Jim Sheridan… a examen

«In the name of justiceIn the name of funIn the name of the FatherIn the name of the Son»

In the Name of the Father, Bono y Gavin Friday

El estreno de Recreación de un asesinato este fin de semana en los cines españoles ofrece la oportunidad de echar la vista atrás para recordar a uno de esos nombres que escribieron con letras de oro el cine social europeo de los noventa, el genial Jim Sheridan, del que hacía muchos años que no llegaban noticias y al que yo creía ya semiretirado de la dirección cinematográfica. Sheridan es sin duda uno de los padres del cine irlandés gracias a la producción de una serie de películas, de temática muy propia, que salieron a la luz a finales de los ochenta. Su ópera prima Mi pie izquierdo (My Left Foot,1989) fue un éxito incontestable que le situó, ya en sus inicios, en la primera plana, siendo la legendaria En el nombre del padre (In the Name of the Father, 1993) esa obra maestra que le ubicó en el Olimpo de los autores inolvidables.

Su estilo podría catalogarse como cine social humanista, pero no exento de una comercialidad muy potente, (fundamentalmente por la presencia de grandes actores en su ‹staff›), siempre tiznado de unas gotas de política y de una epifanía católica que juega a mostrar la redención de unos protagonistas afectados por traumas tanto físicos como psíquicos que les hace recorrer unos caminos escarpados, de esos que marcan para siempre la vida de quienes los transitan. Este enfoque político-social suele estar complementado con una académica fotografía que ornamenta el artefacto pictórico con unos encuadres perfectos que sin duda impactan en la psique del espectador.

Se le siente muy cómodo observando a sus héroes luchar contra monstruos exógenos —y a veces también endógenos—, e igualmente palpando su profundo amor por su país natal, una Irlanda cuya identidad siempre se muestra en peligro ante diferentes amenazas tanto globales como del propio entorno micro. Asimismo se intuye el amor por el teatro de Sheridan merced a su dominio en la dirección de actores, extrayendo el mejor jugo de unos intérpretes que suelen desear repetir cita con el maestro.

Entre medias de sus dos obras más populares se asienta El prado (The Field, 1990), segundo largometraje como director del autor de The Boxer y sin duda uno de sus trabajos más personales y ambiciosos. Una especie de tragedia griega a la irlandesa basada en un relato de John B. Keane. La trama se ubica a principios del siglo XX, en una pequeña localidad de la costa irlandesa, con sus peñascos, barrancos y playas salvajes libres de todo vestigio de modernidad. La primera escena nos mostrará a Bull McCabe (Richard Harris) junto a su hijo Tadgh (Sean Bean) subiendo una colina con un burro muerto a hombros. Los dos hombres, tras tomar un respiro, lanzarán al animal al mar arrojándolo por un barranco, como represalia por haber osado traspasar el terreno demarcado con el nombre de la familia. Eso nos servirá para presentar al protagonista, un hombre huraño, avaricioso, fanático y obsesivo que ansía a toda costa el terreno que ha trabajado durante toda su vida (y también sus ancestros), en manos de una viuda que se niega a vender su propiedad al maniático Bull. El viejo campesino está conectado con esas tierras desde su niñez, cuando sus padres se dejaron la vida por convertir unas tierras infértiles en un prado verde y frondoso, reclamando por ello su parte como responsable de haber hecho que un terreno estéril se convierta en un campo de sueños para cualquier labriego del lugar, siendo su deseo dejar en herencia a su atolondrado e incapacitado hijo unas tierras con las que poder prosperar y formar una familia y así deshacerse de su condición de siervo.

Pero la viuda, cansada de las continuas amenazas de Bull, sacará a subasta pública el terreno ya que no aguanta más la presión del campesino. Bull, famoso en el pueblo por su fiereza y carácter rencoroso, tratará de amañar la subasta para adquirir la propiedad a un precio de ganga, con la ayuda de un discapacitado colega suyo llamado Bird O’Donnell (John Hurt), sirviéndose del miedo de los lugareños a las posibles consecuencias que tendría pujar contra Bull. Pero algo saldrá mal en el plan del viejo Bull: la aparición de un estadounidense descendiente de irlandeses (Tom Berenger) que desea adquirir el prado para construir una carretera para llevar el progreso y la modernidad a la tierra de sus antepasados.

