Alas (Larisa Shepitko)

Vuelvo a rendir mi absoluta admiración al cine de la gran directora ucraniana Larisa Shepitko con una de sus primeras y más soberbias películas, uno de esos dramas a priori cincelados para agasajar a un antiguo héroe (heroína en este caso) de la II Guerra Mundial, que sirvió a la autora soviética para crear uno de los más perturbadores y demoledores melodramas del cine surgido del otro lado del Telón de Acero. Y es que Alas es fundamentalmente un ejercicio de cine de autor de primera categoría alejado de toda índole de exaltación patriótica tan del gusto del cine clásico soviético de los años cincuenta y sesenta y que por tanto constituye una de esas piedras angulares que sirvieron de guía a los nuevos cineastas de la Europa del Este a la hora de iniciar un nuevo estilo de cine más emparentado con el intimismo exacerbado, el cual comenzó a surgir en la Unión Soviética allá por los años sesenta con cineastas punta como pueden ser Andrei Tarkovsky, Otar Iosseliani, Tengiz Abuladze o Andrei Konchalovsky.

Para mí Alas es primordialmente un profundo y demoledor melodrama de corte existencialista y porque no decirlo feminista. Los escritos que había leído alrededor del film me hicieron creer que me iba a topar con una cinta biográfica sobre la figura de una de las pioneras de la aviación de combate soviética, ya que la trama se aproxima a la vida post-bélica de Narezhda Pretujina, una de esas pilotos de combate durante la II Guerra Mundial que sobrevivieron a la masacre que supuso la Gran Guerra y que tras la culminación de la misma se vio recompensada con un trabajo funcionarial como directora en una escuela de jóvenes adolescentes, si bien conforme avanza la trama del film esta sensación inicial se fue desvaneciendo, puesto que la película es sin duda un drama cautivador y profundo acerca de los miedos y traumas que aprisionan al hombre/mujer urbano moderno incapaz de desembarazarse de la rutina y el encierro que el paso del tiempo trae consigo.

El argumento de la cinta se sitúa en esos años posteriores al conflicto bélico en los que Petrujina lucha por hacerse un sitio en un mundo desconocido para ella. En los primeros compases del film Shepitko nos mostrará a la antigua combatiente en su nuevo ambiente laboral. La directora ucraniana perfila a la perfección con unas pequeñas pinceladas de vida la conflictiva y confusa personalidad de Petrujina. Así tras recibir un premio por su fructífera labor al frente de la escuela, Petrujina destapará su contradictorio temperamento expulsando a un alumno rebelde que no atiende a las órdenes de la directora. Tras este primer impacto, Shepitko sigue con su cámara en primer plano a la ex-piloto en su rutinario día a día. De este modo conoceremos las intimidades del personaje, una mujer solitaria e introvertida con serios problemas afectivos que exhibe un carácter anti-social en continua e ineficaz búsqueda por hallar un sitio en una sociedad en la que ciertamente no encaja.

En estos retazos de vida realista seremos testigos de los problemas familiares que ostenta Petrujina con su joven hija adoptiva la cual acaba de contraer matrimonio con un hombre mucho mayor que ella, así como la gélida relación que la ex-piloto mantiene con su único amigo (el director del museo arqueológico con el que mantiene conversaciones de gran calado filosófico si bien Petrujina parece no atreverse a dar el paso adelante con el que encender la llama de la pasión amorosa). El hastío y el aburrimiento se apoderan de la vida de Petrujina en modo de solitarios paseos por las plagadas calles de la ciudad o con visitas a antiguos compañeros que ya tienen su vida hecha y que por consiguiente carecen del tiempo necesario para premiar con un pequeño hueco de cálidos abrazos a su antigua camarada. 

La oquedad vital de Petrujina se evaporará levemente ante el anuncio de la desaparición del alumno que expulsó de la escuela por su mal comportamiento. De tal forma que la directora tratará de averiguar el paradero de su pupilo visitando el hogar familiar e interesándose por su hallazgo, ya que se siente en parte culpable del hecho. Sin embargo, tras la repentina aparición del díscolo discípulo, la directora volverá a caer inmersa en una tediosa rutina que ahogará en taciturnas tabernas y recordando antiguos tiempos en los que nuestra protagonista era más feliz volando en aviones de combate que surtían a Petrujina de una impostada libertad o en compañía de su antiguo amor, un apuesto piloto de combate que falleció en acto heroico durante una batalla aérea compartida con Petrujina. Estos débiles trazos de romanticismo, hábilmente insertados por Shepitko a lo largo del film, son rápidamente sustituidos por las imágenes de profunda depresión que dominan la vida de la ex-heroína.

La cinta es un ensayo sublime sobre el vacío que se apoderó de la mente de la ex-combatiente soviética, mostrando con un tono realista a la vez que poético la crisis por la cual atraviesa la protagonista de la historia. En ese sentido la película me recordó y mucho a La herida de Fernando Franco en el sentido de otorgar el protagonismo absoluto a una mujer que padece un serio problema psicológico al no hallar ni el lugar ni el sentido en su actual y asfixiante vida. En ambas cintas se observa en primera persona la opresión social inquebrantable que aprisiona a los dos personajes principales (mujeres en uno y otro caso) los cuales son incapaces de romper las cadenas que están acarreando el hundimiento moral más absoluto.

Si bien en el caso de la película española la intérprete protagonista opta por la depravación existente en la sociedad actual, en la cinta de Shepitko el derrumbamiento personal que padece el personaje es dibujado de un modo más lírico, a través de la patética soledad presente en la vida de Petrujina la cual es reflejada por los gestos compasivos de la actriz Maya Bulgakova, protagonista absoluta de todas y cada una de las escenas con las que se construye la película. La cámara de Shepitko escolta a Bulgakova para dar testimonio de su triste vida y del agobiante y desesperado futuro que se avecina al personaje. No obstante, esta vigilia carece de fundamento moralizador, pues la única intención de la autora ucraniana es dar un testimonio fidedigno del crudo deambular de una mujer negada en establecer relaciones sociales, para la cual la sociedad en la que vive es una prisión que atenaza su conducta hacia la depresión más inhumana sin que halle el oxígeno preciso para poder respirar un aire limpio y puro necesario por otra parte para otorgar la felicidad elemental con la que despertarnos cada día.

La cinta es una maravilla técnica en la que está presente la intensa sensibilidad de la bella Larisa, sin duda una de las pioneras del cine de autor soviético. La realizadora de La ascensión logra sacar adelante un film de una emotividad supina que cala hondo en los huesos, sin utilizar un sensacionalismo fácil para impresionar la maleable mente del espectador. Al revés, y es que la maestra del cine soviético consigue perturbarnos utilizando el camino más difícil, esto es, sin utilizar el atajo de las vísceras, sino recorriendo las escarpadas autopistas de la prosa cinematográfica.

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