Dr. Jekyll y su hermana Hyde (Roy Ward Baker)

“Hammer” y “sexo” son términos prácticamente indisociables. Como si de un Dr. Jekyll se tratara, en cada cinta de la productora parece anidar un Mr. Hyde en forma de lujuria, lascivia, perversión y erotismo. También, por supuesto, en esta nueva actualización del mito creado por Robert L. Stevenson en 1886, al que la propia Hammer ya dedicó un largometraje: Las dos caras del Dr. Jekyll, dirigida en 1960 por el ilustre Terence Fisher. Esta nueva versión, surgida de la brillante mente de Brian Clemens (responsable de algunas deliciosas películas de terror como De repente, la oscuridad y Terror ciego), se enmarca dentro de la (presunta) etapa de declive de la productora, pero es quizás por este motivo por el que logra brillar con tanta fuerza. Lejos quedan ya la solidez y el fulgor soterrado de sus grandes títulos de antaño (La maldición de Frankenstein, Drácula, la trilogía de Quatermass), sustituidos ahora por otros más irregulares y disparatados, pero en muchas ocasiones tanto o más estimulantes. Dr. Jekyll y su hermana Hyde es, en este sentido, uno de los más originales, poderosos y demenciales.

Si la Hammer utilizó la imaginería vampírica para hablar de la sexualidad y la represión de los instintos, con la figura del Dr. Jekyll y su antagónico Mr. Hyde da un paso más allá en lo que a la plasmación del inconsciente se refiere, corporeizando la figura del deseo (y del poder devorador que lleva aparejado) y, he ahí la osadía, otorgándole deslumbrante forma femenina, en una maniobra que aúna misoginia y ambigüedad sexual. El deseo es femenino y se alimenta de sangre humana para existir, sangre de su propio género para que este pueda perpetuarse en el tiempo. Eros y Tánatos vuelven a danzar de la mano en un escenario en el que la ceremonia de la muerte sirve de antesala a la cúpula del placer. El protagonista, siendo aún consciente de la dimensión moral que todo ello implica, decide matar para alcanzar esa transformación femenina que le garantice el goce sexual y la sensación de dominación sobre el género masculino (¿su género? La identidad sexual se diluye entre humores genitales). Y, de este modo, la película va planteando preguntas a las que cuesta dar respuesta, mientras juega subrepticia y malévolamente al arte de desentrañar los deseos ocultos no sólo de los personajes, sino de los propios espectadores que contemplan la película.

De este modo, la clásica reflexión sobre el Bien y el Mal que plantea el texto original amplía su alcance al integrar elementos de sexualidad y belleza en ese monstruo interno que, en sus representaciones previas, sólo reflejaba su perversidad a través de la deformación y la fealdad físicas. La criatura impulsiva, feroz y de bárbara pero sutil sexualidad que definía al personaje en El hombre y la bestia (Rouben Mamoulian, 1931) es sustituida ahora por otra hermosa y fría pero igual de dominadora. La realización creativa del siempre solvente Roy Ward Baker contribuye a expresar mejor la dualidad tortuosa del personaje (juegos de espejos, densidades cromáticas), cuyas fluctuaciones morales no se limitan a la dicotomía Bien/Mal o Jekyll/Hyde, quedándose a menudo en un punto intermedio en el que ambas personalidades resultan igualmente abominables. La desvergonzada pero inteligente apropiación de otros iconos de la crónica negra de la época (nuestro Dr. Jekyll es nada más y nada menos que Jack el Destripador, y para sus fines cuenta con la colaboración de los infames ladrones de cadáveres Burke y Hare), convierten al film de Baker en un pastiche tan tronado como arrebatador, de estética subyugante y sutilmente alucinada que rima con la propia turbiedad moral del relato.

Aunque no excesivamente bien valorada en su momento, es sin duda una de las aportaciones más creativas y reivindicables de la Hammer, especialmente dentro de su etapa setentera (que también dio pequeñas gemas como Las manos del destripador o Frankenstein y el monstruo del infierno), y supone una aviesa y divertida vuelta de tuerca a la figura del célebre personaje, cuya debilidad todos compartimos en mayor o menor grado. Clemens y Baker, con talento y cabeza, lograron que su patetismo tuviera también un halo revulsivo e inquietante que en otras adaptaciones resulta más difícil de apreciar, confiando, además, la transmisión de esa angustia progresiva que zahiere al personaje a un entonado Ralph Bates, así como la lascivia peligrosa y hechizante de su reverso a la bella Martine Beswick. Ambos se mueven en una Inglaterra oscura y miserable (competentemente reconstruida para la ocasión) cuyo tejido social desgarran para lograr sus objetivos (al fin y al cabo, no se sienten parte de la sociedad aunque convivan con ella: aquí radica la separación de clases transmutada en discurso beligerante en torno a la tiranía moral que ejercen los más ricos contra esas clases bajas que para ellos ni parecen existir), haciendo de sus apetencias y miedos un arma de peligrosa arbitrariedad. En fin, mucho jugo el que ofrece esta simpática y modesta pieza de género que, por otra parte, podríamos considerar también como una de las primeras películas transgénero de la Historia del Cine. Ahí es nada.

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