Morosidades éticas.
Rabindranath Tagore, polímata bengalí y uno de los más grandes profetas de la historia reciente, escribía en El hogar y el mundo que «La fe engaña a los hombres, pero da brillo a la mirada». El sabio poeta indio expresó desde sus más tempranos trabajos su lírica concepción de la fe, pues bien conocía los límites de la razón y cómo estos se ven desbordados por una fuerza interior, por un amor ignoto que trasciende el mundo físico y nos entrelaza a la Creación. Esta fuerza interior, o como mejor lo describió Søren Kierkegaard: «La fe es precisamente la contradicción entre la pasión infinita de la interioridad y la incertidumbre objetiva», es a la que el hombre, cuando es herido, se aferra como el último asidero antes de la locura, por muy artificiosa que esta pueda resultar. Uno de los más sublimes ejemplos en el cine lo encontramos en Barrio de León de Aranoa, en aquella desgarradora secuencia en la que el personaje interpretado por Eloi Yebra encuentra a su hermano politoxicómano, quien su padre le había hecho creer que estaba trabajando fuera de Madrid, totalmente decrépito, pero al volver a casa le narra a su padre todo lo contrario a lo que ha observado, viviendo en un feliz artificio sabidamente ilusorio por los dos.
Este es el punto de partida de Iván Fund y su último trabajo premiado en Berlín, El mensaje. En la cinta, una pareja vaga por los páramos argentinos de Entre Ríos con una niña, Anika, que dícese puede canalizar sus energías y comunicarse con los animales contrariados. Bajo esta premisa, el cineasta desplegará todo un ejercicio fílmico acerca de la fe, de la eterna duda antropológica entre creer la ilusión propia o apegarse a la realidad fáctica.
Fund se abandona entonces a la morosidad formal, a las formas y maneras del tan reproducido ‹slow cinema›, para recrearse en toda una serie de inertes motivos que, muy alejados de presentarse como significantes, se disuelven en la vacuidad de su propia gesticulación para pronto desvelarse como inanes para la narración. La cinta no permite una comprensión clara de su prosa, pues constantemente la sepulta bajo largas secuencias que poco o nada aportan a la discursividad, o tan siquiera a la inteligibilidad de las acciones filmadas. Aunque es innegable la influencia plástica de cineastas hispanoamericanos como Lisandro Alonso, Lucrecia Martel o el primer Carlos Reygadas, Fund no permite penetrar en una dimensión ética como sí hicieran sus autores referenciados. El cineasta nos deja entrever muy tímidamente cómo la fantasía es esencial para la existencia, que esos cuentos Disney que lee Anika no son diferentes a la consabida falsa creencia de que una niña puede comunicarse con un animal enfermo por parte de sus dueños. En el umbral entre la infancia y la madurez es donde la niña protagonista comprenderá que los adultos nunca dejaron de ser niños que crecieron, pero con innegables remanentes infantiles. Triste es constatar que, con tan fértil material ético, la cinta insiste en ocultar su configuración discursiva hasta tal punto que esta se diluye en la vacuidad del propio ejercicio de ocultación, privando al espectador de tan rica lectura moral que podría haber ofrecido la obra.

Redactor de crítica cinematográfica en Cine maldito y Cinemagavia.








