En la secuencia inicial de La última ronda en Venecia, esa donde Primo Sossai recibe un Rolex por parte de la empresa el día de su jubilación, Tiziano, el personaje que se lo entrega, dirige unas últimas palabras a este antes de marcharse; pero de aquello que alcanza a oír Primo, poco se distingue entre el ruido de fondo y el inminente arranque del helicóptero que transportará a su interlocutor. Ese gesto, en apariencia insignificante, se repetirá cuando Doriano y Carlobianchi, protagonistas del film, se despidan de Giulio ante el cierre de las puertas del tren en el que partirá este último.

Se podría decir que, en cierto modo, esos espacios definen el carácter del cine de Francesco Sossai. Vacíos (en apariencia) que delimitan una zona en la que el italiano parece encantado de moverse. Sin necesidad de resoluciones que den sentido al texto, este lo cobra a partir de bifurcaciones que llenan cada pasaje, en ocasiones con extrañeza, en ocasiones con ese encanto que predisponen algunos de sus personajes.
En ese aspecto, cabe resaltar la cotidianeidad con la que el cineasta dibuja dichos personajes. Una naturaleza que puede verse alterada en cualquier momento, pero que se supone cercana y espontánea, dejando que sean las vicisitudes del relato las que induzcan en una variación tonal con la que Sossai ha sido capaz de trasladar sus inquietudes a distintos géneros.
Si la ‹road movie› impulsada por la comedia y una cierta melancolía es aquello que mueve a los protagonistas de La última ronda en Venecia, un horror ya avistado en el diálogo germinal de su cortometraje Il compleanno di Enrico es lo que otorga forma a esta pieza con la que visitó la Quincena de cineastas de Cannes.

La intranquilidad que se deduce de las palabras de Francesco refiriéndose al llamado efecto 2000 y el temor que le produce —un tema que debe turbar a su autor, pues ya se hacía mención del mismo en su largometraje debut, Altri cannibali—, tiñe de este modo la crónica que el joven adolescente vivirá en una casa de campo celebrando el cumpleaños de un amigo.
Sin embargo el terror, siempre sugerido, nunca se llega a concretar: una abuela postrada en una silla en estado vegetativo que llama poderosamente la atención del joven, la inquietante expresión del padre de Enrico, que llegará en mitad de la celebración, y el anómalo comportamiento del protagonista otorgan forma a una propuesta que se nos escurre de las manos a cada instante.
Es difícil, como comentaba, encontrar una respuesta: Sossai expone una situación, usualmente incómoda, y la reviste de una atmósfera complementada por el color y el sonido —cabe destacar cómo el cineasta emplea ambos elementos para dotar de una gradación distinta al relato—. La visita a una casa, casi siempre repleta de extraños y conexiones con gente a la que ni siquiera conoces en profundidad —como demuestran algunos de los gestos de Francesco, y en especial ese diálogo que dirige a Enrico justo antes de que su padre aparezca para recogerlo—, obtiene la representación más estimulante que se podría encontrar en manos de un autor al que habrá que seguir la pista por el modo de moldear tonos y géneros con una facilidad inusitada.


Larga vida a la nueva carne.





