Con Sacamantecas, tercer largometraje en el terreno de la ficción de David P. Sañudo, el cineasta vasco regresa a la que durante un tiempo fue una de sus zonas de confort, si es que se le puede llamar realmente así. Porque lejos de su condición como artefactos de género, las piezas cinceladas por el autor de Los últimos románticos hurgan en una incomodidad palpable, lejos de cualquier atisbo de complacencia e incluso en ocasiones abrazando una negrura muy proclive a géneros como el thriller o el drama psicológico, que en parte exploraría (si bien soslayadamante) en su debut con Ane.
Destaca en ellas, además de una percepción que contiene cierto desencanto en torno a la sociedad —El rey de la semana manaba una toxicidad latente en su mirada hacia una singular asociación—, el retrato de individuos donde la alienación forma parte de un indistinguible carácter en menor o mayor medida —que se desplegaba con un trazo más obvio en su Aprieta pero raramente ahoga—.
Un coche cualquiera, que además toma un contexto que conecta en cierto modo con la citada Ane —y en el que conviene no profundizar—, expone una brecha social que podría no estar más de actualidad: y es que el enfrentamiento entre tres personajes que rodean un vehículo (ese “coche cualquiera” al que alude el título del cortometraje) mientras toman algo estando de fiesta con el dueño de dicho automóvil refleja una distancia que cada vez se antoja más insondable; la de aquella gente de a pie frente a quienes frecuentan oficinas tomando decisiones comprometedoras y no pocas veces en detrimento de los simples trabajadores.
David P. Sañudo desarrolla desde ese punto de partida una obra que se mueve en los parámetros del thriller social y que aprovecha su único escenario con eficiencia. Los diálogos se despliegan con causticidad, dibujando una tensión que se desprende de la propia situación, pero que las interpretaciones refuerzan con creces. La presencia de intérpretes como Patricia López Arnaiz o Álvaro Cervantes —sin desdeñar la de sus compañeros de reparto Miguel Blanka y Jorge Pobes—, que ‹a posteriori› han logrado afianzarse en el panorama, otorgan un sólido empaque al cortometraje, más allá de su idea germinal, aportando más matices si cabe a la sencilla situación dibujada por el cineasta.
Porque es en lo llano (y hasta ingenuo) del planteamiento de su guión —co-escrito por Sañudo junto a uno de sus habituales, Sergio Granda, que por primera vez le ha acompañado en la escritura de un largo con Sacamantecas— donde Un coche cualquiera logra resultar efervescente: por plantear una tesitura palpable, que se podría encontrar a la vuelta de la esquina, y ante la que incluso el espectador podría sentirse interpelado más allá de su significado, por haber vivido algo similar en sus carnes —la noche, a fin de cuentas, da para mucho—.
Así, y si bien el cineasta se guarda un as en la manga que dotará de una idea mucho más poderosa al conjunto, el cortometraje que nos ocupa destaca también por su manejo de los tiempos y de los códigos del género, consiguiendo que su ‹crescendo› dramático condense esa mala baba habitual en las piezas en ese formato de Sañudo, y otorgando pinceladas a esa perspectiva que ha ido complementando con sus posteriores incursiones, haciendo de su obra una tenaz radiografía de los tiempos que corren, hasta cuando hay que volver la mirada sobre el pasado.

Larga vida a la nueva carne.








