El zoo de cristal (Paul Newman)

Buena parte de las obras de Tennesse Williams han sido adaptadas a la gran pantalla con éxito. Sólo hace falta recordar películas como Cat on a Hot Tin Roof (La gata sobre el tejado de Zinc, el “caliente” fue censurado en España), A Streetcar Named Desire (Un tranvía llamado deseo, 1951, Elia Kazan) o Suddenly, Last Summer (De repente el último verano, 1959, Joseph L.Mankiewicz), por mentar las más recurrentes.

Lo cierto es que la primera adaptación de una obra de Tennesse fue en 1950, sobre una historia con tintes autobiográficos, aunque con bastante ficción de por medio: El zoo de cristal, con participación de Kirk Douglas nada menos. Y aunque el propio dramaturgo trabajó en el libreto de la película, parece ser — y digo parece ser porque no la he visto aún— que el final está cambiado hasta lo irreconocible dejándolo en un ‹happy end› impuesto por la productora. Aunque posteriormente se hizo una adaptación televisiva de la misma obra con Katharine Hepburn en 1973, en Cine Maldito vamos a detenernos en la tercera adaptación cinematográfica de la obra, la realizada en 1987 por el mismísimo Paul Newman en una de sus pocas incursiones tras las cámaras.

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Que Paul Newman suspirara por la obra de Tennesse no es de extrañar, cualquier actriz o actor hubiera matado a quien hiciera falta por salir en una obra suya o en una adaptación a la gran pantalla. Por lo demás, hay que recordar que el propio actor, y director en esta ocasión, había estado en dos adaptaciones del dramaturgo, entre ellas la película que lo puso en el firmamento fílmico, la espléndida La gata sobre el tejado de Zinc, por mucho que el tema homosexual latente en la obra se “camufla” (No tiene sentido esa peli sin entender que Newman llora de manera exagerada la muerte de su “amigo”). Pero tampoco estaría de más mencionar que en el teatro una de sus actuaciones más recordada fue en Dulce pájaro de juventud, precisamente de Tennesse. Es más, años más tarde trabajaría en la adaptación cinematográfica de la obra, que por otro lado también tuvo ciertos problemillas con la censura.

Vamos, lo de Paul Newman con Tennesse era algo más que un capricho cuando a mediados de los 80 se dio a conocer que trabaja en una adaptación de El zoo de cristal. Sólo necesitaba rodearse de buenos actores, un único escenario y demostrar que podía hacer algo más que “teatro filmado”.

Para el reparto, Newman contó con un joven John Malkovich, con su esposa Joanne Woodward (uhmmm, Joanne era mucho más que “su” esposa. Era y es una actriz maravillosa) y con Karen Allen, que aquí demuestra que es mucho más que “la chica esa que salió en la primera de Indiana Jones, se casó con el director y desapareció”. Vamos, que el reparto es de lujo, pero es Karen Allen quien acaba llevándose el gato al agua.

The Glass Meagerie, en su título original, nos presenta a un hombre que regresa a un hogar familiar ya abandonado que sin embargo está poblado de recuerdos y fantasmas. La presentación de la película se inicia con un plano secuencia que se acerca y aleja del personaje, interpretado por John Malkovich, que intenta acceder a la casa, por la que finalmente se cuela gracias a la escalera de incendios. En el fondo uno deduce que su director va a intentar coger cualquier oportunidad para huir de esa cosa llamada teatro filmado, y antes de pasarnos dos horas encerradas en una casa, intenta coger aire y mover la cámara. Porque así será en buena parte de la obra, con movimiento de cámara para capturar las idas y venidas de los personajes, mientras que en otras sólo necesitará el plano contra plano y dejar que sean los actores quienes eleven la obra ayudados por un libreto magistral y la escenografía con juegos de luces y contrastes.

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Después de una breve presentación de lo que vamos a ver por parte del personaje de John Malkovich, quien hasta dice el número exacto de personajes y en qué momento aparecerá un cuarto actor que lo desestabilizará todo, nos situamos atrás en el tiempo, en los años 30, concretamente hacia el final de la década, pues se comenta en la presentación que España vive una guerra civil (36-39). Es por tanto, la Nueva York y la convulsa América que aún no ha salido de la Gran Depresión.

Entonces aparece, no la actriz Joanne Woodward, si no Amanda Wingfield, esa mujer que en su fuero interior sigue siendo una niña sureña que continúa soñando con pretendientes y bailes, postrada en la casa venida a menos que posee en Nueva York, siempre recordando el pasado y lamentando que ya no tienen criados negros. Un pasado que ya no existe ni en el tiempo ni en el espacio, sólo en ella. Con ella viven sus dos hijos, un joven amargado con su trabajo en unos almacenes que aprovecha sus ratos libres para escribir y una chica con cojera incapaz de relacionarse con nadie debido a su timidez y que no parece entusiasmarse por nada, tan sólo en sacar brillo a sus animales de cristal que colecciona.

