Andrei Konchalovsky… a examen

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Este fin de semana ha aterrizado en las carteleras españolas la última película de uno de esos maestros que para placer de todos los cinéfilos siguen deleitándonos con su arte: Andrei Konchalovsky. Para más atractivo, la misma llega abalada con el premio al mejor director del Festival de Venecia celebrado el año pasado. Sin duda un reconocimiento merecido con el que agasajar a un cineasta no siempre alabado en su justa medida. Y es que Konchalovsky fue uno de los puntales que modernizaron el cine de la extinta Unión Soviética allá por mediados de los años sesenta de la mano de una generación de directores que en mayor o menor medida se sitúan a día de hoy entre los más grandes de la historia del cine. Así, los primeros pasos en el cine del autor de Tango y Cash estuvieron acompañados por el reflexivo caminar de su tocayo y amigo Andrei Tarkovsky. Junto con el autor de Stalker, Konchalovsky escribió los guiones de El violín y la apisonadora, La infancia de Iván y Andrei Rublev. De este modo, el director de El primer maestro cultivó ese aura filosofal, culta y en cierto sentido crítica que caracterizó a ese cine trascendental cincelado en la Unión Soviética durante las décadas de los sesenta y setenta.

Contaminado por el veneno del teatro, Konchalovsky derivó su carrera hacia una serie de obras de corte intimista inspiradas en textos de Chejov, logrando el reconocimiento unánime de la crítica internacional gracias a un film de proporciones megalómanas: la imprescindible Siberada. Tras este éxito incontestable, el autor de Nido de Nobles cruzó el charco aterrizando en los Estados Unidos dando de este modo un giro radical a su hasta ese momento silenciosa e introspectiva carrera. Quizás este vector más palomitero y comercial compuesto por títulos rotundos como El tren del infierno y también por obras más gamberras pero igualmente atractivas como la mencionada Tango y Cash o Homer y Eddie lastraron un tanto la percepción como autor total de un maestro que a partir de este punto ha empapado su trayectoria con un eclecticismo y heterodoxia que echo en falta en buena parte de los cineastas contemporáneos. Un punto sin duda muy de agradecer que ha mantenido a Konchalovsky en la brecha durante casi cincuenta años.

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Para homenajear a este clásico básico del séptimo arte hemos decidido reseñar quizás su obra más maldita: La felicidad de Asia. Después del éxito que supuso su ópera prima —El primer maestro—, Konchalovsky dio un paso al frente dirigiendo una película fascinante, bellísima desde el punto de vista visual, pero igualmente arriesgada. Riesgo que supuso el secuestro del film por parte de las autoridades soviéticas desde el mismo momento de su pase. No fue hasta la llegada al poder de Gorbachov con su crepuscular Perestroika cuando el film pudo sacar a la luz todo su brillo resplandeciente. Y es que La felicidad de Asia pese a ser uno de los títulos que mejor aspiran la esencia de esa sociedad comunista labrada en medio de esas granjas de recolección colectiva tan mitificadas por el cine soviet —de hecho una de las peores películas de Mikhail Kalatozov, El primer convoy, centraba su argumento en este ambiente— resultó ser una película totalmente desmitificadora de estos hábitats glorificados por el partido. Aspecto que provocó su consecuente alejamiento de todo símbolo de artificio sensacionalista y por tanto su prohibición firmada por los altos mandos de la administración soviética. Temerosos éstos que el público pudiera contemplar sin ningún tipo de obstáculos ni maquillaje el discurrir normal de la vida en estos paraísos terrenales ideados por el gobierno comunista.

Ya desde el arranque del film, Konchalovsky deja claras sus intenciones. Así se informará al público que excepto tres actores conocedores del terreno escénico, el resto del elenco protagonista del film no serán profesionales del medio, integrado pues el mismo por los campesinos y granjeros que habitan una granja colectivista. Este punto da muestras del anhelo del autor de Los amantes de María de captar sin tapujos la sustancia que florece en mitad de estos campos de cultivo sin que medie ningún tipo de disfraz impostado. En este sentido, Konchalovsky partirá de una trama melodramática para posteriormente verter sus verdaderas intenciones totalmente alejadas del folletín amoroso. Pese a ello, la cinta apoyará su narración en un heterodoxo triángulo amoroso compuesto por la joven y liberal campesina Asia —mujer que habita un destartalado chamizo hallándose en estado de buena esperanza—, el irresponsable y vago padre del futuro retoño de Asia llamado Stepan y un campesino que retorna a la granja tras un año de trabajo en otros menesteres llamado Sacha Chirkunov. Un labriego éste que a pesar del lapso de tiempo acontecido sigue perdidamente enamorado de la bella Asia, con la que mantuvo una fugaz relación amorosa el año anterior.

