Aún es de noche en Caracas (Mariana Rondón, Marité Ugás)

Aún demasiado cerca de la noche, sobre Aún es de noche en Caracas

 

«¿Es posible que vivan tantos seres que andan, hablan, saludan
y después prosiguen sus rutas sin, tal vez, regresar, sin tal vez, recordar?»

Elizabeth Schön

«Podría decirse que, como en cualquier ciudad del mundo,
en Caracas la gente hasta puede aspirar a ser feliz.
De no ser por el miedo.»

Héctor Torres

«No sé si quedó claro en la pantalla todo lo pesimista que soy, y si dejé alguna rendija a la esperanza» fue lo que dijo Mariana Rondón en aquella entrevista que suscitó malentendidos mediáticos, conversando sobre su Pelo malo (2013).1 Honesta, directa, y reconociendo el malestar cultural reflejado en aquella película en la que abordaba la intolerancia, el hecho de que Mariana Rondón y su codirectora Marité Ugás hayan cosechado un recorrido tan prolífico, y especialmente consistente, en un sector artístico que ha cercado, si acaso, a mujeres directoras en el limbo de quedarse solo como ópera primistas, debe ser una de las hazañas más prodigiosas del cine latinoamericano. Si bien en Pelo malo puedo encontrar atisbos de incomodidad, abracé al final de aquel film un residuo de esperanza, una esperanza que no encontré bajo ninguna circunstancia posible en su última película, Aún es de noche en Caracas (2025).

La película cumple con las condiciones de un cuarto listo para una intervención quirúrgica: muy limpia, aséptica, funcional. La tríada imagen-sonido-arte elabora una comunicación fisiológica para instalar su relato; fotográficamente logra de forma impecable convertir la ciudad y su alboroto en la justa exageración, y el montaje logra traducir los puntos de atención en momentos acertados sin que ella se evapore; además, la interpretación de su protagonista, quien carga el peso de la historia en sus hombros, es convincente, atinada. Pocos huecos operativos hay en el film, y es esa misma funcionalidad aséptica la que subraya una falla amarga, la articulación de una dirección contundente hace más evidente el problema del guión y su base narrativa.

Otro trabajo dirigido por un coetáneo recientemente comparte ese síntoma. Bajo la premisa, argumentada por su director, de “explicarle al mundo lo que pasa en Venezuela”, la película Simón (Diego Vicentini, 2023) está incluida en ese ahora nutrido, por cantidades modestas y cualidades debatibles, repositorio moral del destierro que conforman las películas de la diáspora. Con sus condiciones de producción, estos dos ejemplos parecieran entenderse ofreciendo una cobertura ideológica que necesita remarcar el juicio, esforzándose en la explicación al mundo sobre un país (en el que no viven y por el que tienen derecho de adolecer), y no en la indagación sobre lo que sucede en el adentro de sus personajes, dejando por fuera sus complejidades, matices, y, sobre todo, un espacio, por pequeñísimo y mórbido que sea incluso sugerirlo, para la dignidad.

¿Será la dignidad un problema cinematográfico, o estamos pidiendo a una película lo que veintiséis años de régimen autoritario no pudieron darnos? ¿estaremos pidiendo demasiado?

Una cuestión de dignidad

Frente a este desafío narrativo, habría que empezar por la economía de sustracción en el relato que distribuye desigualmente la subjetividad de los personajes. Adelaida pierde a su madre, su vivienda, su identidad, y en general todos los elementos de la historia están dispuestos para hacerla sentir y padecer, adhiriéndonos como dolientes a su situación, otorgándole la compasión que merece.

Adelaida también representa un sujeto específico, el de clase media en ascenso aspiracional, abruptamente paralizada por el mismo contexto que afecta a sus personajes coexistentes, Santiago y la Mariscala, quienes también han perdido y tendrán mucho por seguir perdiendo en esa ciudad. Ese marco meteorológico, con la violencia externa de las calles y la que atraviesa la protagonista en el adentro que ocupa, todo ello sin detenerse demasiado a indagar en las capas del conflicto, concede a la protagonista una función narrativa que existe para acaparar el beneficio de ser la única receptora de nuestras condolencias. Santiago, el expreso desnutrido, es el único que tal vez tiene una grieta de ambigüedad narrativa mientras nos imaginamos qué tan responsable o libre de culpa está; la Mariscala ni siquiera tiene eso, tiene cara —y color—, sin una historia que anteceda su rol operativo.

