Lo mejor de 2016 por… Pablo Vázquez Pérez

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Echando la vista atrás a las dos últimas décadas del siglo veinte, podemos recordar cuál era la jerarquía de exhibición y comercialización del cine. En los años ochenta ya se hablaba de las ventanas de explotación de las películas. Primero se estrenaban en salas, luego se alquilaban en los videoclubs, después pasaba a la venta directa doméstica y, por último, eran emitidas en televisión. Desde la fecha del estreno hasta llegar a los hogares podían pasar más de dos años. En la actualidad esta jerarquía vertical apenas continúa vigente para los estrenos de las grandes multinacionales o los eventos respaldados por corporaciones multimedia.

El párrafo anterior es un rollo, pero tiene sentido porque en la presente lista de diez films, aunque ocho de ellos se hayan estrenado en salas comerciales y especializadas, varios han tenido una emisión anterior, exclusiva o simultánea, en las plataformas legales de internet. El método actual es la exhibición multipantalla, al mismo tiempo y en medios diferentes. Lo más favorable es que el público pueda seguir acudiendo a los cines, el mejor lugar para continuar viéndolo, sin duda. Pero en el caso de la producción media y marginal que nunca llegará a las salas de muchas ciudades —ni tampoco a las capitales de comunidades— la red es la opción válida para ese cine que, si no, rara vez veríamos por no poder acudir a festivales y muestras cinematográficas, pero que por fortuna, con tener una conexión, ahora se puede contemplar incluso en Zamora.

Lo último que quiero añadir en esta introducción es la buena salud que tiene el documental musical, a pesar de no haber elegido ninguno para esta serie. Destaco dos de los vistos en 2016, aunque no los incluí porque han tenido pases muy reducidos, ya que prácticamente solo se han podido ver en plataformas digitales. Uno es Los zapatos no vuelan de Francisco Gené Cort, un ejemplo de cómo hablar del trabajo de los músicos profesionales que formaron grupos como Lepunk, Los Deltonos o Viaje a 800 entre otros, que sobreviven de su oficio, con melancolía, buenos testimonios y mucha ilusión. El otro es De un tiempo libre a esta parte, dirigido por Beatriz Alonso Aranzábal, integrante del grupo Los monaguillosh, un documento clásico compuesto por entrevistas y material de archivo, que dimensiona en su medida justa, a partir de grupos pop conocidos en los ochenta, no los más famosos, lo que fue la movida madrileña sin mitos ni historias malditas, solo con gente que la vivió sin crear un mundo falso de colorines, ni con la épica del Renacimiento como han pretendido vender después, muchos advenedizos.

 

10 — Después de la tormenta (Hirokazu Koreeda)

En un año que hizo doblete en la cartelera española, el director japonés tuvo más repercusión comercial con su primer estreno, Nuestra hermana pequeña. Pero es en Después de la tormenta con la que acierta más por cierta renovación de sus constantes de autor, abordando las relaciones intergeneracionales entre esa madre y abuela inmensa, con sus dos hijos dispares. Aunque no sea redonda, se trata de una obra de personajes en la que importan menos las situaciones y más sus psicologías y sentimientos. Capaz de sacar poesía de un barrio humilde y un tobogán en un parque, que sirve como catarsis y refugio para dejar claro qué es la familia, aunque esté en las últimas. Y la certeza de que Koreeda debe más al comic nipón que al cine de Ozu.

 

9 — Las letras (Pablo Chavarría Gutiérrez)

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En el tablero se despliegan varias piezas para encajar en un rompecabezas. Los altos de Chiapas; unos policías asesinados; un hombre bañándose en el lago que corona una cascada; una bailarina que se arrastra entre la maleza o corre encerrada en un claustro; unos niños persiguiendo un globo dorado, a través del río que se lo lleva por la corriente; rostros de nativos resignados; la correspondencia desde la cárcel de un preso; una pandilla de chavales que ascienden a la cima del monte en un movimiento interminable; la ceguera, la penumbra y un insecto que sobrevuela todo entre los estallidos de una batería cuya percusión resuena en el bosque. El orden no importa en esta experiencia audiovisual que no es documental, ni ficción, ni denuncia. Pero podría ser todo eso. Un acierto en el palmarés del Festival Márgenes 2016.

