Mr. Nobody contra Putin (David Borenstein, Pavel Ilyich Talankin)

De enemigos del pueblo y del exilio interior. De observadores y de agitadores. 

Pavel es un trabajador de un colegio cualquiera de provincias de Rusia cuyo trabajo consiste en organizar los eventos de la escuela y filmarlos por lo que, cuando estalla la operación especial y la invasión a Ucrania por parte de las tropas rusas, se encuentra de pronto en una posición privilegiada para grabar y mostrar la vida de los alumnos y profesores, sobre todo al sumar un nuevo rol profesional; documentar toda la efervescencia patriótica que se impone en las aulas para mandarlo a sus superiores y que así estos puedan evaluar y monitorizar el apoyo sin matices del lugar.

Gracias a esta condición por la que no levanta sospechas, Pavel va mostrando el paulatino deterioro de la situación y cómo la propaganda a la hora del bocadillo, los discursos en clase de matemáticas sobre los héroes soviéticos y los desfiles en el pasillo de la segunda planta antes de plástica lo impregnan todo y militarizan la escuela.

Esta puede ser la gran contribución de la obra, filmada por Pavel y montada y dirigida desde el extranjero por Borenstein; su ojo crítico sobre cómo la sociedad rusa entera va desfilando poco a poco pero con paso firme hacia el ardor guerrero continuo, el patrioterismo y el ultranacionalismo, tomando prestada gran parte de la parafernalia de la URSS. No es necesaria la voz en ‹off› ni los cartelitos explicativos que acompañan en buena parte de la obra para captar esto y hacernos partícipes tanto del horror como de la sorpresa ante cada nueva ocurrencia que llega al colegio, desde campeonatos olímpicos de tirar granadas, al momento “nostalgia soviética” en modo ‹cosplay› de los pioneros.

Realmente, uno tiene la impresión de que situar a Pavel en el foco de la trama no resulta tan estimulante como todo lo que sucede en ese colegio, desde los grandes eventos a los silencios y medias palabras que se dirigen unos a otros. Y es que nuestro protagonista es la figura central de la obra. Lo interesante es leer en entrevistas que esto fue decidido desde el exterior, ya que Pavel, en su rol de ser la única persona con una cámara que no levantaba sospechas, se dedicó a grabar y grabar miles de horas durante dos años y medio mientras su colegio del alma se convertía en una base militar. Quien tomó la decisión de meter a Pavel como protagonista y no solo como testigo mudo ante el absurdo (que es donde gana enteros el filme) es David Borenstein, que le incita en determinado momento a que comience a grabarse.

Dicho esto, el documental resulta particularmente interesante no tanto por lo que se ve, sino precisamente por lo contrario, por reflexionar sobre cómo se han tomado determinadas decisiones fuera de cámara. «Tenemos 20 millones de horas, vamos a mostrar a esta profesora en concreto quejarse de la propaganda, o a la directora decir que si se opone pierde su trabajo». Podría ser otro ejemplo. Aunque para mí lo relevante es la lucha que hay entre el Pavel observador de la cotidianidad de un centro educativo en su camino a la militarización más delirante, y el Pavel que actúa y hace que pasen cosas en cámara, ignoro si por petición de Borenstein para crear, aparte de una estructura narrativa, eventos cinematográficos o mostrar determinados detalles que consideran importantes («Hasta la directora dice que si no hace lo de la propaganda pierde su trabajo, y esto debe estar en el documental»).

Y esto no solo me apasiona, me obsesiona. Por ejemplo, ¿se pone en un aprieto a la directora en su país por decir lo que dice en ese fragmento que ejemplifica lo que quiero explicar? ¿Se buscaba acaso que fuera así?

Y llegamos al meollo de la cuestión en la intersección de las cosas que se dicen, de lo que se muestra y de lo que se insinúa en el documental.

Pavel dice a las claras que fue un alumno más bien solitario y sin amigos. No es ni siquiera necesaria la voz en ‹off› para entender esto; su interacción con el mundo de los adultos, de los profesores y de los padres, es más bien “estrictamente profesional” y poco más. Vive solo en un apartamento con sus mascotas. Su mundo, con quienes se siente cómodo, con quienes en parte puede ser él mismo, son los chavales de la escuela, en especial los de cursos más avanzados que pronto la dejarán. Nuestro protagonista ha creado lo más parecido a un lugar seguro, en sus palabras, donde vemos a la chavalería tocar la guitarra, rapear, disfrazarse y cosas así. El sitio que a él le hubiera gustado tener en su juventud. Porque, no recuerdo si lo decía él mismo, él era el friki, por mucho que ahora sea el profe guay y carismático.

