabe. Continúa habiendo una crudeza en su desolador lienzo que acongoja sobremanera por su misántropa y nihilista visión de algunas esferas de la sociedad contemporánea, y una moraleja que resulta implacable una vez más: las mayores bestias salvajes que pueblan nuestro planeta somos los civilizados seres humanos.  Eso sí, la cinta se resiente ligeramente por el uso de un grupo de personajes más reducido que de costumbre y de una temática con menos chicha que en sus incursiones documentales más mundanas (Animal Love o En el sótano) debido a la ausencia del sexo provocador y extravagante, marca de la casa, y el uso de un grupo humano con menor encanto obsceno.

 

8 — Estiu 1993 (Carla Simón)

El brillante debut de Carla Simón utiliza un argumento basado en la accidentada historia de su infancia (tuvo que ser adoptada por sus tíos tras la muerte de sus padres) y nos sumerge en el inicio de esa adopción durante un breve periodo de tiempo de un cálido verano de principios de los noventa, como su título indica. La directora catalana puso toda la carne en el asador en la elección del tándem infantil protagonista y vaya si acertó, hay una química impresionante entre las dos mocosas y Bruna Cusí. Destaca la manera de exponer la incómoda relación entre la tía y la sobrina (la sorprendente Laia Artigas) en una historia que traerá innumerables recuerdos a todo aquel que haya pasado unas vacaciones en casa de algún familiar cercano durante su infancia, sin necesidad de haber sufrido una tragedia familiar de ese calibre. La naturalidad de las actuaciones y la mirada delicada de la directora a la hora de apelar multitud de sentimientos conforman una obra de inmensa tristeza que huye del melodrama lacrimógeno más facilón e, inevitablemente, remite a las películas realizadas por Ana Torrent durante su infancia, sobre todo a su papel en Cría cuervos de Carlos Saura, con la que la pequeña protagonista comparte ese carácter difícil. La principal duda que queda con Simón es saber si podrá mantener el nivel cuando acometa un argumento que no le llegue tan cerca en lo personal.

 

7 — Nocturama (Bertrand Bonello)

Con la última obra de Bonello (presente en el pasado D’A de Barcelona) sufrí una catarsis que suele sucederme en muy pocas ocasiones con el cine. Pasé del odio irascible (especialmente por el segmento de los grandes almacenes previa a su descorazonador desenlace) al amor incondicional en apenas un mes sin necesidad de repetir visionado. Lo más destacado de esta película con tan impopular temática es la ausencia de las manidas explicaciones de las motivaciones que mueven a los personajes (tan habituales en el cine norteamericano y en el europeo más convencionales) de un inusual grupo terrorista formado exclusivamente por jóvenes. El director francés consigue una estética intachable y una narrativa muy lograda gracias al magnífico uso del montaje y del fuera de campo, especialmente durante su atrapante y talentosa primera mitad. La película posee la frialdad y el pesimismo de Robert Bresson, especialmente la de los 2 últimos filmes de su trayectoria, con los que comparte (además de algún guiño visual) el nihilismo apático de sus personajes, aunque Bonello saque a relucir su característico tono cool (en las antípodas del genial director de Mouchette) en la citada segunda mitad de esta extraña y arisca experiencia, plagada de simbolismos sobre la sociedad moderna y de las que dejan poso muy lentamente, al menos en mi caso.

 

6 — La chica desconocida (Jean-Pierre Dardenne y Luc Dardenne)

