Hokum (Damian McCarthy)

Asumiendo su respectiva independencia autoral, lo cierto es que hay una serie de directores recientes originarios de Irlanda que, de alguna forma u otra, están vinculados al terror o el fantástico. Sin ir más lejos, la alocada versión de La momia de Lee Cronin (2026) —que ya enmarca su propia distinción destacando el nombre de su responsable en el título— forma parte del trabajo de estos autores que celebran el género mediante un gusto plenamente consciente de su tradición. Además del ya mencionado, que ahora goza de su merecido reconocimiento, también podríamos incluir otros como Lorcan Finnegan (Vivarium), Aislinn Clarke (Fréwaka) o, desde luego, aquel que ocupa el motivo de este texto: Damian McCarthy, que tras las estimables Caveat (2020) y Oddity (2024), estrena ahora su tercer y más ambicioso largometraje hasta la fecha bajo el nombre de Hokum (2026).

Desde sus primeros compases, la película denota ese carácter autoconsciente al presentar dos ficciones a la vez. En la primera, un caballero y un niño vagan por el desierto en busca de un tesoro, mientras que en la segunda, un escritor a tiempo presente escribe dicho relato, configurando así la naturaleza imaginada del anterior. Tras un primer ‹jumpscare› donde se interrumpe el proceso de escritura —sintomático de unos tropos ligeramente arbitrarios que se irán repitiendo a medida que avance el film—, la crisis torturada del protagonista (Adam Scott) y unos episodios traumáticos de su pasado llevarán al reputado artista hasta un hotel de montaña apartado de todo. La mística particular de este espacio desplazado y ambiguo recuerdan la clara referencialidad de otros títulos extraordinarios, que van desde la La mujer del lago (1965) de Luigi Bazzoni y Franco Rossellini, hasta las casas encantadas de Stephen King o la propia concepción críptica de las localizaciones en el cine de Harry Kümel.

Con este punto de partida, Hokum aguarda la sorpresa de un devenir que se revela progresivamente, con unas pautas de guión afinadas con plena precisión narrativa. En ese camino incierto para el espectador, el uso de algunas imágenes ligeramente desprovistas del misterio presumible o el abundante uso de ‹flashbacks› propician la evocación de una cierta sensación inquietante y febril —estado en el que se encuentra constantemente el personaje principal—. De alguna manera, este estadio de confusión recuerda, por su pertinente recuperación reciente a propósito del estreno de su última película, a la fascinante La cura del bienestar (2016) de Gore Verbinski. En unos términos parecidos, la independencia de ambas propuestas determinan la imperiosa necesidad de constatar la libertad de estos trabajos, que suelen tener una vida más discreta en taquilla.

Por ende, y pese a los dejes del género anteriormente mencionados, creo imperativo destacar el entusiasmo primordial de un título de esta índole, que existe desde una voluntad creativa rotunda, perfilando la autoría de su responsable. Regresando a dichos parámetros, la lectura personal con la que encara el dilema de su propia obra es sobradamente sugerente y bello. En él, el hombre del desierto de su historia encuentra que solo puede romper la botella que contiene el mapa del tesoro si la estampa contra la cabeza del niño que lo acompaña. Sin revelar el cómo o el resto de lecturas que envuelven su decisión final, la película termina determinando una postura profundamente sanadora, en un emotivo desenlace que justifica el poso de una historia tan triste y deprimida como sincera consigo misma; interrogándose desde la posibilidad de su redención a través de la disfuncionalidad de las relaciones de padres e hijos, estableciendo un paralelo temático con otros directores coetáneos de la talla de Osgood Perkins.

Pese a su referencialidad y homenajes, Hokum se augura como una excepción en el panorama comercial, en un divertidísimo misterio de brujería y leyendas ‹folk› que se impone por su plena convicción en el poder de esas historias que son capaces de cambiar el curso de nuestras vidas. Sin vergüenza o pudor en dicha creencia, este nuevo paso en la carrera de Damian McCarthy certifica el interés de un director que se asienta como uno de los nombres a seguir para los adeptos del fantástico y el terror.

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