Eleonora Duse, la divina (Pietro Marcello)

Seis años después de estrenar Martin Eden, el cineasta italiano Pietro Marcello vuelve a empacar una película en el contexto del ascenso del fascismo de la Italia de inicios del siglo XX. Estrenada en el festival de Venecia 2025, Eleonora Duse, la divina (Duse) narra los últimos años de la legendaria actriz de teatro Eleonora Duse quien, mermada por la tuberculosis, encuentra en la interpretación una forma de resistencia ante la debilidad física y mental ocasionada por la edad y la enfermedad. En su libro La enfermedad como metáfora, Susan Sontag habla de los prejuicios asociados a la tuberculosis a inicios del siglo anterior. Se la relacionaba comúnmente con personalidades turbulentas, de pasiones extremas y almas de una sensibilidad prácticamente antisocial. La represión de esas pasiones se suponía que era la causa de la tuberculosis. Los últimos años de Duse, embellecidos por la ficción que construye Marcello, se pueden identificar perfectamente con la serie de prejuicios de los que advierte Sontag. La película inicia con un episodio en el que La divina Duse —como se la conocía en España— se encuentra al límite entre la vida y la muerte, a causa de un pico de enfermedad. De esa noche agonizante, la protagonista despierta renovada, con la idea de regresar a los escenarios después de más de una década de ausencia. Ese vigor artístico es el antídoto a la degradación provocada por la tuberculosis. La actriz italiana vive, a partir de ese momento, una pugna incesante entre su vocación artística, entendida como una lucha por la juventud eterna, y su enfermedad, que viene a representar el ocaso de un mundo en extinción, degradado por el paso del tiempo. Duse se reencuentra con sus antiguos amigos, amantes y colaboradores, algunos rendidos a la sentencia poco permisiva de la vejez, otros colaborando con el fascismo para reivindicar su imperio caduco. Duse, por su parte, recorre nostálgicamente los senderos decadentes de su pasado, cercando nuevamente la embriaguez de los destellos de gloria escénica juvenil.

Marcello expone los claroscuros y excentricidades de la diva con cierta torpeza. El lenguaje visual se rinde a la hegemonía de unas interpretaciones en ocasiones erráticas y abrumadoras. Noémie Merlant y Fanny Wrochan cumplen con creces en sus respectivos papeles secundarios, mientras que Valeria Bruni Tedeschi, como Duse, responde a los focos con una actuación irregular, excelente en su excentricidad, pero desfasada en los momentos que requieren una mayor contención. Ese desfase se acentúa por la dirección de Marcello, cuya cámara, en vez de complementar la intención actora, la reitera. La confusión y mareo que imprimen las interpretaciones se desdobla en el uso de un lenguaje desordenado y arbitrario. Conversaciones entre dos personajes son filmadas desde una cantidad innecesaria de ángulos, montados con similar temeridad, y las ideas visuales originales, tan escasas como las sonoras, quedan enteramente opacadas por la preponderancia del diálogo y la música.

Para tratarse de un cineasta con un interés particular por las recreaciones históricas, Pietro Marcello demuestra tener una habilidad limitada a la hora de integrar sucesos reales en la narrativa. La película intercala imágenes de archivo que trazan diálogos, a veces completamente inconexos y otras veces demasiado obvios, con la trama principal. Esta incorporación inusual de las grabaciones reales compensa un guión que cojea y le inyecta a la cinta una apariencia artística que brilla por su artificialidad. En su totalidad, la película Eleonora Duse, la divina sufre a causa de una suma de decisiones poco acertadas y de una formalidad apelmazada que no logra imprimir en su esbozo la complejidad y grandilocuencia de la musa que pretende retratar.

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