
La mirada animal se expande en El mensaje, último largometraje de Iván Fund y ganador del Oso de Plata en la edición número 75 de la Berlinale, mediante la relación sostenida por Anika con la distinta fauna que irá apareciendo en el viaje que realice junto a sus dos tutores. Dicha relación, variante y convertida en una constante en la obra del cineasta argentino, se establece desde unas formas narrativas que precisamente aluden a una forma de observar volátil, de conectar con una existencia distinta a aquello que nos atañe como seres (digámoslo así) racionales. Tanto el vaivén de los canes que acompañaban a sus protagonistas o sencillamente la narración en Hoy no tuve miedo, o la interminable travesía de un caballo tras presenciar un crimen que implicaba a su dueño en Toublanc, no aportan sino relieve a una mirada que huye de automatismos y preceptos para ahondar en una realidad (o ficción, según se mire) alejada de lo que se supone deberían articular sus constantes.
Precisamente en esa citada ficción, vinculada a la figura del escritor Juan José Saer, encontramos los remanentes de un relato donde toda apariencia se diluye en un tránsito impensable a través de su largometraje Toublanc. Así, la investigación iniciada por un inspector de policía, la contrariedad de una profesora de francés por un burro atado en la vía, y el periplo de ese mismo animal después de ver cómo terminaban con la vida de su amo, derivarán en una búsqueda que ni mucho menos se dirime en torno a las causas o consecuencias de todo lo acontecido. Si el ‹macguffin› en el cine de Alfred Hitchcock eran mayormente objetos sin relevancia desde los que acuñar una de esas intrigas tan clásicas en los films del británico, para Iván Fund este constituye en la cinta que nos ocupa una serie de pesquisas e indagaciones que no hacen sino tomar el camino contrario, desnaturalizando la intriga para transformarla en un vestigio desde el que dar pie a aquello que precisamente otorga dimensionalidad a su cine: el viaje (interno y externo) de sus personajes.

Como comentaba, lo narrativo adopta en este caso un peso articular. Toublanc se presenta como una intersección entre esas tres crónicas que guardan una cierta correlación y hasta parecen ir a fundirse en cualquier momento, pero terminan dejando que la efimeridad de sus actos hable por sí solo. El corte no enuncia así el peso de cada historia, que se va desarrollando a raíz de las necesidades de la misma incorporando incluso un cuarto personaje —ese alumno por el que se verá interpelado la profesora—, y todo termina por obtener su propia importancia: una relativa, donde el recorrido emprendido nos desplaza desde los estados de ánimo, desde una cotidianeidad que no busca sino desdibujar los límites del relato. Una operación que Fund ya acometía de un modo más experimental —por así decirlo, pues los contornos de su cine huyen de lo acomodaticio— y extremo, llegando a difuminar los confines de esa ficción que, al menos en sus trabajos previos, el cineasta no comprendía como un encaje o pauta.
La soledad que brota de sus distintos retratos, tanto en el camino de ese padre que deberá retornar a su Bretaña natal para iniciar la investigación pertinente, como de esa profesora que parece evadida por aquello que le rodea —el caballo amarrado en la vía pública, el posterior crimen vinculado al mismo…—, e incluso la perenne huida del animal, se desliga tanto de las interminables caminatas del primero como de los instantes de aislamiento de ella en su casa junto a su can, pero nunca termina de forjar una naturaleza que Fund parece entender es volátil y antojadiza. Quizá de ello se deslice el significado de una travesía que se comprende desde sus personajes, pero también desde los lugares, costumbres y hasta destino de estos, dando pie a films cuyas bifurcaciones se antojan más dispuestas a indagar en nuestra esencia que en las discursivas correlativas que se pudieran deslizar cada crónica. Un cine en el que perderse no por la forma de morar y comprender el tiempo, que también, sino por su sugestiva capacidad para desviarnos (paradójicamente) del camino.


Larga vida a la nueva carne.