Siempre fantaseo con cómo les sentaría a ciertos autores (con un universo tan marcado y reiterativo como el de los Dardenne) el acercamiento al cine de género, a priori en las antípodas de su estilo, y por fin he logrado una respuesta, aunque los hermanos belgas no lo hayan hecho de un modo radical ni abandonando sus obsesiones temáticas y estilísticas con este pequeño lavado de cara que no desentona en absoluto con el grueso de la obra de sus autores (eso sí, un escalón por debajo de sus dos obras más potentes: Rosetta y El hijo) que nos vuelven a ofrecer otro de sus combativos relatos cargados de realismo a través de imágenes desnudas en constante movimiento con su inseparable cámara al hombro. En esta ocasión, la protagonista no está tan desamparada, socialmente hablando, como de costumbre, pero se obsesiona con un caso y es aquí donde entran en escena sus reconocibles desprotegidos que viven en los márgenes y tratan de encontrar su lugar en una sociedad despiadada. El mayor inconveniente es que el dúo belga no disimula los esquemas de Dos días, una noche, su anterior filme con el que inauguraron la etiqueta de thriller social, pero con menor espacio para el cine negro. Su principal virtud es que a estas alturas de la película sus autores todavía tienen mucho que decir y vuelven a acertar de pleno en la elección de una excepcional actriz (Adèle Haenel) que toma el relevo de Marion Cotillard y se encuentra a la altura de las mejores heroínas de los hermanos belgas.

 

5 — Manchester frente al mar (Kenneth Lonergan)

El tercer filme de Kenneth Lonergan en dieciséis años de carrera (además de director, es un reconocido dramaturgo y escribió el guion de Gangs of New York junto a dos guionistas más) es su película más redonda hasta la fecha, aunque sus dos trabajos anteriores (Puedes contar conmigo y Margaret) ya dejaban constancia del buen hacer como director del norteamericano, que esta vez se detiene en la inestabilidad emocional de un individuo inmerso en una oscura batalla interior. Una experiencia psicológica y reflexiva sobre los traumas personales, la melancolía, el sufrimiento emocional y la angustia que devienen en aislamiento, que usa dos tiempos para adentrarnos en los trágicos motivos que llevan a un inspirado Casey Affleck (un buen actor que, sin embargo, suele robarme la energía en muchas ocasiones) a sumirse en la depresión a través de sus recuerdos. A pesar del mal rollo que predomina durante toda la obra por el agrio carácter del protagonista, se percibe un simpático sentido del humor (incluso siniestro con el asunto del entierro del hermano del personaje de Affleck) en la relación entre el tío y el sobrino y la del segundo con sus dos novias. Su principal baza, además de una bella fotografía, es el delicado humanismo y naturalismo utilizado por Lonergan para narrar la historia, sin recurrir a golpes de efecto exagerados ni manidos intentos de expiación, aunque se le puede achacar que se regodea un poco en la desgracia del protagonista.

 

4 — Le secret de la chambre noire (Kiyoshi Kurosawa)

El prolífico director de obras tan personales como Cure, Barren Illusions, Pulse o Bright Future, después de una década de los noventa muy potente se ha caracterizado en este siglo por la bipolaridad. Sin embargo, con Creepy y la cinta que nos ocupa (ambas en las antípodas temáticas y estilísticas) ha encadenado sus dos mejores obras desde Tokyo Sonata. En esta misteriosa aproximación (presente en el pasado D’A de Barcelona) al mundo de los daguerrotipos, una técnica fotográfica tan arcaica como fascinante, el director japonés nos proporciona la obra más elegante, visualmente hablando, de su extensa filmografía y la depuración absoluta de su magnético y ambiguo estilo con una, a priori, historia de fantasmas que cuenta con una de sus principales señas de identidad: la dura pugna entre la realidad y las obsesiones que obligan a los personajes a llevar a cabo acciones que coquetean con la locura. Al autor asiático le sienta estupendo el afrancesamiento de su estilo y del reparto, en esta ocasión encabezado por Tahar Rahim, Olivier Gourmet y un pequeño papel de Mathieu Amalric. Pero no todo son buenas noticias, no podían faltar (como sucedía con un detalle importante de la citada Creepy) sus habituales momentos incongruentes (al parecer a los franceses no les preocupa encontrar los cadáveres de sus familiares para enterrarlos) y un epílogo algo precipitado y no demasiado original que, de todos modos, no enturbian tan atmosférica experiencia.