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Sin embargo, a medida que la cinta avanza el semblante melodramático desaparecerá por completo. Y es que Konchalovsky optó por retratar la existencia de las granjas colectivas en todo su decadente esplendor. Así, tras el arranque amoroso que plantea el film y sin previo aviso la cinta dará un giro de ciento ochenta grados en su cariz. De esta forma, la cámara deambulará como un vampiro que absorbe la sangre que recorre por las venas de su víctima a través de los hipnóticos parajes que componen el paisaje. Seremos testigos de conversaciones sin importancia mantenidas por el jefe de la granja —un jorobado al que nadie parece prestar mucha atención que en realidad era el director de la hacienda— con sus colaboradores y de esas historias mínimas que bosquejan las relaciones humanas. Aspiraremos tertulias conversadas por veteranos de la II Guerra Mundial que vierten sus lágrimas narrando las peripecias que tuvieron que padecer durante la contienda y su posterior posguerra. Agudizaremos nuestros sentidos contemplando a las curtidas campesinas labrando los campos de trigo y también festivos bailes y festines que celebran la recolección de la cosecha fomentando la contaminación etílica de los moradores del lugar.

Konchalovsky huye de todo símbolo de exceso estético situando la cámara frente a sus protagonistas, dejando pues que las conversaciones fluyan por sí mismas sin ningún tipo de cortes de montaje con una espontaneidad que asusta. La vida discurre en su más pura esencia. Así, la cinta no dudará en exhibir a un joven meando en medio del campo, o los gritos de una campesina para tratar de llamar la atención de su nieto que se halla echando una placentera siesta en medio de un cultivo de trigo. Los sudores de los paisanos se mezclarán con la belleza fotográfica, de tono muy pictórico, arrancada por el talento de Georgy Rerberg —habitual colaborador de Tarkovsky que vertió su innato poder de seducción en Zerkalo o Stalker por poner dos ejemplos de su maestría—. Y es que la fotografía en blanco y negro del film atrapará la naturaleza del lugar gracias a una mirada propia desprovista de máscaras, irradiando pues ese carácter embrutecido, salvaje y libertino que castigaba con la esclavitud consentida la conducta de unos animales racionales totalmente conquistados por los instintos primarios y brutales que aún existen en el ser humano.

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Porque la fotografía es sin duda el punto fuerte del film. Una fotografía que entremezcla a la perfección excelentes planos de la estepa con primerísimos planos de los actores en los que se percibe como salpica el sudor de los mismos alrededor de la lente de la cámara. Una fotografía de tono documental que pinta igualmente con tono muy lúgubre escenas de tono fatalista como ese entierro de un viejo veterano de guerra sepultado entre los cantos de unas mujeres vestidas con un riguroso luto. O la magnética escena taciturna del nacimiento del hijo de Asia, secuencia dibujada con una clara influencia del cine de terror mediante unos claro oscuros fascinantes que se acompañarán de un montaje cortante y doloroso a modo de metáfora del padecimiento sufrido por la protagonista. E igualmente esos planos campestres que muestran los cielos despejados y asimismo colmados de nubes de la Europa del Este que hará sin duda las delicias de los amantes del cine de Andrei Tarkovsky.

Gracias a esta aspiración de la realidad, La felicidad de Asia se destapa como un documento de primera magnitud que evidencia esa sinceridad ocultada por el cine clásico soviético. Una realidad que se muestra sin ningún tipo de pretensión de censura o crítica. Porque un punto fascinante de la cinta es sin duda su imparcialidad. Y es que Konchalovsky deja que sea el espectador el que tome partido por sí mismo respecto a la realidad contemplada. Así, el retrato de esa Asia promiscua y libertina que vive con el único dogma de dar rienda suelta a sus instintos sexuales sin dar importancia a los rumores o habladurías constituye un retrato esencial de ese feminismo desprovisto de corsés y convencionalismos. Porque Konchalovsky viste con un naturalismo adelantado a su tiempo las relaciones amorosas y sexuales que surgen de la trama argumental. De este modo la cinta conserva intacta toda su frescura dando fe de un retrato especular de la condición humana, en este caso centrada en el pequeño enclave que representa una granja colectivista. Porque La felicidad de Asia es sin duda una de esas cintas impactantes que quedan marcadas en la memoria del espectador en virtud de su intrigante contorno visual así como de su excelso contenido filosófico de alta escuela universitaria. Imprescindible.

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