I Am Twenty (Marlen Khutsiyev)

I am Twenty

Antes de que la Nouvelle Vague iniciará sus primeros pasos a finales de los años cincuenta, en la Unión Soviética surgieron una serie de obras que ya anticipaban los principales mandamientos que dieron forma a la corriente francesa, siendo Marlen Khutsiyev (junto con Georgi Daneliya, otro autor de la nueva ola del cine soviet de los sesenta que ostenta en su haber una obra tan referencial como esa magnética Yo paseo por Moscú) el principal nombre que fundó esa forma de hacer cine en la que el protagonismo de las calles, así como esa poesía de la derrota existencial de la juventud unida a la pérdida de la inocencia ante las feroces consecuencias que integraban la madurez aparecían como un tótem venerado en cada palmo del metraje de este tipo de cintas. Así, a mediados de los cincuenta el autor georgiano dirigió Primavera en la calle Zarechnaya, considerada a día de hoy como una pieza premonitoria de la Nouvelle Vague, producida cinco años antes de que Godard y Truffaut irrumpieran, desafiando al clasicismo, en el panorama cinematográfico mundial. Pero, quizás la obra más potente, magistral y arrolladora de Khutsiyev, fue I Am Twenty (Tengo veinte años)que se constituye actualmente como una de las cintas más bellas, pesimistas, rompedoras de la tradición cinematográfica soviética y, en este sentido, seminales de toda la historia del cine del imperio soviet.

I am Twenty

Y es que I Am Twenty representó de manera referente esa ruptura de los patrones de hacer cine que habían gobernado en la Unión Soviética desde la era del cine mudo, que terminarían conquistando el panorama cinematográfico de la Europa del Este en esa década propicia para la rebeldía y el carácter contestatario que fueron los años sesenta. El carácter subversivo que ostenta la cinta se refuerza gracias a la mitología que la acompaña. Es conocido por los aficionados al cine soviético que la película sufrió continuos retrasos en su producción, no viendo la luz hasta después de más de dos años de trabajo. Sin embargo, el descomunal metraje que ostentaba el montaje llevado a cabo por Khutsiyev (de más de tres horas de película) fue sajado minuciosamente por las autoridades comunistas, dejando el resultado final en unos míseros 90 minutos de duración, amputando así buena parte de las imágenes más hipnóticas y seductoras que contenía el film. No fue hasta finales de los años ochenta, con la perestroika gobernando los designios de la Unión Soviética, cuando la cinta emergió tal como sus creadores la habían consumado, con sus tres horas de puro espectáculo visual así como ese lenguaje narrativo repleto de poesía existencial basada en las demoledoras consecuencias que el paso del tiempo y el advenimiento de la responsabilidad adulta traen consigo.

Resulta imposible no sentirse irremediablemente hechizado y fascinando por las imágenes y el ropaje técnico que se despliega a lo largo de las casi tres horas de esta obra cumbre del séptimo arte. Y es que, I Am Twenty goza de todas las virtudes que han hecho legendario al oficio de construir películas, asentándose pues como una cinta de imprescindible visionado para todo aquel que desee contemplar con un simple ejemplo los paradigmas que hicieron mutar al cine desde sus orígenes como espectáculo de masas fundamentado en el entretenimiento hacia ese algo más que no solo busca el esparcimiento del público, sino que igualmente ofrece esos arquetipos conceptuales y líricos que tornaron la deriva del cine hacia unos terrenos más complejos que los sencillamente basados en el pasatiempo y diversión.

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Ya desde la primera imagen con el que arranca la película advertiremos el carácter especial y magnético inserto en lo más profundo de la propuesta llevada a cabo por Khutsiyev. De este modo, observaremos a un trío de soldados entonando la Internacional paseando sin rumbo por una espaciosa calle moscovita sita en las orillas del Moscova. La imagen de estos personajes, fotografiada en un espectacular plano secuencia tomado en grúa en el que apenas se atisban cortes de montaje, se perderá en el horizonte para transformarse en otro trío de amigos que caminan en sentido opuesto al de estos fantasmagóricos personajes iniciales (espléndido el fundido en el que las sombras de los milicianos adoptarán la estampa de los modernos mancebos de los años sesenta que no solo se diferencian de los personajes preliminares en el distinto rumbo que toman en su deambular, sino que igualmente en sus aspiraciones y anhelos futuros). Este recurso de estilo tan visual y atractivo, dará el pistoletazo de salida a la epopeya narrada por Khutsiyev, que se resume tan sencillamente como la historia de un trío de amigos en su trayecto desde la inmadura juventud hacia las cargas laborales y por tanto el abandono de la libertad que supone el final de la tardía adolescencia. Por un lado encontraremos a un antiguo soldado huérfano tras la muerte de su padre en el frente de la II Guerra Mundial que retornará al hogar familiar para ayudar económicamente a su estirpe compuesta por su resignada madre y su afectuosa hermana adolescente, por otro hallaremos a un atolondrado e irreflexivo operario de fábrica con un inquietante miedo al compromiso y a la responsabilidad y finalmente a un responsable padre de familia cuya nueva situación familiar impondrá una barrera de entendimiento y cercanía con respecto a sus dos amigos de la infancia.