 

8 — Las mil y una noches Vol. 2: el desolado (Miguel Gomes)

Tal vez podríamos incluir la trilogía completa que acometió Gomes, inspirado por los relatos árabes, pero enfocado a una sociedad actual portuguesa vencida por la crisis. De hecho, Alberto Mulas las analizó con acierto. Una crisis universal, por desgracia. En el primer volumen, El inquieto, el propio autor explica las razones que le llevan a realizar este tríptico. Es el más cómico y posee imágenes poderosas como la de la ballena varada en la playa. El tercero, El embelesado, resulta una apuesta difícil, abstracta, pero loable en su forma de dignificar la pobreza. Sin embargo, el verdadero equilibrio y fuerza entre los otros dos, lo consigue en El desolado, largometraje que se estructura también en tres episodios. Una historia de aventuras, obstinación y supervivencia protagonizada por un viejo prófugo. Seguida de un extenso juicio irrelevante a unos ladrones debido a un hurto, que da paso a una disección de todo el pueblo presente en el juzgado, casi una obra de teatro que descubre que la culpabilidad es colectiva. Y una tercera historia magistral, narrando una amistad tan extraña como comprensible entre dos parejas de distintas edades, con aliento poético y nubes de humo que vuelan entre las ventanas de un patio de luces.

 

7 — Todos los caminos de Dios (Gemma Ferraté)

Apenas vista en un par de salas, este film fue financiado en gran parte por micromecenazgo durante tres años y, visto el resultado, tanto la espera como la colaboración invertidas, merecía la pena. Con un tratamiento más físico en las actuaciones y acciones de los personajes, que intelectual en sus escasos diálogos. Demuestra una buena cantera de actores jóvenes con los dos que aparecen todo el metraje, ya que la inclusión de Jan Cornet es onírica y fugaz. Oriol Pla y Marc Garcia Coté se acercan y enfrentan constantemente con una búsqueda de la comprensión, que desde la psicología del espectador se puede ver de forma hetero u homosexual, según cada caso. Pero poco importan las etiquetas cuando lo que se recuerda al final es la culpa, la empatía y un entorno natural que cataliza las motivaciones de ambos personajes.

 

6 — Mi hija, mi hermana (Thomas Bidegain)

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Una sorpresa inesperada en el ámbito de la producción francesa, que tuvo mucha menos suerte de la deseada en su exhibición en salas. Aunque sí se nominó a los premios César franceses, es una de estas películas malditas que, quizás, conseguirán su eco con el paso de los años. Sin ocultar su amor por el cine de vaqueros e indios más clásico, tanto como el personificado en Centauros del desierto de Ford, filtrado por esa otra joya maldita de Paul Schrader que fue Hardcore: un mundo oculto. La odisea vital de un padre que busca a su hija, fugada con un novio árabe, desde los años noventa hasta llegar al presente. El relevo forzoso en la búsqueda lo hereda el hermano de aquella. La ópera prima de Bidegain es un relato que no esconde sus fuentes, sino que las rejuvenece. Además de darnos una lección con la fuerza descriptiva de las elipsis, un guion sólido y cómo narrar una historia que transcurre dilatada en un largo período de tiempo.

 

5 — Comanchería (David Mackenzie)

El cine del oeste de nuevo. Un género inagotable y, en este caso, western por mucho que se desarrolle en este siglo. Frente a las aspiraciones de otros directores como Tarantino o Fuqua en sus largos del mismo género, Mackenzie demuestra que la situación actual, en la frontera de Nuevo México, es suficiente para contextualizar a los pioneros que ahora son casi los pordioseros del sistema. También demuestra el buen uso del formato panorámico, del paisaje, de los atracos, los duelos, la acción justa. De un guion fundamental firmado por Taylor Sheridan y apenas cuatro personajes para dar entidad al relato. Como en el Hollywood más clásico y tradicional, aquel en el que las mejores películas norteamericanas estaban dirigidas por extranjeros, aquí se repite el esquema con un escocés, para dar más señas.

