
Las mejores cartas de amor al cine suelen venir de un director observando de cerca a otro que admira. Este es el caso de Pietro Marcello dando forma a una leyenda desconocida para una multitud e indispensable para conocer la importancia del relato a través del montaje. Marcello en sus primeros años como cineasta se acercó a las propuestas de un ya mayor Artavazd Pelešjan, cineasta armenio, ensayista considerado un hallazgo arqueológico dentro de la historia del cine.
Marcello, ya afín al documental que representa el viaje personal, encuentra en el mediometraje El silencio de Pelešjan un modo de implicarse con el armenio más allá del mero homenaje, reproduciendo a su manera la forma en que Pelešjan humaniza el fotograma y compone visualmente en la sala de montaje para devolver a la vida esos momentos dispares que rodaba el cineasta y que por sí solos tienen algo que decir. Reproduciendo por escrito las palabras del director armenio, la película comienza confirmando que, pese a conocerle por su forma de montar sus trabajos, él siempre ha abogado por distanciar las imágenes entre ellas, dilatarlas.

Como buen alumno, Pietro Marcello recompone la historia de Pelešjan utilizando escenas de su archivo junto a nuevas imágenes en las que aparece el hombre responsable de ellas. Esto funciona en muchos aspectos, es un ‹collage› inspiracional, una especie de mural donde no solo crece el interés por conocer a Pelešjan, también existe la posibilidad de aprender sobre el propio Pietro Marcello, al vislumbar esa forma personal de componer una imagen —totalmente subjetiva— sobre otra persona. Para distanciarse del silencio autoimpuesto del realizador armenio, sí escuchamos al italiano poner voz al descubrimiento, un modo de acompañar lo que él mismo entiende, de nuevo, como un viaje necesario para dar vida al artista y a la persona. Se citan lugares comunes, enfoques cinematográficos, consideraciones culturales y geográficas como apuntes a pie de página de unas imágenes aparentemente inconexas que con el paso del tiempo van focalizando el fondo. Aquí ya no solo hay amor de un cineasta iniciático a una persona referencial, hay un intento de expresar nuevos impulsos experimentando con lo que ya existe.
En el cine de Pelešjan no se habla, pero junto a esas imágenes tan expresivas se encuentra el sonido como línea argumental, así que El silencio de Pelešjan es bulliciosa con su música, su ambiente y las escasas y oportunas líneas de guion que expresa Marcello, haciendo hincapié en esa idea conjunta de todos aquellos que conocen la labor del homenajeado, todo un arquitecto de la escena soviética en los márgenes, un constructor que evoca magia con todo aquello que toca, sin querer escapar del género documental. Algo que inspira claramente la forma en que trabaja Pietro Marcello y que aquí, de nuevo, se transforma en un mensaje peregrino, en constante movimiento, reflejándose a sí mismo como un apasionado de lo humano y lo cinematográfico, que necesita de esas locomotoras para transportar su mensaje. El mensaje en el film es uno que simula ser un secreto: el rostro —captado de cerca y en clips muy escuetos como referencia definitiva—, del gran hombre que siempre se ha escondido tras sus propias revoluciones visionarias en silencio.







