«¿Qué se siente al caer desde tan alto, capitán?»

Esta lapidaria cuestión es planteada repetidamente por un joven cadete a su superior, el capitán Jorge Silva, ex-paracaidista de la Fuerza Aérea de Chile, quien un día salvara de un atentado al presidente Allende. Aunque con la pregunta se refiera a la sensación física de caer a más de tres mil pies de altura desde un avión, la cuestión deviene trascendental para uno de los héroes militares más desconocidos de la Historia de Chile. Durante las primeras horas del golpe de Estado de Pinochet, frente a la amenaza del fascismo, el capitán Silva verá el hangar donde forma a cadetes militares convertido en un centro de detención y tortura de opositores. Por vez primera, el capitán y Juan Pablo Sallato, en su ópera prima Hangar rojo, deberán reflexionar sobre cuán libres les hace la caída. Sobre cuán dura será esta.
En la violencia subtextual y el ímpetu reprimido que se esconde tras la marmórea expresión del coronel Jorge Silva (Nicolás Zárate) se nos muestra un solvente ejercicio dramatúrgico de identificación con un personaje tan elusivo y estoico como el capitán, cuyos breves y únicos momentos vulnerables son junto a su mujer, mostrando así, con la contención y sutileza necesarias, su desgarro moral entre su juramento a la patria chilena, su ética personal y su intachable profesionalidad militar. No es baladí que el capitán Silva sea recurrentemente filmado en escorzos que ocultan gran parte de su rostro, pues refleja su contradictorio hilvanado interno de deberes en tanto que capitán, marido y hombre serán aquel que moldee sus erráticas acciones. Quizá sea, por lo tanto, la precipitación del tercer acto y del clímax de la cinta aquel que entre en contradicción dramatúrgica con el personaje, que por algún motivo —probablemente por necesidades mercantiles más que artísticas— ve su desarrollo atropellado y hasta cierto punto algo arbitrario, aunque sin ello restarle ímpetu a su tesis dramática.

El deje maniqueísta con el que el guion es esbozado sería probablemente el mayor lastre para sus limitados 82 minutos de metraje, si no fuera por la cadencia formal que tan audazmente Sallato ha sabido imprimir en sus imágenes, la que hace que el relato consiga trascender sus manierismos narratológicos que, por muy veraces que sean, no dejan de repetir los elementos arquetípicos institucionalizados de este tipo de propuestas. La tan seductora estilización que produce el blanco y negro empleado, en cuya tentación fácilmente podría haber caído el realizador dejándose embelesar por este, imitando la pictoricidad de Pawlikowski o Haneke, es resistida y negada al conflictuarla con el tratamiento de cámara, que nunca se despega del hombro del operador y trabaja con un montaje interno muy marcado por el transfoco, en una búsqueda de la visceralidad de la situación antes que de su explotación estética. Innegable es, pues, la influencia del revolucionario Patricio Guzmán, en especial la de La batalla de Chile, no tanto la del “liricista” que es actualmente, en la construcción ética y fehacientemente decidida políticamente con la que el realizador consecuentemente actúa.
La abyección pinochetista en la Chile de hoy, presidida por José Antonio Kast, admirador del dictador y quien votó por la continuidad de uno de los mayores tiranos de la historia reciente en el plebiscito de 1988, sigue eminentemente viva; por lo tanto, figuras como las de Juan Pablo Sallato son más que necesarias para la reivindicación de los héroes que resistieron y sufrieron la lacra del fascismo y el populismo, cuya sombra se extiende de nuevo por el mundo, amenazándolo con su conocida noche.


Redactor de crítica cinematográfica en Cine maldito y Cinemagavia.





