Sophie Deraspe… a examen

Si hay una tragedia griega que se adapta a cualquier tema de actualidad sin desgastar su ímpetu por el paso del tiempo, esa es la de Antígona. Sófocles convirtió la tragedia en obra teatral y a su vez, en pleno siglo XXI, la directora canadiense Sophie Deraspe supo llevar a su terreno a tal heroína para contar una historia sólida y vivaz sobre el individuo, la familia y la justicia.

La tragedia, entonces, no equivale a un simple valle de lágrimas. Sin perder los nombres y roles de la idea original, Deraspe vaga con libertad por el día a día de Antigone y su familia. Una joven adolescente en su último año de instituto que vive junto a su abuela y sus hermanos Étéocle, Polynice e Ismène. Hay dos puntos a los que llegar a Antigone, conociendo la historia y los roles de antemano y querer disfrutar de las similitudes y separaciones que acontecen o bien sabiendo poco más que algo terrible sucederá a una familia sin necesidad de ponernos en antecedentes. Separados de lo divino nos queda una familia de inmigrantes llegados de niños desde Argelia hasta Canadá donde conviven en comunidad con una abuela que une el núcleo y personalidades radicalmente distintas que se adoran en el momento de compartir un instante juntos. Dentro de esta idea comprometida con lo racial y lo social, Deraspe, dentro de la delicadeza de centrarse en una joven adolescente inteligente y de ideas muy claras, arranca el drama tras acomodarnos en una comunidad donde aparentemente todo es tranquilo y la prosperidad está tan cerca que casi se puede rozar con los dedos en un luminoso día.

Apartados del filtro hollywoodiense, pero sí acomodados a la forma de contar las historias a través de redes sociales y montajes videocliperos siempre tentadores a la hora de reinterpretar a los griegos, Antigone hace saltar las alarmas cuando la familia comienza a desmoronarse por una cuestión de azar y luchas sociales, y la más joven del clan decide tomar las riendas de lo que ella entiende por justicia enfrentándose a toda norma establecida. No hay juegos de palabras, frases elocuentes ni guiños a la antigüedad al elegir una base que tan bien combina con las injusticias sociales a cualquier hora del día. Antigone pasa por diferentes fases que se llevan por delante —de una forma menos caótica y sangrienta de lo habitual en estos casos— a todo aquel que duda de su pureza y remueve también a aquellos que confían en ella. Hay espacio para investigaciones policiales, juicios, revueltas estudiantiles e iconología basada en la imagen y las palabras de la protagonista para reforzar una idea que divide a Antigone: la identidad tiene un precio muy alto.

Pese a la renovación de los parámetros del clásico, Sophie Deraspe no se deja a ningún personaje ni ningún episodio importante de la historia, solo que el gran final necesitaba de una ideología que defender más allá de un Hamlet. En Antigone el peso de la familia, las raíces y el amor presentan una lucha encarnizada contra la sociedad preestablecida y pese a definir con claridad la postura de todos los personajes que rodean a la joven, imperturbables, sí demuestra que la duda sea la verdadera agonía de Antigone, en una última parte que nos lleva a la tristeza, a la emoción, pero también a una salida tan libre como ha sido toda la interpretación de la historia, permitiendo que sea el espectador quien tome su propia decisión en tan afilada crítica social.

Es Antigone una pequeña aproximación a los límites de la libertad personal, una canción sobre corazones rotos y protestas silenciadas cantada con dulzura y también con rabia, donde su protagonista, Nahéma Ricci brilla con soltura y decisión. A veces hay que atreverse a enfrentarse a los clásicos con la mente abierta para sacar sorprendentes delicias como la de Sophie Deraspe.

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