Father Joe (Barthélémy Grossmann)

Suenan las trompetas del apocalipsis

EuropaCorp y Luc Besson. Dos elementos que aparecen nada más empezar Father Joe y que invitan a temblar nada más verlos. Pero luego llega el alivio: Besson no dirige y salen Kiefer Sutherland y Al Pacino. De acuerdo, hoy en día no parece gran cosa, pero menos da una piedra y nunca está de más agarrarse a la cofradía del clavo ardiendo.

Justicia divina a base de mamporros

Y hablando de cofradías, el argumento nos lleva precisamente al seno de la Santa Madre Iglesia, donde un capellán justiciero (con su trauma de guerra a cuestas) se va a dedicar a repartir justicia divina contra mafiosos, traficantes y todo aquel que pueda dañar a la infancia.

«Dejad que los niños se acerquen a mí», parece decir Sutherland mientras se dedica a instruirles en el negocio de la extorsión recaudatoria, las artes marciales, el lavado de dinero y el uso de las armas más letales posibles. Dios proveerá, y si no lo hace, pues ya estarán los asustadizos y torpes sicarios de la mafia. ¿Voluntariamente? Por supuesto que no, pero obras son amores y no buenas razones.

Entre la serie B y el desvarío absoluto

‹Ora et labora›. Y, por supuesto, mata sin piedad mientras la cuestión ética y religiosa nos la dejamos fuera de campo, no sea que alguien se haga demasiadas preguntas. Y todo a través de un argumento que raya lo absurdo, actuaciones catatónicas, un montaje más que dudoso (da la sensación de que le han pasado la tijera a base de bien) y una estética que busca impregnar la puesta en escena de una especie de nostalgia noventera, pero que acaba pareciendo más una serie B en el mal sentido de la palabra.

Es innegable, sin embargo, que hay algunas escenas de acción, si bien no memorables, sí competentes y que, junto a todo lo dicho, más algún desvarío referencial como la última escena de Pacino iluminado como el mismísimo diablo, ofrecen al final un resultado muy próximo a lo circense.

El encanto de lo indefendible

Pero ahí está la paradoja: de alguna manera inexplicable, todo este batiburrillo acaba por convertirse en una experiencia francamente divertida y disfrutona. No, no estamos diciendo que Father Joe sea, al fin y al cabo, una buena película, pero sí tiene momentos que, sumados en conjunto, consiguen de alguna manera que, como nada de lo que sucede importa, uno se fije en detalles que la convierten en algo cercano al desastre a recordar.

Su “rusofobia” descarnada, sus mafiosos reducidos a parodia italoamericana, su propuesta de sociedad de fraternidad de religiones cuando se trata de matar, sus decorados de cartón piedra… todo tiene su encanto. E incluso Kiefer Sutherland, como intento de justiciero a lo Clint Eastwood pasado por el tamiz de John Wick, acaba por ser más un remedo de Chuck Norris que otra cosa.

De hecho, la dirección de Barthélémy Grossmann está más cerca de un subproducto de la Cannon que del ‹actioner› moderno. ¿Nostalgia involuntaria? ¿Incompetencia manifiesta? Pues a estas alturas uno no sabría cómo responder a ello. Igual la respuesta más honesta es sí a todo, incluso a disfrutar del film. Y es que los caminos del Señor son inescrutables.

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