La película más famosa del director brasileño Héctor Babenco es una adaptación de la novela homónima del argentino Manuel Puig sobre dos compañeros de celda con personalidades y motivaciones dispares. Valentín Arregui es un preso político marxista que mantiene su compromiso firme y su pacto de silencio dentro de la cárcel a pesar de las presiones para delatar a sus camaradas; Luis Molina, en cambio, vive su disidencia sexual y de género desde una postura sentimental y políticamente vacua, como demuestra su fijación, desde el lado puramente romántico y el análisis superficial, por una burda película de propaganda nazi que le narra todas las noches con pasión a Valentín, ignorando la carga temática de la misma. A lo largo de la cinta, se establece un contraste entre ambos personajes y sus formas de entender la vida, que lleva a diversos choques explícitos pero también a una amistad sólida y a una cada vez más evidente tensión sexual.
En contraste con la novela, que situaba la acción en una cárcel argentina, la versión de Babenco traslada la acción a Brasil, contextualizando la persecución a las ideas de izquierda y a las identidades ‹queer› en la dictadura militar de su país, trazando con ello una crónica casi en tiempo real de dichas disidencias. En ese sentido, mantiene el espíritu contestatario de su anterior película, Pixote, aunque en esta ocasión su vocación internacional es mayor, al estar rodada en inglés, como una producción brasileño-estadounidense, y con William Hurt y Raúl Juliá, dos actores de Hollywood, como protagonistas. A juzgar por el enorme prestigio internacional alcanzado por la cinta, esta estrategia resultó bastante acertada, permitiendo poner definitivamente en el mapa al director y consolidándose como su obra más conocida y laureada más allá de sus fronteras.
Y, sin embargo, nada en El beso de la mujer araña se siente vacío, facilón o acomodado a ese público más internacional. En particular, el personaje de Molina, con una identidad que fluctúa entre lo abiertamente “transfemenino” y la denominación genérica de “loca” o “marica”, como se conocía a los miembros de la comunidad LGBTIQ+, supone al mismo tiempo un retrato muy avanzado y rompedor y un reflejo muy interesante del discurso de la época, de cómo se podía hablar en aquel entonces del género, su expresión y la forma en que esta y la sexualidad se atravesaban en la identidad personal y social. En un contexto en el que, a nivel internacional, las representaciones del colectivo desde el cine continuaban en su mayoría atravesadas por prejuicios hirientes y por el pánico moral surgido de la epidemia del VIH, esta película abre una discusión, errática y por momentos confundida, pero firmemente comprometida, sobre la identidad ‹queer› en un contexto de represión directa y estigmatización constante.
Sea porque la interpretación de Raúl Juliá, aún siendo magnífica, no está a la altura de la de William Hurt, o tal vez porque el film se entretiene más en el personaje de Molina y su punto de vista, si algo se le puede achacar es que, en comparación con su discusión sobre las identidades LGBTIQ+, el aspecto de la disidencia política directa resulta algo menos lucido. Aunque no se puede dudar de su posicionamiento, la película parece interesarse menos por todo lo que representa el personaje de Valentín, entreteniéndolo en ocasiones como una pieza más de su intrincada estructura narrativa, en un homenaje al cine clásico que bebe claramente de los dramas carcelarios y, en particular, del cine negro estadounidense con Molina como una atípica ‹femme fatale›. En ese sentido, da la sensación de que El beso de la mujer araña no reparte del todo bien el punto de vista y la identificación emocional entre sus dos protagonistas, como si a su director le importasen de manera desigual. Y, si bien el guion sigue trazando bien estos aspectos, elaborando una intriga política muy interesante en medio de la amistad, sin suavizar o minimizar el contenido político e incluso permitiendo abrir debates muy interesantes acerca de la relación no siempre fácil entre la izquierda revolucionaria y las identidades ‹queer›, la película es, a nivel emocional, en su mayoría de Molina.
Tras ver la cinta, no tengo claro si esta descompensación de enfoque que noto es siquiera voluntaria, o solo una demostración de que Hurt se come la pantalla y demuestra un carisma con el que ni siquiera su compañero de reparto, también en estado de gracia, puede competir; pero, en todo caso, puede hasta entenderse como un fallo o carencia menor si se tiene en cuenta que la película ya llega mucho más lejos, y es mucho más radical y comprometida que la gran mayoría de sus coetáneas y, en particular, que todas aquellas con su alcance mediático y fama. La verdadera rareza de la obra que nos ocupa no es, por tanto, que trate temas difíciles desde una perspectiva muy avanzada para la época, sino que, aún con ello, lograse hacerse un hueco tan grande en el escenario internacional. Su éxito y prestigio suponen un logro excepcional y casi anacrónico, y por ello, pese a sus imperfecciones, es una obra extraordinaria que difícilmente va a perder su vigencia histórica y la fuerza de su compromiso político y social.









