Magallanes (Lav Diaz)

Desmitificar la épica de la conquista

La ‹première› catalana de una de las películas más importantes del año reciente en lo que respecta a la cinematografía internacional se ha llevado a cabo la tarde del 17 de abril en los cines Verdi, en el marco del Barcelona Film Festival y en una sección fuera de competición. ¿Por qué Magallanes, del filipino Lav Diaz, es merecedora de esta consideración, más allá de que el Festival de Cannes de 2025 la tuviese muy en cuenta para sus secciones paralelas?

En primer lugar, el último largometraje de Diaz, conocido en los circuitos del cine de autor y de la crítica por sus monumentales Evolution of a Filipino Family o From What is Before, entre otros títulos, representa el cruce entre tres modos muy originales de entender el cine en el primer cuarto del siglo XXI. Y decimos monumentales en su atrevimiento y lucidez más que en su duración, pues un filme de Diaz puede prolongarse hasta más de diez horas. Y es que dicha extensión no debería resultar disuasoria, pues lo que el autor busca, esencialmente, es devolverle a la expresión cinematográfica su capacidad de abrazar el tiempo como dimensión transformadora. El arte de Diaz, como el de Lino Brocka o el de Brillante Mendoza, se compromete mucho con las vicisitudes políticas y la historia del país, pero es en Diaz donde se identifican unas constantes estilísticas más marcadas.

Por un lado, pues, en este proyecto tan especial confluye la cultura filipina en lo que respecta a su sana y fértil relación con el cine, un cine muy alejado de lo que las ventanas ‹mainstream› podrían esperar, pero que tampoco se contenta con ocupar una posición marginal en el ecosistema audiovisual, ya que su vehemencia creativa podría calar hondo en nuestros imaginarios, de encontrar espectadores más receptivos. Por el otro, Magallanes tiene coproducción portuguesa, que sin duda se trata de otra cinematografía que mantiene muy viva y pulida su tradición cultural, y no exclusivamente la fílmica, sino también la literaria. Es tentador pensar en la escuela de Manoel de Oliveira o de Fernando Pessoa recorriendo las secuencias de Magallanes, elocuentes en su representación y afinadas en sus conflictos sucesivos. Y tampoco la obra no hubiese visto la luz sin el apoyo de Andergraun Films, la productora del cineasta Albert Serra, cuya visión ponderada, densa y desengañada también ha influido en la artesanía pictórica que caracteriza el diseño visual de cada plano, robustecidos todos por una sorprendente energía centrípeta.

En la sesión de las 19:30 de este viernes la productora Montse Triola y el mismo Serra han acudido a la sala para protagonizar un coloquio antes de la proyección. El filme tiene también coproducción francesa, hecho que constata que París sigue siendo un núcleo muy relevante en los vínculos culturales y cinematográficos que traspasan fronteras y que tejen pactos para distribuir los productos.

Magallanes se ambienta en plena colonización española durante el siglo XVI, y ante la reticencia del rey Manuel I de Portugal, el explorador Fernando de Magallanes convence a la Corona para que costee su viaje en dirección a las Indias Orientales. Tras una ardua travesía atraca en el archipiélago malayo, donde se obsesiona con la conversión de los nativos para imponer las costumbres de su pueblo.

Desde el comienzo hasta el desenlace, todo el relato parece iluminado por un aura de otro tiempo; uno piensa en Mizoguchi o en Herzog cuando toma contacto con los gestos, las pausas, los discursos u otras acciones que rigen el avance de las escenas. También con los bellos paisajes, que a fin de cuentas son testigos impersonales de una circunstancia harto injusta, y que la ficción no convierte en un acto heroico bajo ningún concepto. Aquí late una de las grandes virtudes de Magallanes, que sigue a su protagonista en su dimensión más carnal, contradictoria y despótica y no como si leyésemos un tomo de historia antigua donde los vencedores se alzan triunfantes ante unos vencidos cuyos infortunios apenas se describen en pocos párrafos. El tempo de Diaz es muy solemne, lejano y cercano al mismo tiempo y lleva al espectador de la mano hasta un final que parece imaginado por los pintores del barroco.

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