Esta soledad (Javier Giner)

Lorea exhibe su tendencia auto-destructora pidiendo a un amante esporádico que la trate con dureza. Leo descubre un importante secreto familiar en una críptica conversación que el director fragmenta en elipsis. Dos hechos narrados con fórmulas casi antagónicas que sirven para dibujar la personalidad de dos personajes repletos de complejos conflictos internos… cuyo punto culminante se escenificará en dos sencillas imágenes de contacto físico. Giner se mueve entre la sutileza y la obviedad. Un contraste que, lejos de perjudicar a su película, encaja notablemente con el largo listado de puntos y contrapuntos que la conforman. Como el hecho de que Leo desborde talento en sus funciones pero fracase en el propósito de ganarse el sueldo como actor mientras que Lorea ha logrado publicar su primera novela con cierto reconocimiento editorial a pesar de no estar muy convencida de la solidez de su discurso. Contrastes que, de algún modo, remarcan el único detalle que sí comparten los dos protagonistas (más allá del hecho de haber sido pareja): su soledad.

Una soledad resultante de pretéritos conflictos irresueltos que obstaculizan su tranquilidad emocional, como si el desarrollo de cierta parte de su personalidad hubiera sido interrumpido y solo un vetusto pedazo mal cosido la sostuviese. De ahí que las migajas de compañía que Lorea encuentra en sus amantes y en su improvisada compañera de piso ejerzan solamente de paliativos pasajeros de los síntomas. Lo mismo ocurre con los amigos que tiene Leo en su pequeña empresa teatral, así cómo con el público que aplaude sus funciones (brillantemente escenificadas, dicho sea de paso, por un inspiradísimo Oriol Pla que, una vez más, exhibe su sobrado dominio del lenguaje corporal en la ejecución de un monólogo escrito y coreografiado por él mismo). En resumen: el guión de Giner y Matienzo sugiere la necesidad de reparar una pieza de la maquinaria emocional cuyo mal estado ha condenado a sus protagonistas a fracasar en cada intento de construir su felicidad.

Y para ello proponen el seguimiento de las vidas de una ex-pareja, dos historias de soledad paralela cuyos protagonistas, a pesar de evolucionar de formas distintas, presentan las mismas querencias y el mismo tipo de necesidades. Son dos relatos que se complementan y se retro-alimentan a pesar de no cruzarse entre ellos, sobre todo por sus semejanzas pero también a través de algunas discrepancias. Por ejemplo: Leo posee un desbordante talento mientras que Lorea cuenta con cierto reconocimiento. Y de esta discrepancia se desprende la esterilidad que comparten dichas cualidades frente a la necesidad de sanar una herida que los personajes también comparten. De este modo el director i la guionista reivindican la necesidad de abordar de raíz los conflictos personales sea cual sea la realidad que nos rodee. En esta misma línea podemos entender la ruptura de Leo y Lorea como un detonante que hace emerger las heridas mal curadas de cada uno más que como una experiencia comuna.

El acabado final de todo ello es un producto que, aún gozando de un tono compacto, se caracteriza (en un simpático diálogo con la propia historia que relata) por una sugerente dualidad. Así Esta solead oscila entre la autoconciencia y la transparencia, entre lo trágico y lo esperanzador, entre lo sutil y lo evidente. Una suerte de carácter dicotómico perfectamente escenificado por la oscura fotografía de Laia Rubio y acertadamente acompañado por una inquietante cámara en mano. Y con un inspirado desenlace donde los dos protagonistas exponen, sin necesidad de articular palabra, el resultado (ni feliz ni trágico) de sus aprendizajes en una muestra más de ambigüedad (tanto discursiva como formal) que, con todo, nos regala un agradable sabor de boca.

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