 

3 — The Disarter Artist (James Franco)

Una de las sorpresas del año ha venido justo cuando se cerraba éste de la mano de James Franco, un popular actor norteamericano que lleva años compaginando su carrera con la de director, aunque de momento sólo he tenido el placer de ver Good Time Max y esta desternillante aproximación a la vida de Tommy Wiseau y, más concretamente, al rodaje de The Room, película considerada por algunos entre las peores (a pesar de que ésa sea una afirmación muy osada teniendo en cuenta la dramática competencia que hay por ese trono) de la historia del séptimo arte, que con el paso del tiempo se ha convertido en un fenómeno de masas. A pesar de su peculiar sentido del humor, hay un trasfondo realmente doloroso en las andanzas de este misterioso e improbable aspirante a Orson Welles y Tennessee Williams carente del mínimo talento en todas las disciplinas artísticas (que no son pocas) que compaginó en su obra cumbre. Aunque Wiseau sea un extraño individuo que no parece pertenecer a nuestro planeta y su grotesca presencia provoca la carcajada constante, se percibe que hay mucho respeto y admiración hacia su figura por parte del director y actor estadounidense, que vuelve a estar sublime en un papel excesivo, como sucedía con su actuación en Spring Breakers.

 

2 — Sieranevada (Cristi Puiu)

El cuarto filme de uno de los dos directores más importantes del cine rumano de este siglo (el tercero sigue inédito en nuestro país, incluso en festivales y otros formatos) recupera la mejor versión de su director, la de su debut (el segundo, Aurora, es una obra interesante, pero más irregular y con una cadencia mucho menos accesible que se acentúa debido a la menor presencia del humor oscuro tan presente en las otras dos que he tenido el placer de ver) con el que comparte el minimalismo y el desarrollo de la trama en tiempo real. Cristi Puiu nos introduce en una cena en memoria de un difunto perteneciente a una numerosa familia. La película posee infinidad de pequeñas historias que surgen de cada personaje, entre las que destacan unas conversaciones maravillosas que dicen mucho sobre cada miembro del clan familiar, de los que vamos descifrando su parentesco poco a poco. Tal y como sucedía en su citado debut (La muerte del señor Lazarescu) la ironía y la crudeza se mezclan utilizando un claro desapego con lo mostrado, situándonos en posición de incómodos mirones, con la naturalidad y el realismo por bandera. Para el recuerdo quedan, entre otras, la simpática historia del pantalón, la perturbadora bronca por un aparcamiento del personaje con más peso o la aparatosa aparición del familiar ebrio y la disputa con su esposa.

 

1 — El sacrificio de un ciervo sagrado (Giorgos Lanthimos)

La quinta película de Giorgos Lanthimos (segunda consecutiva rodada en inglés) nos ofrece un thriller psicológico, bastante macabro, que ataca directamente al corazón con una historia de venganza nada al uso y un argumento menos rebuscado de lo habitual, utilizando una ágil cadencia que sorprende si tenemos en cuenta la parsimonia de sus tres primeros trabajos y de la segunda mitad de Langosta. El director griego utiliza temas y algunos recursos visuales inéditos hasta ahora en su filmografía, aunque lo hace sin renunciar a su reconocible tono provocador y conservando toda la mala baba a través de los punzantes diálogos, la violencia y las situaciones absurdas que tanto le han caracterizado. Eso sí, sin tanta lucidez como en otras ocasiones en la manera de radiografiar la decadencia que asola a la sociedad contemporánea, más que nada porque aquí tiene otras preocupaciones y la parábola aparece muy en segundo plano. Destaca sobremanera la inquietante banda sonora y la absorbente puesta en escena (muy alejada del feísmo voluntario de sus primeros filmes) que incide en la frialdad, cuasi enfermiza, del matrimonio burgués. Unos aspectos que nos involucran de lleno en el ambiente incómodo que preside el filme y ayudan a generar una tensión, inicialmente contenida y misteriosa que paulatinamente se va tornando en irrespirable hasta su fatídica resolución.