Quién vio los templos caer (Lucía Selva)

‹Missa solemnis›

En una de las primeras secuencias de Quién vio los templos caer, Chorrojumo, antiguo “príncipe de los gitanos” de Granada, le indica a un joven magrebí por señas que pegue su oído al suelo, y este, al hacerlo, parece conmoverse profundamente. Es exactamente ese breve instante el que nos permite dilucidar el verdadero fin de su realizadora, Lucía Selva, que emplea la cámara como un sismógrafo en busca de la hermenéutica de su ciudad natal, en un viaje metafísico donde la fisicidad de la urbe se verá abstraída de sus formas presentes para adoptar las pasadas, en un valiente ejercicio fílmico de cine trascendental, que, aun adoleciendo de algunas tentaciones del cineasta novel, consigue que su experimentalidad formal esté en constante diálogo con su esoterismo ético.

La exploración etnográfica se diluye en la esencia semiológica de la ciudad, tal como sucediera en la reciente Después de las ciudades de Xacio Baño, siendo esta explorada por uno de los más célebres granadinos, Chorrojumo, quien, en asociación con Anas, un joven marroquí, formará la quijotesca pareja de desheredados que deambularán, con tan solo una llave como pretexto, por el limbo infinito de una Granada desesperada e inconcreta, varada entre los límites físicos y temporales de su pasado histórico y su futuro incierto. Pese a tener un trabajo fotográfico y atmosférico abrumador, rodada en cinta analógica con unos haluros de plata desbordados de color, los elementos narratológicos que emplea Selva desembocan inevitablemente en un contemplativismo vacilante, que elide parte de las más evocadoras secuencias y dilata tediosamente muchas de las más vacuas. 

Selva filma un réquiem por la vieja Granada, una ‹missa solemnis› por los mitos y símbolos que han formado la identidad de la ciudad que perdiera Boabdil el Chico y que progresivamente se van diluyendo en la posmodernidad, en la globalización que homogeneiza las urbes y desdibuja la historia que las conforma. Muy sagazmente, la cineasta inserta un plano general donde se nos muestra una inmobiliaria que anuncia apartamentos de lujo dentro de las cuevas del Sacromonte, histórico hogar de la etnia gitana más paupérrima desde el siglo XVI, evidenciando así la subversión cultural e histórica que la globalización perpetra en las ciudades —con el favor de sus dirigentes— en pos del más salvaje capitalismo. No es casualidad tampoco que un mandatario del ayuntamiento de la ciudad le otorgue “simbólicamente” las llaves de la ciudad de Granada a quien representa ser una empresaria que, suponemos, ha invertido un gran capital en la ciudad. Toda la cinta opera desde unos parámetros semiológicos diáfanos y comprensibles, desmarcándose del lacónico documental experimental que suele imperar en los ciclos de festivales más alternativos, repletos de manierismos y pomposidades propias de cineastas jóvenes en busca de una identidad fílmica. Lucía Selva parece querer pertenecer, pues, al grupo formado por Xacio Baño, Lois Patiño o el primer Óliver Laxe, cuyas narraciones superpuestas conviven con el contexto narrado, uniendo en simbiosis mutualista la ficción y el documental, hibridando géneros y fundiendo la falsa segregación categórica entre estos. 

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