Nada es lo que parece. La concatenación de diversas historias en una serie de distintas habitaciones de hotel sirve al cineasta y artista visual Zhengfan Yang para armar un mosaico donde la percepción muta y, en efecto, nada es lo que parece. Ya sea enlazando planos fijos que no se mueven ni un centímetro de su objetivo, o articulando panorámicas y ‹travellings› que nos van descubriendo espacios y, con estos, una nueva concepción donde todo queda reformulado, plantea un film que va mudando su piel y descubriendo poco a poco sus aristas.

Su estilizado sentido formal —que resalta cada movimiento (o no) de cámara— no contiene sin embargo un film ni mucho menos rígido, que continuamente se va abriendo a nuevas percepciones, en especial en lo que atañe a los personajes que pueblan sus escenarios. El plano estático que fija, por ejemplo, a dos individuos que están siendo interrogados por la policía, da paso a otro plano (a priori) fijo que pronto desvelará una nueva realidad: las apariencias rigen un mundo donde la verdad a medias o el fingimiento surgen en cada diálogo, situación e incluso lugar.
No es casual que la mayoría de escenarios que el realizador visita con su cámara sean ‹performances› o posean un cierto sentido como tal. Una boda, la emisión de una ‹streamer›, el ritual previo a salir a la calle de un artista callejero, una mujer ensayando su predecible diálogo con un oficial en la aduana… vidas fingidas que se superponen a cuanto creemos saber sobre ellas. El cineasta, en ese sentido, mide a la perfección cada movimiento desde el que permutar y reconfigurar el sentido de la imagen. Como esa viñeta en la que una habitación transformada en lo que se asemeja a un entorno laboral, muta a través de un simple paneo en una estampa hogareña, mucho más distendida de lo que pudiéramos imaginar, como cualquier otra.

Zhengfan Yang dialoga en torno a este peculiar mosaico sobre una identidad cada vez más enjuiciada en los tiempos que corren, y lo hace con acierto dejando que su film se abra, tome nuevos derroteros y despliegue una serie de recursos sobre los que asumir la ficción como parte de nuestra esencia. Stranger se devanea en ese sentido en torno a lo formal con una desenvoltura y pragmatismo que son los que sin duda le confieren una dimensión distinta. Lo calculado de su dispositivo visual no obedece sino al hecho de reforzar esa sensación de ardid que rodea cada una de las viñetas.
Es posible que el artefacto desplegado por el cineasta chino se sienta disperso en algún momento, y es que Stranger concreta mejor sus virtudes cuando se articula desde lo visual, o cuando el texto, sin perder importancia, es un apéndice desde el que refrendar aquello que la cámara construye. Véase esa secuencia final, silente, en la que es precisamente el espectador quien se ve interpelado por una estampa repleta de estímulos y que, lejos de su naturaleza observacional, contiene las claves de un film que muta con la mirada, y que nos invita a una sosegada introspección que afortunadamente discurre a distancia de una narrativa quizá inconstante y no tan medida como su apartado formal, pero dispuesta a entablar un diálogo que se aleje de lo meramente estético y se desplace más allá de la imagen.


Larga vida a la nueva carne.





