Martin Eden (Pietro Marcello)

«La verdadera ignorancia no es la ausencia de conocimientos sino el hecho de negarse a adquirirlos»

Karl Popper

Podríamos confundirnos si entendiéramos que el metafórico viaje que emprende Martin Eden, el proletario protagonista que da nombre a la película de Pietro Marcello, representa únicamente un intento de ascenso social (definiendo éste desde una perspectiva meramente economicista) para nuestro joven héroe. Sí es cierto que en el primer contacto que se establece entre él y la familia a la que pertenece su amada Elena Orsini (Marcello otorga a ésta un apellido de raigambre romana, pródigo en papas, cardenales, príncipes etc.), Eden se siente cautivado por esta sociedad aristocrática tan lejana a su propia experiencia, pero pronto queda claro que la atracción interclasista está fundamentada en el asentamiento de la parte noble (?) de la misma en el mundo de las ideas. No es el capital, en suma, el mecanismo que origina el ascenso del protagonista del film, sino la posibilidad que éste otorga de desprenderse de las preocupaciones mundanas para dedicar su intelecto a un fin más noble y elevado. El dinero no es una herramienta que medie en el intercambio de bienes sino el ticket de entrada al universo platónico.

Marcello refuerza esta idea de lo platónico con gran habilidad a través de las ingeniosas disgresiones temporales presentes a lo largo de todo el metraje. Los momentos compartidos de Martin con su joven amada parecen transportados directamente para la pantalla de las páginas de un relato decimonónico de Stendhal. No sólo en el escaso interés por lo meramente sexual que demuestran ambos, también en el vestuario utilizado por Elena o en la pátina que parece teñir las imágenes creadas por el realizador transalpino de un ocre avejentado. Al mismo tiempo, cuando nuestro protagonista vuelve a sus lugares de asentamiento natural (?): los barcos donde duerme y trabaja, los barrios populosos y obreros, etc. el sexo ‹per se› sí es algo anhelado y otorgado, las televisiones y los trenes modernos son frecuentes y usados con normalidad, el brillo de los objetos y el entorno vuelve a recuperar su nivel habitual. Para Martin, por lo tanto, vivir con los Orsini, y más concretamente con Elena, supone una suerte de regresión a un contexto precapitalista, a un dominio de lo atemporal. Martin, de facto, viaja en el tiempo, incluso salta entre dimensiones, para alcanzar ese estado idealizado donde amor, ilustración y conocimiento forman un todo coherente, donde la mugre y el trabajo servil nunca han penetrado.

Esta personalidad dividida del Sr. Eden entre lo que es y lo que aspira a ser, entre lo terrenal y lo celestial, acabará generando cierta disgresión esquizoide en la psique del aspirante a ‹connoiseur›. Esto queda plasmado en su desprecio de la solidaridad proletaria y de los ideales socialistas de defensa de lo colectivo. En efecto, su formación autodidacta, emprendida con el riguroso empeño del alpinista que aspira a coronar las cumbres del conocimiento, le lleva a autodefinirse (de forma irremediable parece querer decir Pietro Marcello) como un individuo sin contacto con ese contexto social al que pertenece, como un superhombre nietzscheano que ha triunfado en su empeño por elevarse por encima de lo que el destino parecía haberle señalado. La ilustración no es aquí, por lo tanto, un camino hacia la empatía con nuestros semejantes sino una especie de trampa para alejarse de ellos. Este precepto, profundamente conservador, es un punto claro de conflicto a la hora de valorar positivamente el trabajo del cineasta transalpino, al menos para este redactor.

Este efecto pernicioso de la formación intelectual (insistimos, según Marcello) se revela finalmente en todo su esplendor (?) en la segunda parte de la película. Ese Martin Eden prematuramente avejentado, desquiciado por su incapacidad para conjugar “saber” y “vivir”, parece haber sido envenenado por su aspiración de alcanzar un estado al que no pertenece por cuna o formación (!). Es así que la película del director de Bella e perduta se revela como un artefacto en defensa del statu quo original (?). Un tratado que nos viene a decir que los Orsini siempre serán Orsini y los Martin Eden siempre serán Martin Eden y ay de aquél que sueñe con modificar ese orden natural (?) de las cosas.

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