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Este punto de partida será empleado por Khutsiyev para narrar, de forma desordenada, sin que se perciba de este modo ningún símbolo de conexión entre las diferentes aventuras dibujadas a lo largo del film, las peripecias y desventuras que van aconteciendo en la vida de estos tres personajes con el discurrir inescrutable del paso del tiempo. Y es que este es sin duda el principal tema que desarrolla la película: los efectos del paso del tiempo y sus demoledoras consecuencias con respecto al mantenimiento de los vínculos de amistad juveniles, convirtiéndose la erosión de este apego pretérito en una oportunidad para el descubrimiento de nuevos rostros y personajes que inexorablemente nos separarán de nuestros amigos de juventud, pero que quizás sean finalmente estas novedosas figuras las que nos permitirán tocar la felicidad en nuestra etapa de madurez. Así, la película mostrará portentosamente la dicha que supondrá el retorno del amigo perdido y por tanto el apego que esta ocurrencia acarreará en los primeros instantes en los tres amigos separados por la distancia, así como esta temprana devoción se irá erosionando a medida que el paso de las estaciones (poético es como el paso del tiempo es asimilado en la película con el devenir irremediable de las estaciones) originen no solo la separación física de los tres amigos, sino que del mismo modo motiven la llegada a las vidas de los mismos de la presencia de esa figura femenina que derrota la amistad fraternal hacia los caminos del amor sexual y el compromiso.

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El director de La lluvia de Julio hará gala de su talento visual disfrazando a su obra con un ropaje fascinante, convirtiendo de este modo la ciudad de Moscú en un protagonista más de la historia, engalanando el argumento con unos maravillosos planos urbanos en los que la ciudad se muestra en todo su esplendor. Así, la epopeya argumental se adornará con rimbombantes secuencias de tumultos, manifestaciones celebradas durante la Fiesta del Trabajo en las que los actores se introducirán en las mismas mezclándose con total naturalidad improvisando con los viandantes, planos cenitales fotografiados en grúa en continuo movimiento que mimetizan a los intérpretes con los moradores de la ciudad mientras éstos esperan a que el semáforo torne en verde para cruzar la calle u observan con atención los artículos que ofrecen las tiendas de la ciudad en sus llamativos escaparates. Y así un largo etcétera de recursos técnicos que emparentan la cinta con las mejores películas de la Nouvelle Vague, rememorando a esos París nos pertenece de Rivette, Vivir su vida de Godard o el Cleo de 5 a 7 de Varda. Pero no sólo en las argucias visuales I Am Twenty se muestra como una obra intrínsecamente influenciada por el cine europeo, sino que el poema literario esbozado por Khutsiyev, igualmente tropieza con múltiples influjos de carácter occidental: el silencio y el vacío de Antonioni, la pérdida de inocencia de Truffaut, la frivolidad presente en las mejores muestras del Free Cinema, que hacen sentar la filosofía de la cinta en ese intento por romper los obstáculos narrativos imperantes en la Unión Soviética de esos años para adoptar las nuevas formas de hacer cine en Europa, que dieron lugar unos años más tarde a artistas de la talla de Tarkovsky, Shepitko, Klimov o German.

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Y no he mencionado el nombre de Andrei Tarkovsky en vano, puesto que el genio hará acto de presencia en la película objeto de esta reseña en una fugaz y estelar aparición como actor en el papel de un joven fiestero y juerguista encargado de enardecer el ambiente de la crepuscular fiesta a la que arribará el joven soldado protagonista del film tras seguir la pista de su amor imposible. Sin duda, Tarkovsky aparecerá de manera casi mesiánica en la escena que dará sentido a todo el film: aquella en la que se resalta la necesidad de que los nuevos jóvenes soviéticos se olviden de las ataduras que la política y los convencionalismos sociales les suscitan, dando paso pues a una juventud exenta de ligaduras capaz de decidir su futuro sin consentimientos ni prebendas paternas pasadas ni dictaduras estatales, guiando por tanto su destino a través de sus propias decisiones individuales, pese a que ello sería imposible de acometer en un país gobernado por la programación dogmática de tareas y responsabilidades sociales.

La magistral fotografía que acompaña a la cinta en cada palmo de metraje se ataviará con una puesta en escena de tono onírico, en el que los pensamientos introspectivos emanados del subconsciente de los personajes sustituirán en muchas fases de la misma a los habituales diálogos tan típicos en las historias de ambientación clásica, aspecto que servirá para incrementar la fuerza pesimista y triste que irradia del guión del film, circunstancia que bautizará a esta absoluta obra maestra del nuevo cine soviético como una película de talante afligido y descorazonado que resalta los nocivos efectos para la felicidad que el paso del tiempo, el desgaste de la amistad cotidiana y la destrucción de la inconsciencia supone en la vida de todos nosotros. Sin duda, nos hallamos ante una de las obras imprescindibles de una cinematografía, como la soviética, que poco a poco va destapando sus perlas para deleite de todos los amantes del cine.

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