Lázaro de noche (Nicolás Pereda)

¿Uno nace actor o se convierte en él? Lázaro de noche no es una simple película, es una reflexión de todos sus integrantes sobre aquello que les une y ha terminado siendo, ahora también, una película. Nicolás Pereda y Gabino Rodríguez llevan casi 20 años dilatando la realidad hasta convertirla en una ficción imantada al vulgo. Como director, Pereda graba lo cotidiano y le da ese toque intervencionista, ligado al humor y a lo trágico, intentando que, de algún modo, se note que hay alguien ahí manipulando la acción, sosteniendo la inventiva frente a la cruda realidad. Frente a la cámara como actor, Rodríguez pasea por terrenos conocidos creando micro-versiones de Gabino donde hay algo de certeza y otro tanto de invención, proponiendo todo tipo de versiones de un mismo ser, siempre bajo el nombre de Gabino. Para otros directores o en otros espacios creativos ha evolucionado esas versiones, pero el compromiso con el Gabino “no ficción” siempre estuvo presente en las propuestas de Pereda.

En Lázaro de noche hay una nueva versión, una muy real: a Gabino hay que llamarle Lázaro en una película de Nicolás Pereda. En esta historia en la que el ahora Lázaro también es actor, nos adentramos en una extensión de lo que desde tiempos pandémicos la compañía Lagartijas tiradas al sol, compañía de teatro que Gabino (Lázaro) Rodríguez y Luisa Prado dirigen, ha estado interpretando. Algo del pasado, algo del presente, algo inventado. Algo muy vigente para todos los participantes. En esta visión metacinematográfica hay tres actores que se presentan a las audiciones de una nueva película. No hay cámaras, no hay guion, puede que ni un título para este futuro trabajo, solo interacciones dilatadas en el tiempo entre esos personajes que rompen con la naturaleza de lo real. La película va perdiendo su conexión con lo lineal y al mismo tiempo va generando pequeños picos de humor en sus sosegados misterios. Hay un trío amoroso, un cineasta buscando gestos, una madre sin rostro que reniega de los cambios impuestos y un recuerdo lejano del momento en que se conocieron que sirven para cimentar esa relación que todos tienen con el séptimo arte como una prolongación de ellos mismos.

Todo nace de la conexión entre esos tres actores, una relación con un punto de partida inverso para el espectador que equilibra el sentido definitivo de entender que Gabino ahora es Lázaro, algo que parece un chiste interno —Gabino siempre se llamó Gabino en las películas de Pereda— pero que cobra fuerza a la hora de indagar sobre los motivos que nos han llevado a este film. Hay que poner en duda si es importante la invención o la naturaleza en un arte, el de la interpretación, que surge a partir de la impostura. Los camaleones nacen con la capacidad de ser seres cambiantes, ¿es algo que también le pasa a los actores? ¿es un aprendizaje? De un modo sutil, Lázaro de noche se cuestiona el arte a partir de eventos salteados que entremezclan la vida de los tres actores quienes, de paso, comparten sus propias experiencias relatando, de un modo muy cinematográfico, aquel curso donde llegaron a conocerse Lázaro (entonces Gabino), Luisa y Francisco Barreiro, tres pilares para una película que no verbaliza mucho y exige un gran cambio. Es sencilla, divertida y rompe los esquemas de lo teatral a partir de su montaje y su involución temporal, haciendo uso de la repetición, la narración en ‹off› y la evocación para fragmentar algo rutinario y convertirlo en enigmático. La pregunta inicial no tiene respuesta, pero la metamorfosis del actor requería un espacio en el que eclosionar, y Lázaro de noche es perfecto para dar rienda suelta a esos cambios tan significativos y ordinarios.

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