Plan contraplan (Adrian Cioflâncã, Radu Jude)

Hay solo una cosa en el mundo más endemoniadamente divertido que un relato de Radu Jude: un informe de la Securitate rumana (valga la frivolización). Imagínense si, además, este lo reconstruye el cineasta rumano. Ya tenemos un nuevo subgénero: la comedia documental dictatorial. Sería desternillante si no fuese tan triste. A través del fotoensayo Plan contraplan (Shot Reverse Shot), diseñado junto al historiador Adrian Cioflâncă, con quien ya trabajó en La salida de los trenes (2020) y Recuerdos del frente oriental (2022), Jude compone un dispositivo para ironizar, de nuevo, sobre su país. Con crítica, con saña, con cariño, con la confianza de un hijo plenamente consciente. La película, una máquina del tiempo sofisticada y punzante, se inicia con una cita: «No existe nada parecido a una mala experiencia de viaje, únicamente hay grandes historias». En Rumanía (puede que en todo el mundo) hay grandes historias que, por su condición de genuinas y únicas, embadurnan y suavizan los malos viajes.

En un austero y técnico blanco y negro, Plan contraplan nos propone un tour, una visita guiada a través de los aciagos y oscuros caminos de una nación cruelmente abandonada a la mano de Dios, condenado a orbitar erráticamente al servicio del “satelitismo” soviético. El periplo parte de la Bucarest de 1985. Es el testimonio de una persecución, pero también el relato de amor. De hecho, según como, toda persecución es una expresión de amor. Las autoridades estatales ejercen una minuciosa campaña de espionaje clandestino siguiendo a un fotógrafo forastero, el judeoamericano Edward Serotta, que se encuentra realizando un estudio centrado en las comunidades judías de la zona. Este describe lo que ve a su paso (tal y como dictan sus diarios y sus notas, rescatadas para la ocasión), en sus propias palabras, como un lugar donde hace más frío dentro de los hoteles que en la calle misma. Allá fuera, se palpa la escarcha de la dictadura socialista, culpable de miseria, miedo y decadencia, pero también la esperanza y la calefacción térmica de la humanidad genuina de su gente. Los vecinos y la convivencia enamoran a nuestro protagonista, que ve como, a lo lejos, algunas presencias se le antojan cada vez más sospechosamente familiares. El retratista investiga y sigue un rastro: señales de vida, señales de muerte. Los últimos años de Ceaușescu, los últimos coletazos de una patria que aún tiene fuerza y ganas para intimidar con la vigilancia al demonio extranjero que ensucia con su hocico husmeador. Uno de los archivos describe al fotógrafo como «dinámico, comunicativo, perseverante, vestido modestamente». Conoce a tu enemigo.

Plan contraplan parte desde el punto de vista de Serotta y utiliza las imágenes tomadas por él, para acabar partiendo la fábula y ofrecer en una segunda parte los reportes de la Securitate. Entonces, el ejercicio de observación es cuádruple: el camarógrafo mira a Rumanía, la policía secreta mira al camarógrafo, los directores miran la escena y los espectadores miramos como todo el mundo mira quien hay a su lado. Un baile de miradas consumado en este ejercicio. Finalmente, Jude, como ya ha hecho anteriormente, nos regala una muestra de silencio que se nos presenta como un espacio de silencio para contemplar. Son solo unos segundos de silencio, pero quizá no haya hoy en día, en estos tiempos de ‹reels› y ‹scroll› automático, una muestra más radicalmente contestataria que el silencio y la quietud.

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