
La ‹road movie› se ha convertido en su forma cinematográfica en la estructura predilecta para un sinfín de cineastas influidos por el paso del tiempo, los pequeños matices y un afán por reflejar la intimidad entre uno o más sujetos en cuadro mediante métodos narrativos con los que el espectador pueda encontrar, en cierta forma, un punto de parentesco. Presentada en la sección New Directors del último festival de cine de San Sebastián, The Ballet Lesson, dirigida por Kazuya Murayama, sigue el trayecto de un padre y sus dos hijos en busca del rastro de su madre ausente.
El padre es oriundo de Rusia, la madre es japonesa y los hijos son el resultado de esta particular mezcla, lo que determina una forma distinta de relacionarse con el entorno. Murayama establece un juego de idiosincrasias entre los protagonistas del relato: el padre es discreto, metódico y poco expresivo, mientras que los hijos, a pesar de haberse educado durante buena parte de su vida dentro del núcleo de la familia rusa de su progenitor, conservan el impulso propio de la niñez. El hecho de vivir en tierras niponas y desenvolverse principalmente en este espacio hace que su vínculo con las cosas adquiera una esencia lúdica que el director plantea de forma efectiva a través del viaje de nuestros protagonistas.
Como ‹road movie›, The Ballet Lesson se ciñe en gran parte a esa estructura tradicional de ir de un punto A a un punto B, con alguna parada de por medio. Sin embargo, Murayama va dejando por el camino semillas de una historia claramente incompleta. La madre hace gran parte de sus apariciones en forma de ‹performances› de danza, escenas idealizadas alimentadas por el vago recuerdo que sus hijos conservan de ella. El padre asume la responsabilidad de llevar a ambos niños en un viaje marcado por la ausencia, una situación que ha encaminado a los hermanos a establecer un estrecho lazo que los ayude a sobrellevar el vacío emocional que llevan cargando durante años.

Murayama hace algo curioso: todo ese gen y ese tono que uno esperaría de un cineasta de este lado del mundo están presentes en la película, pero el hecho de que los actores sean descendientes de una cultura ajena enriquece el choque cultural y narrativo. Resulta, por momentos, enternecedor ver a nuestros protagonistas acoplarse a la idiosincrasia japonesa ya que, incluso cuando alguno habla el idioma, sigue habitando una distancia que saca a relucir dilemas de identidad y plantea hasta qué punto uno puede pertenecer a un lugar.
El ejercicio del director es efectivo en su planteamiento y encomiable en su forma de filmar. Murayama no podría ser más naturalista, y la solitud es algo que se respira en cada plano. Somos conscientes de esos vínculos que aún no logran conectar a unos con otros, y lo estimulante de este recorrido es ver cómo esa situación va cambiando progresivamente. Ahí, Murayama demuestra su habilidad para construir con soltura un tridente de personajes capaces de llevar toda la película sobre sus hombros, hasta que, como si se tratara de un desliz o de un impulso de último minuto, un giro de guion mancha la gloriosa sencillez de la cinta para convertirla en un aparatoso juego de realismo mágico, con aires de exceso lírico, que rompe con el tono y deshace la relación que, como espectadores, ya habíamos forjado con la película.
Así pues, The Ballet Lesson tenía todo para ser una película digna de celebración: un buen desarrollo de personajes, actores primerizos que se ganan nuestro cariño y una elementalidad de la que pocos pueden hacer gala para construir algo incluso más grande de lo que aparentaba. Sin embargo, su abrupto último tramo autosabotea el ‹corpus› tan bien construido a lo largo de la película y deja a The Ballet Lesson como una obra que apuntaba alto, pero terminó errando el tiro.