Es, al final, una lógica de la misma política binaria, que divide el mundo en patriotas y oligarcas, en los de afuera y los de adentro.

Una película que se posiciona críticamente frente al populismo autoritario pero replica su misma lógica de distribución valiéndose de la desigualdad narrativa no es una película crítica, es un espejo que devuelve la imagen desde otro ángulo, un mismo aparato represivo e intolerante, que no tiene nada que aportar sobre la dignidad de las colectividades, usándolas solo como una cuestión lúdica para justificar el clímax, la apariencia.

Sobre cómo se ven los negros en la noche

Pudiéramos llamarle una ligereza de casting, pero no es así. Lo más venezolano que puede tener Aún es de noche en Caracas es esa relación que ha perdurado en la historia de nuestra cinematografía con la negritud; por sintetizar, el cine venezolano tiene una relación bastante cómoda con la afrodescendencia estetizada como alegoría de identidad, y a su vez, bastante enrarecida para proponer a mujeres negras como sujetos con criterio y autoridad narrativa. El detalle más elocuente no es usar a una jefa de CLAP2 como el único personaje negro de la historia, sino la doble función que cumplen los negros en la breve iconografía planteada de la película.

En primer lugar, la madre de Adelaida, en los recuerdos de infancia, era una maestra —negra, o “popular”—, que llevaba a su hija a una celebración, sugerentemente un San Juan,3 con tambores y cuerpos bailando, a puro calor y color, describiendo la felicidad perdida de “aquello que fuimos”, y en un síntoma claro de la más efervescente cursilería a la que siempre se somete la afrodescendencia narrada en el cine. Aunque no es claro ni quiénes son esas personas, ni qué relación tienen con su madre, se usan como textura melancólica pre-colapso, cuando los negros éramos exotismo inocente y no la amenaza política del hoy que atraviesa Adelaida. En el presente narrativo, sucede que la única cara negra con función dramática es una Mariscala sin nombre ni apellido, y es así como tenemos una añadidura de lo negro en su versión folclórica, dichosa de un pasado fiestero, y lo negro en su versión más vigente, como agentes marginales del apocalipsis actual, todo ello sin mediación posible entre ambos tiempos, sin intermedios o subjetividad.

Así como el papel aguanta demasiado y ninguna palabra es lo suficientemente capaz de mantenerse en piedra, me rehúso a considerar una entrevista puntual, de algún momento particular de la historia, como punto de honor para descifrar cómo piensa un autor en la actualidad; al final, poder desdecirse es otra manifestación de dignidad. Sin embargo, contradeciré siempre que sea posible la idea expresada por la directora Ugás, casualmente en la misma entrevista, expresando que «me fascina de los venezolanos que nunca hubo diferencias de clase, color, género…». Esa fantasía de las “no diferencias” invisibiliza la prominente documentación por investigadores y comunidades sobre las consecuencias del clasismo y endorracismo en Venezuela, que pasa por una tipificación de “chévere” y nuestras personalidades buenistas, cuando está íntimamente arraigado a una educación cultural que quiso, a través de la idea del mestizaje, enmascarar una discriminación sistemática: «el racismo en Venezuela es un problema no admitido ni asumido, es casi un tema tabú. Se trataría más de un racismo simbólico, cultural, latente, que se presenta en ocasiones como algo simpático o humorístico, estético, junto a un cúmulo de prejuicios, así como sutiles e indirectas formas de opresión, discriminación, estigmatización y exclusión (…) mientras más arriba menor melanina, mientras más abajo mayor melanina (…) no puede afirmarse que las clases más excluidas están mejor que antes, ni que el chavismo haya significado un empoderamiento de estos sectores. Todo lo contrario, hoy en día hay mayor pobreza, desigualdad, exclusión y represión». 4

Quizá lo más honesto que puede hacer Aún es de noche en Caracas es evidenciar esa mirada sosa y clasista sobre la melanina; a propósito de esa honestidad, en una reseña de Zafari (Mariana Rondón, 2024), hay una anécdota que viene el caso: «durante una tarde animosa y animada entre conocidos poco conocidos (…) una de las personas implicadas, de nacionalidad venezolana ella, comentó que no era racista, sino clasista. En un alarde de sinceridad, aseguró haber descubierto esa faceta al hablar con otros venezolanos residentes en España. Lo sorprendente, más allá de la afirmación inicial, es que no había en sus palabras ningún atisbo de culpa o sensación de querer evitarlo, lo del clasismo. Al contrario: fue como una liberación, como quitarse de encima una necesidad de destacar ser una cosa que para ella excluía otra.»5

