El original | Infielmente tuyo (Preston Sturges)

En los años ochenta surgieron una serie de remakes de grandes clásicos del cine americano de los años cuarenta que a ojos de los cinéfilos nivel medio de aquellos años eran obras prácticamente desconocidas. Así estos estrenos sirvieron para, además de hacer caja en taquilla, sacar del baúl de los recuerdos estupendas películas de diversos géneros para goce y disfrute de los amantes del cine de la época dorada de Hollywood. La simpatía que le tengo a Infielmente tuya, correcto y también discreto film protagonizado por dos de los actores de moda de aquella época: Dudley Moore y Nastassja Kinski, versa sobre todo por el hecho de haber recuperado una de las grandes comedias de todos los tiempos e injustamente olvidada en los famosos rankings de las mejores comedias de la historia, incluso relegada a un segundo plano en la filmografía de su creador, el genio Preston Sturges, que no es otra que la inolvidable y divertidísima «screwball comedy» Infielmente tuyo.

Para mi gusto, esta excepcional sátira sobre el mundo de los celos, fue la última gran película del genio de Chicago. Sturges fue sin duda uno de los mejores guionistas de la historia del cine. Tras una etapa como guionista estrella de la Paramount, época en la cual se beneficiarion del arte de Sturges directores como William Wyler o Mitchell Leisen, Sturges inició una extraordinaria carrera como realizador a principios de los cuarenta. El carácter indomable, perfeccionista y atormentado de Sturges acortó su carrera como director y actualmente, si bien es uno de los cineastas de referencia entre los adoradores del cine clásico, no es un cineasta de cabecera entre la amplia mayoría de espectadores en general.

Infielmente tuyo (mala traducción, siendo al título del remake el que mejor se ajusta a la realidad de la trama) es pura «screwball comedy». Cuenta con un inteligente, alocado, ingenioso, corrosivo e hilarante guión, como no cabía  esperar de otra forma al salir de la pluma de Preston Sturges, que lanza una mirada pícara y crítica en contra de las clases adineradas y burguesas. Como en toda buena película del director americano, los personajes que aparecen en pantalla (y si pertenecen a las clases privilegiadas, como es el caso, aún de forma más radical) son maniáticos, raros, insolidarios, plenos de excentricidades y extravagancias, lo cual no hace más que enardecer la carcajada del espectador en cada secuencia. La cinta ostenta un ritmo trepidante y endiablado, en el que el silencio no tiene cabida.  Los actores están continuamente dialogando y en movimiento dotando de esta forma de una singular profundidad al espacio en el que suceden las surreales peripecias que sufren. Este hecho hace que podamos comparar la película con una cinta musical, al poseer ambas el gusto por una fotografía dinámica que huye de la rigidez escénica. Técnicamente la cinta es un prodigio. Se nota el sello de la Paramount en cada escena. Los suntuosos decorados y los impresionantes planos americanos y travellings que recorren el metraje convierten a la película en un film modelo digno de estudio para todo aquel interesado en profundizar en el perfeccionismo técnico que habitaba la época dorada del cine estadounidense.

Pocas comedias de enredo siguen tan frescas, desternillantes y modernas como esta película. La trama, que discurre prácticamente a tiempo real a través de tres increibles flash back que surgen de la calenturienta mente del protagonista, se centra en Alfred De Carter, un estrafalario director de orquesta que posee todo lo que una persona pueda desear: fama, prestigio, un trabajo que le gusta, amigos que no paran de ejercer el noble arte de la adulación, dinero y sobre todas estas cosas inmateriales,  una bellísima y joven mujer. ¿Qué puede hacer infeliz a alguien que tiene bajo su poder todos estos objetos de deseo? Solo un ente tan humano como la propia vida o la muerte: los celos. Durante un viaje para preparar un concierto Alfred encarga a su cuñado que cuide de su esposa Daphne para que ésta no se sienta sola en su ausencia. Sin embargo el despistado cuñado de Alfred cree entender que éste le encarga que vigile a la bella dama ya que sospecha que le está siendo infiel. El malentendido provoca que su familiar contrate a un detective privado para seguir los pasos de Daphne. Cuando el investigador acude con su informe, Alfred rechaza leer el escrito ya que considera que supondría un atentado contra la confianza que tiene depositada en su esposa. Sin embargo la sombra de la duda comienza a corroer a Alfred, el cual comenzará sospechar que efectivamente su mujer le ha sido infiel con su joven y atractivo asistente.

