Un petit boulot es una película afable, podría entrar en esa categoría mal llamada como “cine de tarde”, esas cintas que muchas veces encontraban su hogar en la programación de fin de semana de los canales de televisión; esto viene a decir que la cinta tiene virtudes concretas, como un gancho suficiente para que el respetable, armado con su afilado mando a distancia y una mecha corta para usarlo, se quede a ver el espectáculo tras los tres minutos de cortesía que se le ofrece a toda propuesta, combinado con una amabilidad y voluntad humilde para saber marcharse por la puerta de atrás cuando la pantalla se apaga, dejando poco rastro en la psique del espectador. Que no se entienda esto como una puñalada, es un género de películas respetable a más no poder y sus virtudes, muchas veces, son fruto de un gran oficio.

Cuesta no querer Un petit boulot mientras se visualiza; la cinta, como ya hemos visto, se esfuerza en ser amigable, en caer bien, y diría que lo consigue. Desde su cara visible: el genial Romain Duris, con su combinación clásica de estoicismo y afabilidad, carne suculenta para el arquetipo del héroe, junto a su reparto de señores igual de cómodos; hasta su factura, reminiscente de un tiempo (del cual no hace tanto) donde las películas no sentían pavor a perder al espectador cada treinta segundos y, por ende, te dejaban en paz, pues uno ya es mayorcito. Todo hace que sea bienvenida, al menos en este particular espectador. Y, como siempre, el humor suaviza todas las asperezas.
El film es gracioso, raro sería no verla calificada como comedia en cualquier catálogo, eso sí, de una forma un tanto particular. El guión es, bajo cierta luz, reminiscente del tono de comedia negra a la Breaking Bad, con hechos macabros y viscerales compaginados con carácteres mundanos. La historia de un novato asesino a sueldo ya te encamina un poco por esos senderos. Es también en el texto donde nace y muere, pues sus virtudes salen de las palabras, esa trama, esos personajes que de buena gana sigues, pero también, en última instancia, es donde la obra flaquea más. Su desarrollo, funcional en inicio, se va degradando, doliente de una falta de conflicto real, que desemboca cual río contaminado, arrastrando sus últimos fatigosos minutos. Es una lástima, porque el sabor de boca que queda es un tanto amargo, en especial comparado con su dulce inicio. De esto último, tiene también su parte de culpa la voluntad por abarcar mucho y apretar poco; Pascal Chaumeil intenta hacer de su obra una comedia negra que pueda ver todo el mundo, que sea seca pero no muestre sangre, que exponga un cinismo laboral pero no se detenga a criticarlo demasiado, en definitiva, se niega a claudicar su fórmula ‹happy ending›.

No obstante, y para compensar un poco sus faltas, hay factura interesante a lo largo de la misma. Encuentro acertado y evocador el vestuario, elemento de mayor definición de los personajes, de su carácter y visión del mundo, desde su habitual puesto silencioso en el despliegue audiovisual. También, si hacemos la inevitable comparación con los productos similares que salen en plataformas hoy en día, tenemos una cinta que cumple con sus departamentos de luz y sonido; con propuestas sobrias, funcionales, que exudan una confianza en el trabajo hecho a término de transmitir la narración, si bien no tengan una dimensión plástica extraordinaria. Hay, en general, una labor técnicamente bien realizada, cosa que no deja de ser un mérito, con algún plano de movimientos resultones a modo de cereza inesperada para ciertas secuencias.
¿Recordaré Un petit boulot? Cuesta saberlo, pero no ha sido una cinta que haya hecho nada para destacar, si bien ha cumplido con lo suyo y, durante el trayecto, nos hemos llevado bien. El camino de la cinta va en otra dirección que el mío, la despedida es escueta pero no por ello menos amistosa, hay películas que sencillamente se viven así y, últimamente, las echo de menos.