Ocho millones de venezolanos llevan el dolor del exilio como el de Adelaida Falcón; repartidos en cualquier rincón del mundo, tratando de recomponerse, también llevan consigo lo que siglos de opresión nos han dejado; los prejuicios, las negaciones, el postureo jerárquico, la defensa automática por la ventaja y el privilegio blanco.

El desplazamiento no trae redención moral, y muchos compatriotas han descubierto en sus nuevas fronteras lo que significa ser invisible, la condena social; ojalá dentro de esa reparación ciudadana, ese replanteamiento de sus perspectivas sociales encontradas en otras culturas, así como esta chica descubrió que era clasista, sin darse cuenta lo terrible de reconocerlo en una conversación casual, como si de un aperitivo para cóctel se tratase, otros puedan descubrirse con honestidad en sus quehaceres cotidianos, con o sin tranquilidad de conciencia, haciendo libros o películas, preguntándose con un poco más de profundidad cómo se ven los negros en la noche.

Atrás queda la tierra envuelta en sus vapores

Supongo que país es un territorio que empieza a existir muy diferente en el momento de la partida. La doble muerte —y por tanto, el doble renacimiento, o la segunda encarnación— del que debe emigrar sin haberlo incorporado con deseo a su agenda personal de la vida; la desertificación como un corte malogrado e inesperado; el desarraigo y otras formas de hacer país. Las secuencias finales corresponden a una Adelaida viendo el mar, sorteando hasta último minuto la tensión de casi no lograr su cometido, posiblemente siendo partícipe de otro hecho punitivo, demostrando su tenacidad, su fuerza mayor. Todo el país se hace por fuerza mayor. Compadezco a Adelaida y también me pregunto quién compadece a los de abajo; ¿dónde quedan los que se quedan? ¿se quedan siendo malos con la maldad imperante? ¿se quedan atrás en sus vapores? ¿en la noche oscura?

Me confieso como una espectadora no adecuada para esta película, no creo que pueda ejercer como espectador y doliente en forma saludable. Tal vez no pueda acceder a lo que que espera el film con total objetividad, porque mi mirada es precisamente de las que quedaron abajo, en este derrumbe permanente, poniendo bloques y barro como pequeños gestos de dignidad, de conmoción, entregando a quemarropa años de juventud y supervivencia y, justo ahora, esperando justicia, perdón, y un poco de dignidad mientras navegamos la autoexplotación.

Sin poder sacar el pasaporte español, y sin querer robar la identidad a nadie, sé que esa es la realidad para muchos que, a diferencia de Adelaida, no corrieron con esa suerte. Yo convivo con la Mariscala, y tendré que hacer las paces con ella.

Tal vez estoy todavía demasiado cerca de esta larguísima noche.

Y el miedo sigue.

Escrito por Jaimar Marcano

1 Chávez nos sentenció a la guerra, El País, 2013, (España).
https://elpais.com/cultura/2013/09/28/actualidad/1380390514_383994.html

2 Comités Locales de Abastecimiento y Producción, creados durante los años de escasez en el país, ampliamente denunciados por organismos locales e internacionales como instrumentos de control social y lealtad partidista; mayoritariamente, dirigidos por mujeres.

3 Expresión cultural celebrada el 24 de junio, en honor a San Juan Bautista, de origen sincrético entre el catolicismo colonial y las tradiciones traídas por esclavos africanos. Procesiones en comunidades históricamente negras del país.

4 Keymer Ávila, Racismo y violencia de Estado en Venezuela, entrevista realizada por Elvira Blanco Santini y Alejandro Quryat, Nueva Sociedad, nº 289, septiembre-octubre de 2020. Disponible en: nuso.org/articulo/racismo-y-violencia-de-estado-en-venezuela

5 Alberto Mulas, Zafari (Mariana Rondón), Cine Maldito, 17 de noviembre de 2025. Disponible en:  cinemaldito.com/zafari-mariana-rondon

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