La alternativa | Sabe que estás sola (Armand Mastroianni)

Casarse como dilema moral para un ‹psycho-killer›. En un momento en el que las bodas se han convertido en un acto de pura gula ególatra y en la que quizá sean los invitados los que estén más por la labor de ver un baño de sangre a la hora de participar en ellas imaginando que en vez de a una fiesta acudirán a una yincana del amor, no está de más fijarse en un asesino capaz de desbaratar bodas en el momento exacto por puro despecho.

Sabemos que la saga de Scream comenzó una apuesta metarreferencial interminable y divertida hacia el cine de terror, pero lo de fijarse en lo que hace el vecino no era algo nuevo en el mundo del cine. Armand Mastroianni debutaba con Sabe que estás sola, una peli inspirada por clásicos del terror y elegida para inspirar a generaciones venideras, porque su inicio sirvió de fundamento para uno de los arranques más ‹creepy› y necesarios para alabar la pasión de los fans del horror como fue el de Scream 2 (1997). La muerte puede traspasar la pantalla en cualquier momento.

Aquí, el tipo raro que se queda estancado en algún lugar cercano a su víctima al estilo Michael Myers —a cara descubierta para disfrutar de sus perturbados ojos como los de los personajes de la Hammer— tiene una obsesión inagotable por las futuras esposas, esas jóvenes prometidas que ven el tramo final de la relación como un mar de dudas, no es cualquier comprometerse religiosamente con alguien de por vida. Nace así el afán por lidiar con preparativos, diversión y sangre en una película a la que no le falta el poli traumatizado y la chica bonita y simpática a la que le toca recibir todo el odio de un desconocido.

Lejos de ponerse en la tesitura típica de chicos descubriendo el sexo que van a morir por su post-adolescencia llena de subidones de temperatura, Sabe que no estás sola decide seguir una construcción silenciosa de las motivaciones del asesino mientras a su vez va abriendo como una flor su antítesis, la chica, que no necesariamente es una dulce víctima, es alguien en plena construcción de su futuro mientras duda disimuladamente entre dos hombres. Mientras esto alimenta al asesino, que lleva su propia batalla aniquilando a todo aquel que se acerca a la chica sin que ella salga de su inopia, y con el consabido “son imaginaciones tuyas, mujer” que tanta rabia da en cualquier momento, época o estilo cinematográfico y que aquí se repite como un mantra cuando la chica no puede ignorar que alguien la contempla a lo lejos, seguimos de cerca ese amor silencioso por el cine de género en una película que se fundamenta en las referencias.

Descubrimos de paso los inicios de Tom Hanks, que ya apuntaba maneras de cómico en este primer papel y que, aunque sea “secundarísimo”, tiene el honor de poner en valor con sus palabras ese sinsentido humano de pagar para contemplar un espectáculo donde claramente vamos a pasarlo mal, sino aterrorizarnos. Como ejemplo, Psicosis (1960), película que alegremente se cita para, a continuación, prácticamente encadenar dos escenas claramente hijas de Hitchcock.

La historia se va volviendo más sutil en la violencia y más gráfica en la tensión, y pese a tener prisa por asesinar a todo el mundo, hay espacio para tomar decisiones acertadas, dejar claro que la muchacha muy buen gusto para los hombres no tiene, alentar la súper adrenalina del asesino frente a la capacidad de desmoronarse de la víctima, subrayar la inoperancia policial en el cine de terror, soltar una retahíla de chistes sobre los pseudo-psicólogos más que bien traídos y organizar una especie de ‹plot twist› con el que cantar “never ending storyyyyy” del que tantos, tantísimos directores actuales —o productores, que el dinero es muy valioso— han aprovechado para dejarnos claro que, en el fondo, nos lo pasamos pipa sufriendo. ¿Qué más se le puede pedir a un ‹slasher›? Además, es imposible no llegar a la conclusión de que casarse está sobrevalorado.

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