Hoy… La salida de la luna (John Ford)

La salida de la luna es una de esas joyas que adornan la filmografía de John Ford que inexplicablemente ostenta un lugar secundario en las preferencias de los amantes del cine clásico. Sin duda, es una de las películas menos conocidas y recordadas de la carrera del genio del parche, siendo a su vez una de sus cintas más intimistas y personales, quizás una de las que mejor definen la manera de ver el celuloide del cineasta estadounidense. Rodada en los pueblos y paisajes irlandeses, fue la primera colaboración de Ford con el productor Michael Killanin (con el que volvió a trabajar en otra de sus obras menos apreciadas, Un crimen por hora) y podríamos catalogarla como una producción independiente, tanto por el ajustado presupuesto del film como por la total libertad que tuvo Ford para realizarla (incluso el director americano renunció a cobrar sus honorarios como tal para participar en el proyecto).

Fue pues un primer intento de crear una especie de industria del cine irlandés (por aquellos tiempos inexistente) por parte del productor Michael Killanin. En este sentido, Killanin consiguió convencer a dos pesos pesados de Hollywood de origen irlandés: por un lado Tyrone Power, quien ejerce el papel de presentador y narrador de las tres historias que componen la cinta, y por otro el mítico John Ford, los cuales aceptaron participar en el proyecto sin poner oposición ni condiciones en términos monetarios, como un homenaje a la Irlanda que llevaban en el corazón.

Se nota que Ford disfrutó como un niño dirigiendo esta película. Las imágenes captadas describen la melancolía, éxtasis y enamoramiento que Ford sentía por las tierras de sus antepasados. Igualmente los actores que aparecen en pantalla, casi todos ellos desconocidos y reclutados del Abbey Theatre, dibujan un atlas de la geografía humana irlandesa a través de unas interpretaciones en las que la improvisación, el buen humor y un poco de histrionismo ayudan a otorgar esa naturalidad campechana inherente a la idiosincrasia irlandesa.

Un aspecto que convierte a La salida de la luna en una película imprescindible es su carácter de poema visual. Ford, un gran dominador de la puesta en escena, brindó todo un recital de técnica cinematográfica, dibujando un bellísimo cuadro pictórico aprovechando los fastuosos paisajes naturales de la campiña irlandesa. Asimismo, ofreció un auténtico espectáculo en las escenas de interior, en las que mezcla con desenvoltura y maestría los planos fijos, planos medios, travellings, planos secuencia y americanos con una destreza solo al alcance de los grandes pioneros del cine. De esta forma, la composición conceptual con la que se construyó el film llevan el sello de Ford estampado, quien no dejó un simple detalle al azar.

La película se divide en tres episodios independientes, de un eclecticismo sorprendente por su gran contenido lírico. Ninguno de ellos, parece versar sobre temas trascendentes ni importantes, sino que tratan únicamente de mostrar la vida cotidiana y las interrelaciones existentes entre los moradores de las tierras irlandesas. La cinta pues trata de eso: de la sencillez a la que aspira la existencia humana. Esa moraleja, impregnada en cada una de las historias que componen la obra, delimita la frontera del film. Ford apostó por la espontaneidad y por el realismo frente a la tradicional épica de sus westerns americanos. Así, la ironía y el optimismo que desprenden cada una de las tres historias servirán para potenciar la mítica mirada irlandesa y también la forma de ser de sus gentes. Y eso Ford lo consigue recorriendo un extraño camino que abarca desde la comedia más burlesca y surrealista hasta la más profunda tragedia “shakesperiana”.

