Jonny Campbell… a examen

A Jonny Campbell se le da bien agitar el avispero cuando se trata de asuntos que tengan que ver con eso de «la verdad está ahí fuera», y aunque nunca le invitaron a dirigir un capítulo de Expediente X, no le hizo falta para adentrarse en el mundo de la ciencia-ficción más involuntariamente cómica.

En la actualidad se ha atrevido con la adaptación de la reconocida novela de David Koepp donde dos personas cualesquiera tienen la tarea súper estadounidense de salvar su pellejo y el de todos los que le rodean ante una amenaza extraterrestre mal conservada por el gobierno, pero no fue decisión baladí el ser elegido, porque entre los muchos años que ha estado metido en series de lo más diversas, existe su ‹rara avis›, su debut en el largometraje que, casualmente, tenía algo de dos don nadie enfrentándose a lagunas del gobierno estadounidense. ¿Casualidad? Solo una excusa para poder hablar de la mayor estafa televisiva de toda la historia, y no precisamente la que ocurrió en la fuente de Cibeles con Loli Álvarez y Arlequín.

Jonny Campbell es el encargado de reproducir Autopsia de un alien, una historia inventada a partir de otra historia inventada basada en hechos reales. Al director está claro que le encanta el estilo del Danny Boyle de los 90’s y del Guy Ritchie de los 00’s, así que hibrida su estilo de diario, sus personajes de barrio con ínfulas de triunfadores, la iluminación contrastada, las cámaras inquietas y el humor británico al 200% de su capacidad, algo que aprovecha de base para dar rienda suelta a su experimento metacinéfilo. Para ello coge a dos celebridades de la época, Declan Donnelly y Ant McPartlin y los convierte en otros dos tipos que exprimieron al máximo sus quince minutos de fama televisiva en los noventa, Ray Santilli y Gary Shoefield, dos nombres para no olvidar.

Como una de esas canallas propuestas de la comedia británica, Autopsia de un alien comienza como una confesión frente a un grupo de rodaje documental en la que Ray y Gary, de forma atropellada y casi inocente nos invitan a meternos en ‹flashbacks› que expliquen por qué sus nombres son de los más buscados en internet. Así, entre la gracia de dos parias intentando hacerse ricos con todo tipo de compra-ventas ilegales de poca monta y el montaje de una historia que nadie sería capaz de creer y que confirma eso de que la realidad siempre supera a cualquier ficción, Campbell nos invita a conocer una gran estafa visual que nace por accidente, solo así podría tener sentido.

Para novatos en esto de la ufología, Autopsia de un alien tiene cierta candidez que funciona sin necesidad de recurrir a esa búsqueda posterior en Google, y entiendo que para fans del caso Roswell en 1947, un pellizco de realidad que invita a creer pese al látex y los sesos de cordero mezclados con salchichas. El caso es que dos británicos que fueron a comprar objetos de Elvis para revender en Reino Unido acabaron en un gran lío que terminó con la reproducción de, como claramente indica el título —esta vez sí—, una autopsia a un alien. Para ello se recurre a un montaje frenético, la aparición de actores de la talla de Harry Dean Stanton o Bill Pullman (si hay americanos, que dejen huella) y una buena sintonía entre los protagonistas a la hora de tirarse trastos por la cabeza y perdonar cualquier desliz del otro. A medio camino entre un intenso trabajo detrás de las cámaras y una ‹buddy movie› el film intenta rascar el humor a cada momento a base de las mil y una desgracias que se superan con una cantidad ingente de buena suerte por parte de dos personas que tienen claramente un ángel de la guarda —o un UFO protector—, donde la acumulación de mentiras promete una mentira tan grande que solo podría ser verdad, porque un colectivo como el de los ufólogos no tiene más remedio que creer en lo más disparatado para que las posibilidades sigan activas, el mismo mal que sufrirán los fans de lo paranormal.

Autopsia de un alien es efímera como la fama de los dos personajes reales, quienes aparecen fugazmente en pantalla, pero tiene un tono distendido y anecdótico que la mantiene a flote en todo momento. Jonny Campbell, en cierta manera, sabe mantener esa crítica multidireccional a todo tipo de colectivos, pero también sabe abrazar el absurdo cuando la necesidad de ser el primero en contar algo supera la credibilidad de lo que se cuenta, porque después de ver la película, una acepta que los aliens rechonchos siguen ahí fuera.

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