La vida son etapas, ciclos, decisiones. Es difícil encontrar una zona de confort a la que aferrarse, donde asentarse como si ya todo estuviese vencido y solo quedase esperar. La renovación del debut en la dirección de la cineasta lituana Gabrielė Urbonaitė va más allá, en ese sentido, del proceso que se producirá en la fachada del piso al que se acaban de mudar Ilona y Matas, una pareja asentada en apariencia, que contempla un escenario propicio donde la estabilidad debe suponer un motor, pero donde nuevas cuestiones y ruegos empiezan a surgir, como un ruido de fondo que, sin llegar a ser molesto, recuerda que esa comodidad es ficticia, que todavía quedan escenarios por visitar desde los que dotar de una nueva concepción (esa “renovación”) al periplo propio.

Porque, quiera o no uno, los ‹inputs› exteriores siempre estarán ahí. El entorno, tanto desde lo familiar como desde lo afectivo, no deja de ser una red de arrastre que nos guía hacia las convenciones, sean estas a gusto o no del consumidor. Pero ahí están, dispuestas a hacer que te cuestiones tu lugar y decidas aquello que en el fondo sólo termina emergiendo por el que dirán más que por la propia posición en la que se encuentra cada cual. Un hecho que puede llevar a la reflexión, en efecto, pero a su vez incomoda un estado placentero, ideal sobre el papel, pero quizá autogestionado de forma que todo parezca en perfecta armonía.
El nuevo piso de Ilona y Matas así lo indica: aquello que a priori apunta a una sana relación —con sus momentos íntimos en los que intentar algo distinto nunca está de más—, queda rubricado por la luminosa estancia repleta de vida que Urbonaitė capta con su cámara. El modo en cómo la claridad somete cada rincón del nuevo hogar de la pareja, decorado con plantas que dan un punto de vivacidad a lo idílico del momento, rememora en parte el nuevo aspecto que adquirirá un edificio al que en ocasiones los años ponen en evidencia. Los recuerdos en pareja, la madurez que una amiga ve en Ilona, incluso lo que podría ser un paso adelante en su periplo… todo toma un nuevo cariz ante dudas e inquietudes que brotan casi sin quererlo. La expresividad de un gesto que lo dice todo: Ilona apartando los vasos de la mesa y limpiando sendos rodales.

La cineasta debutante teje un film que se va revelando paulatinamente, con cada recoveco, sin necesidad de grandes señas, y aunque en ocasiones el diálogo se tuerce y conduce a soluciones un tanto rígidas —algunas, cabe destacar, sustraídas de un contexto (el socio-político) que se despliega con perspicacia—, esa incertidumbre que describe Renovation brota con convicción, alejándose de situaciones torticeras y apelando en su lugar a la humanidad de dos personajes, la protagonista y ese obrero, Oleg, que aparecerá fortuitamente, que ven el uno en el otro un espacio donde fortificar aquello que les debilita: la inseguridad (más que por lo que vendrá, por un presente que ya arroja confusión) y la distancia (por la lejanía con la tierra propia).
La cineasta debutante no busca tanto encontrar un marco afectivo fortuito que revoque en cierto modo los cimientos de aquello construido durante años, en parte porque dichos cimientos ya son cuestionados desde la mirada de su protagonista. La incertidumbre surge repentinamente a través de interrogantes que se van instaurando en el relato poniendo en entredicho una narrativa que no se antoja tan sólida como sus protagonistas quisieran. Renovation cuestiona esos espacios en ocasiones autoimpuestos, y lo hace sin cargar las tintas, sin exacerbar un drama que fluye desde lo tangencial, sabiendo encontrar siempre respuestas en detalles y diálogos adyacentes. La propuesta de Urbonaitė se alza así como un sugestivo reflejo en el que las debilidades no son solo (y lógicamente) un objeto de controversia, sino también un motor desde el que asumir y comprender las propias fallas para así poder continuar avanzando.


Larga vida a la nueva carne.





