Una película de miedo (Sergio Oksman)

De entrada puede resultar paradójico (hay quien diría que hasta engañoso) que un film titulado Una película de miedo no sea en absoluto una película de terror. Es cierto que hay un detonante argumental que se basa justamente en la pasión por este tipo de películas del joven protagonista y que, desde luego, gran parte de la trama orbita alrededor del género. Hay menciones constantes a imperdibles del horror, situaciones que buscan deliberadamente la exposición al pavor en la vida real y hasta un conato de investigación ‹true crime› de por medio. Pero, si se reflexiona ‹a posteriori›, sí que estamos ante una película donde no hay monstruos, sangre, ni elementos sobrenaturales, pero sí un terror más profundo: el de la paternidad.

Siempre se suele hablar del trauma indiferente del hermano mediano: de no ser el mayor con su carga de responsabilidad, ni el menor, tratado y querido como un capricho del destino. Pero ¿y si trasladamos esta problemática al ámbito generacional? Pues el resultado viene a ser algo parecido a lo que nos cuenta esta película en formato semidocumental. Puede que sí, que haya desvíos, resquicios y falsas pistas que nos quieran llevar a pensar que los derroteros irán por otro lado pero, lejos de ser un engaño, son activadores de tensión y funcionan como pistas en una búsqueda del tesoro que, finalmente, resulta satisfactoria.

Y es que el miedo del padre protagonista está presente en las dudas y en la conveniencia de sus decisiones: de no querer repetir los errores de su padre —y la consecuente relación paternofilial complicada—, pero también de tomar decisiones con respecto a su hijo y su amor por el cine de terror. Así pues, cada escena y cada parte del trayecto se presentan como momentos donde el amor es evidente y presente, a la par que las texturas en pantalla dan a entender que tras toda esa luz se esconden sombras acechando.

Con estos mimbres, el film de Sergio Oksman se mueve a través del seguimiento íntimo de sus personajes pero con un aura de extrañamiento constante, no dando por sentada una relación como algo perdurable sino más bien viendo cómo cualquier pequeño error en acto o palabra podría destruirlo todo. Todo ello acaba resonando en una suerte de fantasmagoría que se mueve entre una comedia costumbrista y un drama que está siempre a punto de explotar en una tensión invisible aunque notoria.

El resultado final es un producto modesto en cuanto a medios pero muy hábil e inteligente en intenciones y ejecución. Puede que por momentos uno se pueda sentir perdido ante la acumulación de digresiones argumentales, tonalidades y formatos distintos. Sin embargo, este es el engranaje que hace que funcione. Por separado puede que no se entienda, pero su todo conforma un puzle de las relaciones humanas cuya parte más interesante es que parece retar al espectador a poner la última pieza. Un artefacto que se postula como realista pero cuya última imagen, al revelar un inmovilismo algo triste e inquietante, pone de manifiesto la sensación de que los ciclos vitales no dejan de ser objetos inmóviles a la espera de una orden de acción.

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