En La Belle Année, el primer largometraje de Angelica Ruffier, la directora sueca explora recuerdos de su infancia y adolescencia en Francia, exponiendo un diario personal de aquella época que mezcla el formato documental con imágenes reales y la autoficción con escenas de su pasado recreadas junto a su hermano.
A lo largo de este recorrido autobiográfico, Ruffier se centra en dos aspectos. El primero de ellos, la muerte reciente de su padre y posteriormente de su abuelo, que lleva a los dos hermanos a rebuscar entre sus objetos y sirve a Angelica para evocar recuerdos, muchos de ellos amargos, de su vida familiar por entonces, en la que tanto ella como su hermano sufrieron el trauma de una figura paterna abusiva. El enfoque de la directora, si bien no oculta lo terrible de estas vivencias, muestra en último término que la relación que mantiene con el recuerdo de su padre es conflictiva y compleja, y que el duelo por su pérdida, acentuado por la de su abuelo poco tiempo después, no ha terminado de cerrar. En este sentido, impresiona la lucidez para hablar desde esta posición, y sorprende la audacia de la autora para abrirse de este modo en una película que, sea a través del archivo o de la dramatización, expone de una manera cruda sus propias vulnerabilidades y la incapacidad de pasar página.
El segundo aspecto es algo más lúdico, construyendo un hilo narrativo con expectativa, desarrollo y desenlace, en el que Ruffier decide volver a contactar con una profesora, la señora Bresson, de la que se enamoró perdidamente en su adolescencia, y que a lo largo de la obra continúa evocando con melancolía, representando sus emociones de entonces con ensoñaciones en las que todavía la idealiza, a ella y a lo que representa como objeto de deseo sexual y de admiración profunda. Si los recuerdos familiares mostraban una realidad muy dura, exponiendo conflictos emocionales que todavía persisten en ella, esta suerte de aventura, por el contrario, se entrega a una fantasía autocomplaciente, imaginando un reencuentro con la profesora que reviva ese ideal y, de paso, las sensaciones que le acompañaron durante mucho tiempo. Cuando finalmente se produce la reunión, esta fantasía se rompe definitivamente y deja paso a una realidad amable, que pone en valor las aspiraciones y los deseos de la Ruffier de entonces, pero que, al mismo tiempo, demuestra que no es la niña de entonces. El contraste con el ancla de sus recuerdos familiares es evidente, y la lección de vida y desarrollo personal que parece dejar en ella la visita a su antigua profesora pone punto final a la cinta con una nota positiva.
Teniendo en cuenta sus ejes narrativos, La belle année, como película autobiográfica, adopta una estructura bastante consciente de cara a una suerte de hilo cohesivo, en el que los dos elementos principales se contrastan y casi se responden el uno al otro, prescindiendo del desorden natural de los recuerdos en favor de una tesis personal de autodescubrimiento y aceptación. Entendiendo el enfoque y respetando la decisión de realizarlo así, lo cierto es que a mí, personalmente, me genera sensaciones encontradas; ya que, si bien los recuerdos familiares dan a entender la dimensión del trauma, la exploración en sí de la situación es escueta, pero no ocurre lo mismo con el recuerdo de la profesora, en el que Ruffier parece regodearse hasta el punto de que, con la perspectiva del paso del tiempo, se siente más y más obsesivo y, como espectador externo, invasivo hacia su propia intimidad y también, hasta cierto punto, hacia la persona real detrás de estas fantasías adolescentes.
Hay mucho que puedo alabar de esta cinta, desde su mismo concepto y el compromiso a desnudarse emocionalmente en esta primera película, hasta numerosos aspectos que hay en ella y que desde puntos de vista tanto meramente expositivos como emocionales resultan fascinantes. Sin embargo, una propuesta así no está exenta de riesgos, sobre todo en lo referente a la línea difusa entre expresión personal y la privacidad de emociones y perspectivas que tal vez no tenga nada de malo confesar, pero que inevitablemente hacen que uno sienta que está invadiendo un espacio que no le corresponde ni juzgar ni tal vez siquiera observar, por mucho que esto haya sido una decisión plenamente consciente de Ruffier y que, sin duda, sea algo muy importante para ella a un nivel personal porque representa un cierre a algo que de una manera o de otra ha formado parte de ella durante años. Este contraste tan marcado, entre lo que la directora está dispuesta a mostrarme y el punto al que yo me siento preparado para adentrarme, genera una disociación emocional leve en el contexto de la película, pero fundamental para que La belle année no me llegue tanto como esperaba.









