Adolescencia, sexo y muerte en Campamento Miasma (Jane Schoenbrun)

El tercer y muy esperado largometraje de Jane Schoenbrun, después de revelarse con We’re All Going to the World’s Fair (2021) y El brillo de la televisión (I Saw the TV Glow,2024) como una de las voces más estimulantes de la topografía ‹indie› contemporánea, recoge y reformula los motivos —visuales, conceptuales, narrativos— del ‹slasher› ochentero, para interrogarse sobre los corsés estructurales que limitan el cine de género y la aparición de miradas no convencionales en el seno de la industria. Para Schoenbrun todo es cuestión de marco, representación e identificación. Pero también de placer, como manifestó en la presentación de Adolescencia, sexo y muerte en Campamento Miasma (Teenage Sex and Death at Camp Miasma, 2026), película inaugural de la sección Un Certain Regard, cuyo personaje protagónico (una Hannah Einbinder muy convincente en su rol de ‹nerd› introvertida) parece funcionar como ‹alter ego› de la cineasta no binaria. Por supuesto, el género y su significación jugaran un papel muy relevante en el desarrollo de la película, que arranca con total frontalidad (ya ocurría en obras anteriores de Schoenbrun) las losas sociales, profesionales y artísticas que la mirada masculina ha dispuesto en los mecanismos de recepción cultural desde hace siglos.

Kris, la cineasta ‹queer› que protagoniza la cinta, vive sujeta al deseo: de forma consciente, al deseo de aportar aire fresco a una franquicia de terror, Camp Miasma, en franca decadencia creativa y económica; de forma más subterránea, al deseo de replicar la mirada de Billy Presley (una Gillian Anderson sensacional en su rol paródico de Norma Desmond del imaginario slasher) en la escena final de la primera película de la saga, pero también de experimentar en cuerpo propio esa mirada. Entremedias, Kris deberá convencer a Billy (‹final girl›, es decir, superviviente, de la película original) de formar parte del nuevo ‹reboot› de Camp Miasma, al tiempo que aprenden a conocerse mutuamente y que indagan en sus deseos más íntimos: Billy ayuda a Kris a experimentar la vida en un plano más terrenal, menos cerebral; al fin y al cabo, apunta Billy, el subgénero ‹slasher› va solo de carne y fluidos, alusión nada velada (y no será la última) al universo “cronenbergiano”.

En una película que, de manera autorreferencial, explora el acto mismo de la creación, interesa mucho su abordaje formal: Schoenbrun parece ahora desgraciadamente menos interesada en las capacidades expresivas de la grieta digital (investigación que abordó en sus anteriores trabajos), pero compone un original pastiche de recursos plásticos (desde ‹matte paintings› hasta ‹split diopters›, en un guiño lúdico que hará las delicias de los usuarios de Reddit) que acompañan a sus protagonistas y al asesino serial de la franquicia Camp Miasma. Introduce, además, una ocurrencia genial que renueva la noción de mirar y ser mirado, de ser sujeto deseado y deseante, en una escena en que los cuerpos protagónicos son desdoblados y la mirada se desplaza simultáneamente entre lo subjetivo y lo extracorpóreo.

Al tono ‹kitsch› y satírico que acompaña gran parte del film hay que contraponerle la presencia, entre orgánica (la primera secuencia de la película, en riguroso plano subjetivo) y artificiosa, de Little Death, el ‹psychokiller› de la saga, cuyas apariciones demandan sangre y vísceras de adolescentes y complican el relato, en especial en la sugerencia metaficcional de la existencia de una dimensión paralela desde la que se filma la misma filmación de la película. En este microcosmos en el que la vida es poco más que carne y fluidos, el cine debe proceder de la misma carne.

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