 

4 — Magallanes (Salvador del Solar)

El tercer western, quizás más disimulado por su cruce con el cine negro. Una adaptación de la novela corta de Alonso Cueto, titulada La pasajera, sorprendente porque es un film escrito y dirigido por un actor especializado en papeles de galán de culebrones, Salvador del Solar, que sale reforzado en ambos cometidos. Cede el oficio de personajes a un reparto ecléctico, con el mejicano Damián Alcázar y la peruana Magaly Soler como protagonistas. Un largo dinámico que se disfruta a pesar de titubeos propios de un principiante como es alguna escena reivindicativa. Pero funciona perfectamente en secuencias como las de la estafa con el dinero y en esa otra historia fuera de campo sobre la lucha contra Sendero luminoso. Una forma de usar el género, la tragedia histórica y la construcción de personajes para dar un largometraje interesante que ayude a recordar las sombras históricas y crímenes no resueltos del pasado, sin necesidad de panfletos.

 

3 — L’Abri (Fernand Melgar)

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El docudrama, ese formato televisivo menospreciado, practicado por el añejo programa de RTVE Vivir cada día, todavía puede utilizarse, cuarenta años más tarde, con un punto de vista plural, ecuánime, tratando los testimonios de las personas implicadas en el relato ante la cámara, sin manipular sus intervenciones, más allá de la síntesis lógica de la duración del film. Esta selección efectuada por el montaje de un extenso material en bruto, grabado durante los largos meses de invierno en un albergue para hospedar personas sin hogar en Lausanne, en Suiza. Un trabajo de cámara que se coloca al principio en la posición de los trabajadores sociales, para saltar después al otro lado de la entrada al refugio y situarnos en la mirada de los sin techo. Un documental bien enfocado, estructurado y que consigue algo tan poco común como son unos códigos narrativos propios, que se ajustan como un guante a su forma.

 

2 — Drone (Tonje Hessen Schei)

Otro documental que mantiene alto el pabellón de este género en la producción cinematográfica mundial. Visto a través del Atlántida FilmFest, un festival online que ofrece algunos largometrajes difíciles de programar en canales generalistas o cines, por tener una visión muy comprometida —incómoda para los políticos y empresarios— con los temas que abordan. En el mismo año se estrenó la interesante Espías desde el cielo que trataba desde la ficción el mismo tema. En el caso de la cinta realizada por la directora noruega es fundamental el contraste que logra desde un reportaje convencional, ortodoxo, lleno de declaraciones, abundantes imágenes de archivo, entrevistas y grabaciones que se suceden con un ritmo absorbente sin olvidar en ningún plano el invento que vertebra todo. Con rigor, el espectro más amplio de testimonios que ha podido conseguir, revelaciones terroríficas como el reclutamiento de jóvenes jugadores profesionales para ejecutar bombardeos con esos drones que, por muy tecnológicos que sean, siempre son manipulados en la distancia por personas de carne y hueso.

 

1 — La jeune fille sans mains (Sébastien Laudenbach)

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El cine de animación en la cumbre, igual que en la lista general de Cine maldito. Tal vez no sea un producto representativo de la sofisticación técnica a la que nos tiene acostumbrados la producción más reciente. Porque esta doncella sin manos que adapta el mismo cuento de los hermanos Grimm, participa de la ensoñación del relato oral. Del calor de la lumbre que acompañaba a los antepasados, en estas narraciones que ellos recogieron provenientes de la antigüedad. Un cuento dibujado como las ilustraciones bellas y esenciales de los libros, con trazos difusos, algunos finos, otros gruesos, nunca cerrados. Colores básicos y dos dimensiones para ambientar una cinta que maneja el poder visual con la misma categoría que la fuerza sonora. Una maravilla porque, aunque recordemos haberlo escuchado antes de llegar al final, parecerá que nos lo han contado por primera vez.