Barrio triste (Stillz)

Desde las tinieblas de la noche; en el camino que sigue irremediablemente hacia ninguna parte; a través del dolor más hondo, Barrio triste (2025), debut en el largometraje del videógrafo Stillz, es un estimulante y aterrador viaje a los suburbios más oscuros de la psique humana. Sin una dirección clara o una línea narrativa precisa, la propuesta se revela como un ‹found footage› mutante atravesado por la desesperanza, en una cosmovisión de la miseria tan triste que en su recorrido emocional se sumerge en un pozo de depresión y crueldad donde, en última instancia, todo se reduce a una serie de personajes condenados que vagan observando con desdén la realidad que les rodea.

Amparado por el sello de EDGLRD —productora creativa de los últimos trabajos de Harmony Korine— y con la música de Arca, esta incursión a las cavernas del digital dialoga entre la poética y la estética de lo terrible. De antemano, cabe señalar el estrecho vínculo formal entre esta y las recientes Aggro Dr1ft (2023) y Baby Invasion (2024) —sirva de advertencia para escépticos—, donde la narración está sujeta a la incertidumbre de una filmación inagotable que parece existir sin un lugar claro al que ir. En este tipo de miradas al presente hay una clara relación con una nueva subversión de la imagen postmoderna, vinculada a los dispositivos móviles y redes sociales, las retransmisiones por ‹streaming› y la anti-estética generada por IA. En la alienación de un mundo cada vez más vacío y superficial, la conciencia por retratarlo haciendo uso de sus mismas fijaciones y superficies —valga la redundancia— augura la posibilidad de una reformulación basada en una visión autoconsciente de algo que parece escapar al control de todos. Claramente, en esta exposición hay algo intuitivo, gratuito y aleatorio, pero es precisamente en este intento de resignificación de la verdad donde nace una nueva idea de la misma, cimentada sobre el abandono y la falta de perspectiva de una generación carente de esta.

En estos términos y directrices, cercanas al video-ensayo o la instalación, cabe destacar algunas pinceladas de su planteamiento para entender cómo quiere existir. La película está situada en las comunas de Medellín, en un barrio conflictivo marcado por la pobreza y la delincuencia. Todo comienza cuando un reportero habla a cámara acerca de una serie de luces misteriosas vistas sobre la ciudad, una información que queda inconclusa porque aparece el grupo de jóvenes protagonistas para robar el equipo de grabación. A partir de entonces, el punto de vista está sujeto mayormente a dicha filmación, sirviéndose de cortes e insertos que sustituyen la naturaleza cruda del formato. Lo más llamativo de estas modificaciones son las entrevistas que se van intercalando, dispuestas en primerísimo primer plano sobre sus rostros, donde los jóvenes son interrogados sobre su relación con los sueños, la felicidad, la soledad, el miedo, la vida o la muerte. A pesar de verbalizar unos sentimientos ya de por sí plausibles al atender a sus circunstancias, el halo melancólico de expresar dichos anhelos y frustraciones evocan una especie de rimas con las imágenes mostradas, contraponiendo lo bello con lo terrible en una observación apaisada de un tiempo que parece desvanecerse con ellos.

En esa delgada línea que separa la belleza y el horror, Barrio triste serpentea lo amoral en una digresión contra todo lo pronosticable, donde se sirve de cualquier golpe de efecto y libertad con tal de llegar a donde quiere. Desde esta radicalidad absoluta, el film completa una afilada observación emocional sobre el paisaje de unos tipos dispuestos hacia el abismo de la existencia; un retrato generacional de personajes con tendencias suicidas que huyen sin explicación del por qué de su sufrimiento. Es a través de esa huída que la cámara queda fascinada por el mundo y las vidas que les rodean, donde Stillz encuentra un apoyo para completar una historia que se ve y se siente desde la amplitud de su recorrido, dando lugar a algunas de las estampas más sobrecogedoras de los últimos años.

Sin revelar cómo llega hasta la misma, quiero destacar una imagen por encima de las demás. En un momento dado, después de atestiguar un incidente violento, los protagonistas se encuentran a uno de los chavales que estaban allí ahora dispuesto al borde de un edificio. Le preguntan que por qué no se tira si quiere acabar con su vida, y él, pese a todo, solo puede responder que nada le sale bien. Es entonces que le piden al chico que los acompañe, que ellos le enseñarán la luz. Siguiendo su camino, llegan hasta un solar apartado donde están quemando un coche. Lentamente está anocheciendo, y alrededor del vehículo, los tipos —que ahora solo son siluetas oscuras—, bailan, se pelean y arrojan piedras al mismo. En esa visión colectiva, el grupo acoge, a su manera, a chico que han encontrado, y en la mirada sobre el crepitar perpetuo de las llamas, la película revela su corazón y las hendiduras de una herida abierta; de un sentir inmenso para el que nunca va haber ninguna solución.

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