Manhunt (Wayne Wapeemukwa)

La Sección del Concurso Internacional de la 79.ª edición del Festival de Locarno presenta el segundo largometraje de Wayne Wapeemukwa: Manhunt.

El director estrenó su primer largometraje, Luk’Luk’I (2017), en el Toronto International Film Festival (TIFF) donde fue premiado. En él, narra cinco historias de personas que quedaron al margen durante los juegos olímpicos de invierno de Vancouver en 2010 partiendo de testimonios reales.

Wapeemukwa es de origen Métis, uno de los tres pueblos indígenas reconocidos en Canadá. En este caso, Manhunt comienza con una escena donde una pareja de indígenas busca algo o a alguien. Pues Manhunt significa persecución de una o varias personas. También da nombre a un videojuego de terror publicado en 2003, el cual causó varias polémicas por su extrema violencia. La película que se inspira en los asesinatos de 2019 en Northern British Columbia (Canadá) para narrar la historia de dos jóvenes que, a medida que se alienan de la realidad, van destruyendo todo lo que los rodea.

Ambas películas comparten elementos como el retrato del colonialismo y la comunidad indígena en Canadá o el interés por trabajar con actores no profesionales.

Manhunt explora los límites de la violencia y la masculinidad y es un manifiesto anticapitalista que incide en la importancia de reconectar con la naturaleza. Un manifiesto que se convierte en un grito de ayuda dirigido a una sociedad que los jóvenes protagonistas (Joey y Kit) sienten cada vez más ajena. En el caso de Joey, vemos que no tiene vínculos sociales en el instituto y en su contexto familiar no hay cabida para el afecto. Y es que ambos buscan continuamente este afecto, entre ellos o con desconocidos, sin ser capaces de comunicarlo.

Wapeemukwa construye una de estas películas que sabemos cómo acabará, pero, a medida que avanza, lo olvidamos por momentos y nos dejamos llevar por su viaje. Un viaje que se plantea como un ‹road trip› por los parajes perdidos de Canadá y termina con la pérdida de la noción de realidad, lo que el director se encarga de transmitirnos jugando con distintos formatos y efectos.

Como cuando nos invita a adentrarnos en el mundo del videojuego, una realidad paralela —escalofriante— pero que sí acoge a los dos jóvenes. Sentimos la violencia intrínseca en el juego como un preámbulo de la narración. Y es que la cultura del videojuego no es nada nueva y menos aún en América del Norte, pero ya sea por desinterés o ignorancia, a veces olvidamos el impacto que puede llegar a tener en un joven desamparado.

Los protagonistas se comunican con el lenguaje de las armas mientras se ciñen a una masculinidad impuesta por la sociedad. De nuevo, no consiguen darse afecto, menos cuando la muerte está de por medio. Ambos, perdidos, gritan ayuda, pero se pierden aún más.

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