Lo que acontecerá será el descubrimiento de los propios personajes de la enorme sima entre lo percibido y la realidad en primer lugar, y las expectativas o lo anhelado y la verdad inexorable del futuro que se acerca. El miedo a soñar y el fracaso o la culpa que esto conlleva. Estos son los temas centrales de una obra donde la madre intentará, a su manera, sacar adelante a sus hijos; al chico intenta cohibir sus ansias de aventuras y centrarlo en la vida serena que debe llevar todo buen hombre de provecho, a la chica inflarla de valor para encontrar un porvenir mejor. Inflarla no, empujarla a casarse más bien, sin darse cuenta que sus relatos de su pasado esplendoroso como señorita de bien rodeada de pretendientes no hace más que hundir a su hija, que escucha con esperanza, envidia y miedo.

La madre será quien lleve buena parte del peso de la obra al inicio, una mujer que no acepta la realidad para con su hija ni para con ella misma, que sigue comportándose como una señorita sureña de la alta clase en un decrépito apartamento venido a menos cuyo retrato del marido huido gobierna el hogar en una posición estratégica desde donde lo ve todo y todos lo ven. Un hogar que acaba por ser claustofóbico e irrespirable, sólo las visitas al balcón improvisado que es la escalera de emergencia y sus vistas al club cercano da alivio al personaje de Malkovich.

Pero la historia bascula hacia el personaje de Laura, que acaba por devorar todos los fotogramas de los que dispone y termina siendo la auténtica protagonista y personaje central de la obra, por mucho que Tom, su hermano, actúe de narrador y a ratos de observador moral.

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Laura es una mujer asustadiza, con unos traumas que le impiden cualquier intento de mantener siquiera una charla con un desconocido y que acaba erigiéndose tan frágil como uno de esos pequeños animalillos de cristal que atesora, en una metáfora final que aunque obvia y hasta burda no está extensa de interés. Después de la insistencia de la madre por conseguirle un pretendiente, Tom lía a su único “amigo” para ir a cenar y que así conozca a Laura, en una cena que será el momento estelar de los anhelos y los miedos de los personajes y donde todos tomaran un camino a seguir.

El zoo de cristal se erige como una película mucho más cruda que lo que pudiera parecer en un inicio, cruel con sus personajes sin dar opción final a redención alguna. El sentimiento de culpabilidad acabará por hacer desaparecer esa sensación de nostalgia que intuíamos en un Tom que al inicio de la obra volvía al hogar tras años de ausencia. Todos los personajes acaban rotos, imposible ya pegar los trozos separados.

Pero, ¿consigue Paul Newman que olvidemos que es una obra de teatro? Sí y no. Primero he de declarar que no creo que sea teatro filmado, una expresión por otro lado llena de menosprecio por cualquier peli que se desarrolle en un único escenario o que provenga de la dramaturgia. Menosprecio que aborrezco, de igual manera que durante un tiempo se decía “estética videoclipera” como insulto.

Hay una cámara que se mueve y lucha por no quedarse anclada durante buena parte del metraje. Tal vez, de manera algo desesperada buscando cualquier resquicio para ello. Por otro lado, la ambientación, el juego de luces y sombras, ciertos objetos (el retrato del padre, las figurillas de cristal) y el fuera de campo que percibimos por luces y sonidos cobran una importancia vital. Tal vez, seguramente, todo esto ya estuviera en la obra, o en gran parte. Pero su realizador gana el cielo en la parte final, justo cuando se va la luz y entonces, entre penumbras, de manera mágica, entramos en el alma en penumbra de Laura. Y eso es impagable. Esa escena justifica por sí sola todo el visionado. Todo lo anterior visto era en parte una preparación para ese momento. Es la historia de Laura la que acaba sobrevolando por encima de la madre o del hijo.

El entusiasmo hay que rebajarlo por un ritmo que no siempre funciona y que acaba agotando al espectador. Lo cierto es que El zoo de cristal se erige como una buena película rodada en los ochenta que pasó sin pena ni gloria. Entiendo en cierta medida sus limitaciones y sus problemas, centrado en ese agotamiento que quita puntos al resultado final. Pero sigue siendo una obra a descubrir.

Paul Newman nos retrata la historia de ese animalillo asustado y apagado que durante una noche se permitió soñar un momento y luego sucumbió a la oscuridad. Puff, bien hecho polvo que te deja la peli.

Roto.

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