Este hecho desatará una lucha entre la conducta primitiva de Bull, un hombre chapado a la antigua que cree que existe una ley no escrita que le convierte en el legítimo dueño de la tierra trabajada con su sudor, y el moderno americano que se ampara en las leyes escritas, y también en el apoyo del párroco local, para reclamar que ha sido el vencedor de la puja llevada a cabo dentro de la legalidad vigente. Un conflicto entre modernidad y tradición que explotará como una bomba nuclear que hará estallar una situación en la que resulta imposible cualquier negociación prudente y razonable.

Con estos cimientos Sheridan ejecutó un melodrama crepuscular que entra por los ojos y los oídos gracias al aporte en la banda sonora del maestro Elmer Berstein y a la vibrante y pictórica fotografía de Jack Conroy, quien se apoyó en la majestuosidad de los paisajes en los que se desarrolla el relato para componer un ejercicio magistral, sin duda uno de los puntos fuertes del film.

Sheridan tocó temas atemporales en su obra. El conflicto entre modernidad y tradición (una de las temáticas más populares entre los cineastas clásicos como Elia Kazan en su maravillosa Río Salvaje, cinta que comparte premisa con la protagonista de esta reseña, e igualmente de varios westerns maravillosos del cine clásico estadounidense, e incluso el clásico El hombre tranquilo, sin duda otra fuente de inspiración para Sheridan). También esas obsesiones que convierten al hombre en un animal salvaje, violento y visceral, un ser irracional al que resulta imposible domesticar por la avaricia que emerge de esa tierra convertida en una sustancia con alma propia . Pero, quizás la temática que más se siente en el film sea una de las favoritas de Sheridan: las consecuencias traumáticas que los actos inconscientes producen en sus protagonistas y en quienes les rodean, moldeando a Bull con una personalidad tóxica, uno de esos hombres que infringen dolor en sus familiares y amigos y en todos aquellos que osen establecer cualquier tipo de relación con él. Un fanático cuyas acciones serán mortales de necesidad, violando la paz y la tranquildad de la comunidad que le rodea. Y por último ese choque identitario de una Irlanda primitiva y rupestre que deseaba abrirse a la modernidad, pero sin perder un ápice de su esencia particular, algo ciertamente imposible en un mundo dominado por una deriva globalista impulsada por el capitalismo anglosajón.

El prado se eleva como una obra cumbre de Jim Sheridan, que incomprensiblemente mantiene un discreto segundo plano en relación con otras películas de su filmografía. Una obra rotunda, muy contundente y que no deja nada a la zaga. Una película que conjuga una superficie muy entretenida, que entra muy bien por los ojos del espectador, y que además contiene una de las mejores interpretaciones de un Richard Harris descomunal, quien ejecuta una actuación histriónica cuando tiene que serlo y contenida cuando así lo exige el papel. Sin duda, totalmente comprometida con el objetivo global del film. Es por ello que fue nominado al Oscar del año 1991 (el año de Bailando con lobos), siendo derrotado por un Jeremy Irons que en mi opinión estaba un peldaño por debajo del ejercicio actoral magistral que hiló el legendario actor irlandés. Un Harris en plan apisonadora que fue muy bien complementado por un elenco en estado de gracia, siendo especialmente destacable el aporte de John Hurt, un joven Sean Bean que iniciaría en esta su mítica leyenda de papeles con final trágico, un estoico Sean McGinley como ese padre que anhela que Irlanda entre en los cauces de la modernidad sin que ello suponga la pérdida de su fe católica, y un Tom Berenger que está muy bien y creíble en su papel de joven empresario americano que viene a poner patas arriba la tranquilidad del viejo Bull. Además también tenemos la presencia de Brendan Gleeson, un imprescindible del cine irlandés.

Todo ello convierte a El prado en una obra clave del cine irlandés de los noventa, y sin duda una de las más emblemáticas de Jim Sheridan y Richard Harris, culminada con una secuencia final impactante y violenta que muestra que las actitudes irracionales, obstinadas y contrarias a lo que nuestros seres más queridos anhelan suelen traer consecuencias demoledoras. La odisea de un hombre ridículo, tóxico y arisco que, como pasa en las obras de los grandes literatos que han sabido como nadie reflejar las contradicciones de la condición humana, desprenden unas moralejas muy enriquecedoras y profundas.

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