Las dudas atormentan a Alfred antes de la celebración del tan esperado concierto, de manera que en el transcurso del mismo la mente de Alfred maquinará tres planes para resolver la supuesta infidelidad de su esposa, cada uno presentado al comienzo de la ejecución de una sinfonía musical clásica con un espectacular travelling en el que la cámara se desplaza lentamente hasta llegar a los ojos de Alfred logrando de este modo tan original el efecto de dar la sensación de estar penetrando en la mente del enfermo. En la primera de las historias surgidas de la imaginación de Alfred,la cual es acompañada en todo momento con un simpático allegro, éste resolverá que la mejor manera de solucionar la tracición conyugal no es otra que asesinar a Daphne y cargar el asesinato a su joven amante para vengar la afrenta. En la segunda fábula, adornada con un melancólico adagio y quizás la menos buena de las tres, Alfred decide perdonar a Daphne dejándola ir con su nuevo amor. Y finalmente en la tercera epopeya, acompañada con un misterioso piano adagio, Alfred urde su suicidio como vía para la redención.

Una vez finalizado el concierto, Alfred tejerá un enrevesado plan con el que culminar la opción elegida durante el concierto que no es otra que asesinar a su esposa, para lo cual acudirá a la habitación del hotel para dejarla perfectamente ataviada y así  llevar a cabo el asesinato perfecto. Sin embargo la torpeza y tosquedad de Alfred provoca que el plan perfecto ideado en sus ensoñaciones se convierta en una chapuza que traslada a Alfred de un despropósito a otro, lo cual complicará el cumplimiento de su enloquecida misión.

La película es una delicia repleta de escenas delirantes, muy físicas y divertidas repleta de diálogos sagaces. Podemos definirla como un cartoon de actores reales en la que suceden gags que perfectamente podrían haberse extraído de un episodio de El correcaminos. Especialmente  jocosa es la escena del incendio en el hotel provocado por el bonachón de Alfred al que no se le ocurre otra idea que quemar el informe reportado por el detective como muestra de su primeriza confianza (escena que parece sacada de la película más surrealista de los hermanos Marx). Otra maravillosa muestra de humor físico es la escena en la que Alfred está planeando el asesinato de su esposa en la realidad de la habitación del hotel: Rex Harrison (que está espectacular, divertido, tierno, pérfido, es decir, sencillamente memorable, para mí una de las grandes interpretaciones de comedia de la historia del cine) se caerá de una silla, se enredará con las pegajosas cortinas de las ventanas, destrozará el tocadiscos en el que iba a grabar los supuestos gritos de auxilio de su esposa como coartada, y padecerá los infortunios del azar, el cual revierte en su contra todos sus planes. Otro punto muy destacable es el espléndido empleo de la música clásica para embellecer y dotar a cada secuencia del tono preciso que necesita y el espectacular reparto con la presencia de actores de la talla del mencionado Rex Harrison (espectacular), la guapísima y racial Linda Darnell, el genial cómico habitual de Sturges Rudy Vallee y un magnífico y divertido Lionel Stander antes de su expatriación de EEUU motivada por la caza de brujas.

La cinta desprende glamour y elegancia por los cuatro costados. Los vestidos, decorados, peinados, restaurantes y salones son idénticos a los empleados en la mejor comedia sofisticada de los años treinta que podamos imaginar. Del mismo modo, Sturges como gran sociólogo cronista de las rarezas que definen al ser humano, elabora un ácido dibujo de la desestabilización emocional que implican las inseguridades y los celos en la mente humana, así como del carácter imperfecto que ostenta el alma humana, incapaz de alcanzar toda virtud aún cuando tiene a su disposición todos los instrumentos precisos para lograrla. La moraleja que desprende la película, si bien almibarada por su final, podría ser que el ser humano está condenado a la tortura de la infelicidad a lo largo de su existencia debido a su carácter irreflexivo, egoísta, temeroso y desconfiado.

El cine de Sturges siempre me pareció el reverso tenebroso y divertido del cine humanista de Capra. Ambos poseían multitud de vasos comunicantes: su visión crítica de la sociedad de su época, su reflejo de las corrupciones y mentiras vertidas desde las esferas políticas y periodísitcas, así como la confianza de ambos en la cooperación y solidaridad de la comunidad surgida de las clases medias y trabajadoras como medio para luchar contra estos vicios. Sin embargo, el optimismo de Capra choca contra la visión más descreída y corrosiva de Sturges. Infielmente tuyo es una buena muestra para acercarse a este genio desde el ámbito de la comedia alocada y sin más pretensiones que divertir al público desde el sentido más ético de la vida, es decir, aquel que se ríe de los defectos que caracteriza al ser humano.

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