Pudiera parecer que la incursión de Kurosawa en un género, el ‹jidaigeki› (drama de época japonés), a priori extranjero a sus inquietudes temáticas —la paranoia, la soledad, la presencia de lo espectral, la incomodidad metafísica, el horror digital— desplazaría su filmografía hacia nuevos derroteros, también formales. Nada más lejos de la realidad: puede que su nuevo trabajo plantee un esqueleto visual de corte más clásico al que nos tiene acostumbrados, pero la puesta en escena desplegada en Kokurojo es puro Kurosawa: rigor geométrico en las composiciones, suaves movimientos de cámara para describir los espacios, uso expresivo de la iluminación. Como en todos sus acercamientos al cine de género, aquí el cineasta nipón demuestra un profundo respeto por los códigos narrativos y visuales del cine de samuráis, espacio desde el cual poder actualizarlos y resignificarlos.
En un período de la historia japonesa (Sengoku) marcado por las guerras civiles y luchas de poder entre señores feudales, Kokurojo se centra en la rebelión del clan de Araki Murashige contra su señor Oda Nobunaga. El sanguinario Nobunaga no dudará en sitiar el castillo de los sublevados durante un año, hecho que permite al cineasta organizar su ficción histórica siguiendo el ciclo de las estaciones, desde el invierno hasta el otoño. En cada una de ellas aparece un misterio, un crimen que merita ser resuelto. Pero hay algo que diferencia a Murashige del resto de líderes de la época y que interesa profundamente a Kiyoshi Kurosawa: un rechazo casi suicida a las ejecuciones. Ese íntimo humanismo del protagonista será el eje sobre el cual Kurosawa desplegará sus obsesiones, desde la paranoia hasta la hibridación de géneros (cine de samuráis, de detectives, de suspense) y cuyo gran acierto, en un género que abraza la épica, la violencia y la estética abigarrada, radicará en hacer que la amenaza exterior que acorrala a los habitantes del castillo de Arioka sea más atmosférica que real, y que el interés dramático se construya alrededor de las grietas y tensiones subterráneas de los adeptos de Murashige en detrimento de la acción pura y dura —las batallas marciales, anecdóticas, son filmadas en grandes planos generales, demostración del rechazo del cineasta a la guerra y a la mostración de la violencia, siempre más sugerida que explicitada.
La sedimentación de crímenes y maquinaciones palaciegas erosionan la autoridad de Murashige, al tiempo que conducen a la escalada de violencia que el señor del castillo siempre pretendió evitar. Ese aumento progresivo de la angustia comunal y de la creciente soledad de Murashige las dibuja Kurosawa con la excelencia a la que nos tiene habituados: a través del trabajo con los encuadres y los espacios, cada vez más oscuros, deshabitados y opresivos. Al final parece que Kurosawa, en este tratado sobre la absurdidad de la guerra y de las luchas de poder, quiera trazar paralelismos con el presente: una relectura de las turbias dinámicas políticas actuales, cuyo desenlace no parece situarnos en el mejor de los escenarios.