El primer episodio titulado El rigor de la ley, es quizás el más bucólico de los tres. Narra la historia de un inspector de policía llamado Michael Dillon que debe presentarse en casa de un viejo amigo fabricante de licor (el venerable Dan O’Flaherty) con el fin de cumplir una pequeña misión. Este episodio nos regalará una de las más bellas escenas que contiene el film: la del paseo que el inspector de policía lleva a cabo por los paisajes irlandeses hasta alcanzar su destino. Capítulo extrañamente místico e hipnótico, en ningún momento se adivina explícitamente cual es el motivo del arribo del inspector a la casa del viejo fabricante de licores. Quizás la principal motivación de Ford fue reflejar la exaltación de la amistad y la añoranza de la Irlanda ancestral a través de las conversaciones que se establecerán entre los dos personajes. La puesta en escena empleada en este vector recuerda mucho a la que Ford vertió en el primer tramo de El hombre tranquilo, tanto por la fotografía utilizada como por la exaltación de las tradiciones y la nostalgia irlandesa. El episodio rebosará humor y buen rollo por los cuatro costados. Pero la animosidad esculpida terminará con la aparición de esa cruda realidad, que no es otra que el cumplimiento por parte de Dillon de una orden de arresto en contra de su amigo. Este acontecimiento servirá para demostrar el orgullo, la dignidad y la fortaleza de la amistad que ostentan estos dos viejos habitantes de la Irlanda más auténtica.

El segundo episodio, titulado Un minuto de retraso, es un magnífico entremés de un acto ubicado en un lugar tan arquetípico en el mundo del cine como es una estación de tren. Con un humor típicamente “fordiano”, narrará en tono de comedia burlesca la vida en aquellos parajes, totalmente ajena a la puntualidad y a la rigidez de los horarios modernos. Al más puro estilo de los Hermanos Marx o de ese surrealismo “buñuelesco”, una serie de acontecimientos retrasarán un minuto la salida del tren de la estación, retraso que será aprovechado por los pasajeros para vivir la vida alegremente tomando una cerveza en el bar o maltratando a una pareja de estirados protestantes que evitarán en todo momento participar en la juerga colectiva que explotará cada vez que el revisor anuncie que la salida del tren se postergará un minuto más. De tono extravagante y de estilo coral, la trama se apoya en una espléndida deformación de la realidad para hacer estallar esa sátira vitalista y alegre que exalta la felicidad y la despreocupación como único medio posible de encarar la existencia.

El tercer episodio, que comparte título con el conjunto de la película y del mismo modo con una vieja canción irlandesa, es posiblemente sea el capítulo más arriesgado desde el punto de vista político. Trata sobre la huida de prisión, gracias a la ayuda de dos actrices de una compañía de teatro, de un héroe revolucionario condenado a muerte por el ejército británico. En paralelo, se narrará la historia de un sargento de policía irlandés (el sargento O’Hara), cuyos orígenes generan toda una serie de recelos por parte de sus compañeros y militares británicos. El sargento sufrirá el menosprecio de una esposa mandona y codiciosa que dirige sus pasos con mano de hierro. Tras conseguir huir de prisión, el héroe de la revolución se disfrazará de humilde trovador tratando de huir de Irlanda como polizón de un barco. Pero esa misma noche, el sargento O’Hara patrullará en la zona portuaria enviado por sus superiores con la encomienda de capturar al evadido. En este sentido, finalmente O’Hara se cruzará con el fugado. Si bien en un principio el evadido logrará esquivar al sargento enmascarado de vagabundo, O’Hara no tardará en descubrir la verdadera personalidad que ostenta el buhonero, pero en un acto de patriotismo evitará delatar a su compatriota, renunciando de este modo a cobrar la recompensa que anhelaba su esposa, pero apostando por honrar la dignidad de los que luchan por la libertad irlandesa.

Para un amante del cine de John Ford, La salida de la luna se eleva como una película imprescindible, soberbia y que supone un auténtico deleite. La falta de pretensiones y humildad con la que se rodó la convierten en una pieza única necesaria para adentrarse en el talante de John Ford. Una oda divertida y crepuscular a la melancolía y a las tradiciones irlandesas, que colmará las expectativas de los cinéfilos que anhelen gozar una obra inmaculada, moderna, entretenida y magistral. Una de esas piezas que esconden la esencia de uno de esos nombres que forjaron la leyenda del cine.

Publicada originalmente en el blog Clásicos eternos