En la película pasará de ser ese profesor carismático al que el alumnado se acerca sin miedo a ser un paria, una persona “problemática”. Y vuelve a ser otra lástima que la voz en ‹off› nos lo remarque.

Aunque lo interesante es este vínculo especial que tiene con sus alumnos, sobre todo con una chica cuyo hermano ha sido reclutado para la guerra. Porque, aparte de mostrarnos a la juventud más inmediatamente afectada por el reclutamiento y de acercarnos a esos alumnos que nunca sabemos si están simplemente aburridos de escuchar el sermón revisionista sociopolítico de turno de la clase de sociales o si creen fervientemente lo que oyen, está la —y entiéndase esta elección de palabras no como un ataque pero la…— ¿traición? por parte de Pavel para acercarse a ellos e ir preguntando sobre la guerra para mostrar sus efectos reales. No lo censuro ni mucho menos, pero me parece interesante y veo ahí horas y conversaciones entre Pavel el observador, el saboteador, el impulsivo, y Borenstein en el extranjero, frenando o impulsando al otro según sea el caso. Lo que quiero decir, ¿traiciona Pavel su confianza? Porque lo cierto es que Pavel debió de tener confidentes, que deben ser ocultados y eliminados del documental.

Al fin y al cabo la voz en ‹off› nos dice que tenía tanto trabajo y tanta parafernalia militar que grabar cada día que acabaron poniéndole a un ayudante, y en muchas tomas lo que se nos muestra es a Pavel grabando, por lo que la pregunta obligatoria sería discernir quién era esa otra persona y si estaba al tanto de la situación, porque nunca se nos muestra quién era.

Esa es otra, la labor de qué sí y qué no mostrar para no dar determinadas pistas sobre ciertas personas y evitar problemas. Imagino que hay una labor minuciosa sobre este aspecto, salvo en el profe de historia pro guerra que Pavel captura como un pelele (le hace una entrevista donde el sujeto suelta unas cuantas perlas, aunque me interesa más cómo llegó a ese punto. ¿Se hizo pasar por su amigo acaso?) e intenta mostrarle como el antagonista de la película, de manera innecesaria en mi opinión.

Decía antes que me interesaba mucho más el Pavel ‹slice of life› del absurdo del horror más que el Pavel que se pone en el centro de la película. Me deshago totalmente de esas viles palabras escritas unas cuantas líneas atrás cuando aún era inocente y no entendía el mundo en el que vivimos. Me atrae mucho el Pavel interactuando con sus alumnos. El Pavel que los cuida y se preocupa por ellos a la vez que el Pavel traidor, espía del enemigo, que captura sus momentos más íntimos (una fiesta de graduación, la despedida de uno de la pandilla que se va a la guerra, etc.) para luego atravesar las líneas enemigas y enseñarle al resto del mundo lo que hay ahí, en ese lugar recóndito de Rusia, su querida Karabash natal. Aunque seguro que algún chaval era cómplice.

Hay algo extraño en ver a un hombre de 34 años juntarse con sus alumnos casi como si fuera uno más del grupo. No hay sensación de peligro por su parte, más bien de paternidad. De cuidarlos, tal vez como no se le cuidó a él en su momento. Por… friki, es la palabra que se emplea en el documental, aunque más bien podría ser otra más definitoria. En el documental hay una chica con la que se siente más unido. No hay, en absoluto, nada amoroso implícito, y la figura de Pavel está lejos de ser amenazante. Da más la sensación de estar ante un ser humano que lo ha pasado mal, que se reconoce en otro ser humano y que quiere protegerla de lo que sufrió él. Puede que esté equivocado en este punto, pero es la empatía con esa alumna lo que parece que más le duele de su marcha, aparte de su madre (se mencionan a hermanos pero no aparecen).

Hay muchas cosas del documental que me obsesionan, algunas son ideas y conceptos de sus responsables, pero sobre todo es lo que no se nos muestra en pantalla lo que me vuela la cabeza.

Por ejemplo, viendo el documental también soy consciente de cómo determinada parafernalia patriótica puede resonar muy cercana en el mundo yanqui y en otros países más dados a izar banderitas antes de clase o cantar el himno y todas esas chorradas. Y también imagino con una sonrisa en la cara a mis queridos amigos antiimperialistas de días alternos insultando la obra y acusándola de ser propaganda.

Pero hay que ir terminando, que esto empieza a ser un ladrillo del estilo de las charlitas bélicas que recibe el alumnado de la obra.

Mr. Nobody contra Putin va de un traidor, de un enemigo del pueblo. De un agente extranjero. De un tipo corriente de pronto metido en una peli de zombis donde los infectados están por todas partes. De un lugar donde se fabrican soldados y ataúdes en lo que una vez fue una escuela.

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