My Eternal Summer (Sylvia Le Fanu)

La vida avanza bajo sus propias condiciones, da igual cuál sea tu interés. Es comprensible que cualquier adolescente desee una transición fácil en sus etapas, un mínimo esfuerzo que les lleve a la esperada libertad, aunque después descubran que esta no existe. El verano suele ser claro reflejo de esa emancipación emocional, un momento diferente, carente de horarios, posiblemente también de obligaciones, donde todo parece posible cuando los días transcurren entre la pasividad absoluta y la lujuria más traviesa, siendo ese apartado temporal con un inicio y un final controlados, el que tiene la duración idónea para que en el futuro pueda alcanzar el formato de recuerdo. A estas alturas ya asimilamos que el verano y la adolescencia son elementos básicos para formar recuerdos, y los directores noveles también lo saben. Es más, se aprovechan de ello.

My Eternal Summer quiere afrontar un cariz especial ya desde su título, porque la motivación del recuerdo futuro sí encierra “verano” y “adolescencia”, pero se convierten en elementos meramente anecdóticos ante un evento con mucho más peso y relevancia: la muerte. No se pueden repartir las cartas buenas a todos los jugadores. Desde la voluntad de hablar de un despertar diferente, surge una película delicada, respetuosa y contemplativa sobre el trance de un verano que no tiene el carisma de novedad sino de final. Fanny acaba el curso escolar y viaja como cada verano con sus padres a esa casita idílica perdida por la costa danesa, como un trámite estacional más que como una promesa de júbilo. Se repiten entonces rutinas que vienen aderezadas con puntos amargos donde recordar momentáneamente que su madre está muy enferma. Es una constancia la frondosidad de la naturaleza, el buen tiempo, la limpieza del entorno en contraste con un incómodo paso del tiempo sin grandes obligaciones ni motivaciones que acompañen cómodamente el entorno estival. Sí, vemos a padres e hija leyendo, escuchando música clásica, dando un paseo por la playa, acompañando las visitas mientras, en un pequeño apartado, también vemos a Fanny intentando huir de esa harmonía que implica observar en directo cómo su madre se marchita forzosamente. Se contrapone a lo luminoso unos planos cerrados del rostro de Fanny sonriente, llorando o simplemente fuera de lugar que componen un atlas de sus estados de ánimo.

Aquí radica un dilema, estamos viendo a una familia acomodada, con claros recursos para afrontar la situación, estudios, gustos eruditos y formalidad nórdica pasando por un momento amargo, pero lo que se resalta es el estilo de vida que acompaña el dolor, más que el dolor en sí mismo. Parece importante destacar cómo Fanny va creando de la nada sus propios fantasmas para esconderlos por ahí y no enfrentarse a ellos, pero la película queda a medio camino, no se decanta por la desidia de la espera ni tampoco por el vital drama adolescente, quedando más bien como unos meses de sobreprotección silenciosa frente a un hecho que cambia la vida. De nuevo gana la exasperación ante la parsimonia, ya no por actitud sino por lo formulaico de la situación y es que, aunque la protagonista sea Fanny y en cierto modo la visión que ella adopta de esta forzada despedida, son los pequeños momentos en que parece que quiera expresar algo la madre los que realmente rellenan este vacío existencial. No es quitarle importancia al dolor cuando alguien tiene todas las facilidades a su alcance, en realidad tampoco sirven para nada los recursos ilimitados, pero todo queda tan blanqueado y controlado que no consigue llenar el silencio de emoción cuando claramente era la intención.

My Eternal Summer adapta la mirada a la muerte desde los impulsos de Fanny, hay curiosidad, miedo, enfado, capricho y quizá sea en el momento aceptación, cuando la cámara de Sylvia Le Fanu se vuelve gráfica (siempre desde el respeto) e identifica lo más cruel pero también lo más definitivo directamente, cuando empatizamos, puede que con cierto disgusto, con lo que está ocurriendo. Y es que no puedo evitar sentir la tristeza ante algo universal como es la pérdida de una madre a una edad temprana, pero no es algo que haya generado Fanny, ni su madre, ni mucho menos su cauteloso padre y, por tanto, no es una virtud a destacar de ningún momento de la película. Todo es correcto, es funcional, en ocasiones se percibe el amor con el que se ha creado el proyecto y visualmente es acogedora, rompiendo con las expectativas del relato, pero le falta un poco de barro a esta juventud quebrada para convencer de los mil cambios de parecer de alguien con verdadero pánico a los estertores de la muerte.

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