El cine no es únicamente un arte de representación: es, en su forma más profunda, un dispositivo de construcción del mundo. A través de la imagen, del montaje y de la voz, el cine organiza la experiencia, selecciona lo visible y lo audible y, por tanto, decide qué relatos merecen existir. En este sentido, el documental ocupa un lugar privilegiado: no sólo narra, sino que restituye. Restituye memoria, dignidad y presencia a aquello que ha sido históricamente silenciado. Es precisamente ahí donde radica la potencia de Uyariy: en su capacidad para hacer posible lo que durante siglos ha sido ignorado. Porque uyariy, en quechua, significa “escuchar”, y esa palabra no es aquí un gesto estético, sino una exigencia política y moral.
Dirigido por Javier Corcuera, Uyariy (2025) se inscribe en una tradición de cine comprometido que no busca la neutralidad, sino la verdad encarnada. Corcuera no es un director cualquiera: su trayectoria está marcada por una constante atención a los márgenes, a los olvidados de la historia oficial. Desde La espalda del mundo (2000) hasta Sigo siendo (2013), su cine ha explorado territorios donde la cultura, la memoria y la injusticia se entrelazan. En Uyariy esta línea alcanza una intensidad particular, pues se enfrenta a uno de los episodios más traumáticos de la historia reciente del Perú: la matanza de Juliaca del 9 de enero de 2023.
Aquel día, en el contexto de las protestas contra el gobierno de Dina Boluarte, fuerzas policiales y militares reprimieron violentamente a la población civil en la ciudad de Juliaca, en la región de Puno. El resultado fue devastador: al menos 18 civiles muertos en una sola jornada, en lo que se convirtió en el episodio más sangriento de aquel ciclo de protestas. Este acontecimiento no fue un hecho aislado, sino parte de una escalada represiva que dejó decenas de víctimas en todo el país y evidenció una fractura profunda entre el Estado y las poblaciones del sur andino.
Uyariy no reconstruye estos hechos desde la distancia analítica, sino desde la proximidad del dolor. El documental se articula a partir de los testimonios de los familiares de las víctimas, convirtiendo el duelo en relato y la memoria en resistencia. No hay aquí una voz omnisciente que explique lo ocurrido: hay voces quebradas, cantos, silencios, miradas. Corcuera opta por una estética que podríamos llamar ética: deja espacio para que el otro hable. Y en ese gesto reside la radicalidad de la película.
Uno de los elementos más potentes del documental es el uso de la música. Lejos de ser un recurso ornamental, la música interpretada en quechua, aymara y castellano se convierte en una forma de memoria colectiva. Los sikuris, los huaynos, los cantos improvisados por las propias familias de las víctimas no sólo acompañan la narración, sino que la constituyen. La historia no se cuenta: se canta. Y al cantarse, se inscribe en una tradición ancestral de resistencia cultural. Como señala el propio proyecto, estas expresiones musicales forman parte de la realidad vivida y no de una construcción artificial.
Desde una perspectiva historiográfica, Uyariy es también una obra de enorme valor. No se limita a documentar un acontecimiento puntual, sino que lo inserta en una larga duración de violencia estructural. El documental sugiere, sin necesidad de subrayarlo, que lo ocurrido en Juliaca es la continuación de una historia de exclusión, racismo y marginalización de las comunidades indígenas del Perú. En este sentido, la película funciona como un contraarchivo: frente a la narrativa oficial, construye una memoria desde abajo.
No es casual, por tanto, que Uyariy haya sido objeto de controversia e incluso de denuncias de censura en su estreno. Su retirada de algunas salas comerciales evidencia hasta qué punto el cine puede resultar incómodo cuando interpela directamente al poder. Pero precisamente ahí reside su necesidad: en su capacidad para abrir grietas en el relato dominante.
La grandeza de Uyariy no está en ofrecer respuestas, sino en formular una pregunta fundamental que ya formuló Spivak: ¿Quién es escuchado en una sociedad? ¿Pueden hablar los subalternos? En un mundo saturado de imágenes y discursos, el verdadero problema no es la falta de información, sino la distribución desigual de la escucha. Este documental nos obliga a confrontar esa desigualdad, a reconocer que hay un “otro país” que ha sido sistemáticamente ignorado durante siglos.
Ver Uyariy no es una experiencia cómoda. Es una experiencia necesaria. Es enfrentarse a una herida abierta, pero también a una dignidad que resiste. Es comprender que el cine, cuando se toma en serio, puede ser un acto de justicia.
Por todo ello, Uyariy no es sólo un documental: es un acto político, un gesto de memoria y una invitación urgente a escuchar. Y en un tiempo donde el ruido lo ocupa todo, aprender a escuchar puede ser, quizá, el primer paso hacia una forma más justa de habitar el mundo.










