Ceniza en la boca (Diego Luna)

Diego Luna, más conocido por su faceta de actor, nos presenta un relato de ida y vuelta sobre la migración, en este caso concreto a España, de dos hermanos que siguieron los pasos de su madre ausente. Así, viajan de México a España, empezando el relato en el país europeo.

Lucila es una joven que encadena los trabajos asignados a una extranjera sin papeles que no es nómada digital y que viene del continente americano. Así, entre repartos de Glovo y cuidados a los de nuestra tercera edad, su vida discurre entre empleos temporales, es decir, entre que se muera un viejo y llegue el siguiente, y pedidos por Madrid o Barcelona mientras intenta, dentro de lo que puede, echarle un ojo a su hermano pequeño, opacado y deseoso de volver a una tierra que tiene idealizada.

En este tour turístico por los “Madriles” y por “Barna”, donde no aparece ni la Sagrada Familia ni el que sea el monumento de Madrid típico (por favor, el anuncio ese de Schweppes en la Gran Vía no), su vida se ve sometida a la servidumbre que hace que nuestros datos macroeconómicos sean tan prometedores, salpicada de momentos de distensión que sirven como vía de escape.

Si comenzamos en Madrid, pronto nos trasladamos a la Ciudad Condal para descubrir que, más allá de la rivalidad entre ambas ciudades, la situación es la misma. No hay paraíso. Tan sólo un día más, viviendo en compañía de otras personas que cruzaron el charco. El objetivo es hacernos la pregunta de si realmente todo esto merece la pena. Cuando nuestra protagonista regresa a casa, la respuesta es demoledora: sí, sin ninguna duda. No es bonito pero es lo que hay. Por muy mal que estén las cosas, la violencia, palpable en el ambiente, y el miedo, se disipan pedaleando a ritmo de Glovo por Barcelona.

Narrativamente no hay mucho más; intenta ser un relato íntimo, sobre esos entes que realizan todos los trabajos que ya no queremos hacer o, al menos, no a ese precio irrisorio. Ya veremos sus hijos, cuando crean que son españoles por derecho y no quieran esclavizarse voluntariamente.

No encontramos el racismo directo y claro de una película yanqui. Es más soterrado. Pero está ahí. De todas formas en casa también ocurre, y curiosamente resulta más directo y claro, sin el qué dirán. «Con esas trenzas pareces india, quítatelas», le espetan en la amada patria. En España no se lo dicen, simplemente es inmigrante, no hace falta decirle nada desagradable, ya existe de por sí una barrera insalvable.

El desarraigo lo impregna todo. La protagonista se rodea, como no puede ser de otra manera, de compatriotas, en casa o en el trabajo. Apenas hay una interacción con otras personas, y cuando lo hace, es a base de mentiras, ocultando su condición, no de mexicana, pero sí de pobre. En momentos parece que puede haber una conexión con una de las señoras a la que cuida y con su nieta, pero todo se desvanece pronto.

Entre aquí y allí, obligada a naufragar. Allí no es una opción, no hay futuro. Aquí se sueña con un futuro, que no es sino una repetición de luchas interminables por subsistir.

Seguramente el relato no refleja la realidad de los millones de personas que vienen a labrarse un futuro. Ni siquiera de los que vienen cruzando el otro lado del charco. Ni en concreto de las personitas de México. Pero se entiende que hay trazos que comparten. Sobre todo de aquellos que no tienen papeles, que si bien no son perseguidos como puede suceder en “Disparos Unidos”, tienen la realidad que tienen, la lucha constante que comentábamos.

Lucila guarda rabia y fuego en su interior. Ya no sabe ni quién es. Desarraigo, que escribía antes. Por todas partes. Nunca será española, jamás volverá a México. Es una autómata que si no piensa en la tormenta que le rodea, mejor para todos. Aunque ello tenga como consecuencia una especie de duelo silencioso y perenne que explota por una situación que nos pilla desprevenida y que, bueno, quien más y quien menos se relaciona y tiene amistades, amores y enemigos íntimos llegados de Venezuela o Colombia, o esos países de Latinoamérica, Hispanoamérica si lo prefieren, o incluso Sudamérica (por si quieres ofender a los mexicanos con un doble racismo), y que hemos visto el momento que ante una tragedia o no pueden regresar para estar allí, o queman todo lo ahorrado para llegar a tiempo a la misa.

No se regodea en la miseria, se acerca a ella, pero sigue a Lucila, y a miles que como ella curran a destajo y luego salen de marcha y se lo pasan bien. Sí, narrativamente impide que sea un descenso al infierno sin parada alguna, y le da a ellas y al resto una realidad concreta, trabajos de mierda, sí, pero con ganas de vivir, de bailar y de follar.

Obra de menos a más, puede que no sea la epifanía sobre la migración, y aún quedan por venir obras de allí, o de gente de allí y de aquí, o incluso de aquí que sus padres fueron de allí, que hablen sobre sus realidades. Pienso en especial en la migración venezolana o colombiana, o incluso cubana. Pero bueno, sabiendo cómo eran esos dramitas patrios hechos por españoles superpreocupados por el tema y que caían en lo lacrimógeno, Ceniza en la boca gana por goleada. Pero puede que el listón estuviera, ejem, no nos vamos a engañar, algo bajo.

Adolecer, adolece narrativamente de muchas de las ideas comunes de este tipo de obras. Y hay momentos donde estoy por tirar la toalla porque sé qué escena viene a continuación. Pero la cinta sale airosa. Por poco y ayudada por la parte final, pero sale airosa.

No abre ningún debate, más allá de constatar una vez más que tiene que venir alguien para recordarnos que hay millones de personas de allá, o de ahí abajo, que apenas salen en nuestras pantallas.

Que es gracioso que estamos viendo la última serie española con los actores de siempre, pero si no llamas a un Glovo no ves a uno de esos tipos de allá.

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