Panke (Alejo Franzetti)

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Un río pequeño que discurre por zonas urbanas de Berlín, apenas un afluente parecido al de cualquier ciudad, un camino líquido que sobrevive entre muros y canales que lo estrechan y reconducen. Eso es Panke, la contemplación en la corriente del agua que da título al segundo largometraje del realizador argentino Alejo Franzetti. Ya en La destrucción del orden vigente, su primer film del año 2012, se puede intuir por su argumento y ver en sus antitrailers, que una muerte desencadena las motivaciones de sus personajes. En ambos casos funciona la observación antes que la acción. Los elementos que se dejan fuera de campo, en vez de la evidencia de mostrarlo todo en pantalla.

Panke comienza con la llegada de Amadou, un hombre de mediana edad que ha viajado desde Burkina Faso, para reconocer el cadáver de su hermano, muerto en circunstancias extrañas durante unos disturbios en una prisión. La intriga no importa en esta crónica de una despedida que huye de lo tremebundo, tanto como de la denuncia y del efectismo. Después de ver algunos planos del protagonista, acostado en un paraje cercano a las vías del tren, como si fuera un hombre sin hogar. Un personaje que deambula desde los arrabales hasta la casa vacía en la que residió su hermano, un apartamento situado en un zona de bloques, quizás en lo márgenes de la metrópoli.

El cineasta solo necesita un par de conversaciones telefónicas de Amadou con su madre, allá en África, diálogos mostrados en tiempo real, que completamos como oyentes al escuchar las respuestas y explicaciones del hijo desplazado a Europa. Frases que proporcionan toda la información necesaria sobre la víctima, los familiares que sufren el duelo, para derribar todos los prejuicios existentes sobre la pobreza, la emigración, la falta de empatía que motivan los extranjeros venidos de otros países, desde otro continente.

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Amadou lucha por mantener el recuerdo de su hermano con la lectura de la correspondencia mantenida entre los dos, que se confunde con los propios recuerdos de la niñez, cuando jugaban en el río. Una memoria que ayuda a dignificar la pérdida del ser querido. Una agonía en la que interfiere la burocracia alemana, esas fuerzas de seguridad que apremian al protagonista para que los autorice a realizar la autopsia. Algo imposible por el elevado coste que supondría la operación, aunque así podría esclarecer las causas del fallecimiento. Sin embargo Amadou se hace fuerte en su determinación de no reconocer el cadáver, de alargar la despedida mientras recorre el río Panke como un tributo al desaparecido. Por el sendero conoce a un monje franciscano, dispuesto a reconfortarle en el sufrimiento, pero esa ayuda actúa como un boomerang para el religioso, quien recibe una lección de integridad y fuerza con las contestaciones y parlamentos de Amadou.

Todo sucede con tranquilidad, evocación, en una dimensión reducida que nivela el fondo y la forma. No es ajeno un presupuesto de algo más de doscientos euros, suficientes para que Alejo Franzetti planifique con imágenes fijas generales, medias y cercanas en torno a los dos personajes, sumada la presencia de un río que toma personalidad en los insertos e incluso durante un travelling sobre el agua que se funde con lo intangible, sugiriendo la constancia de un centinela permanente que comprende los padecimientos de sus visitantes. Con ritmo pausado pero no lento, el cineasta toma decisiones sabias como las de recurrir al plano y contraplano por corte, sin que sea necesario relacionar a los dos actores por sus miradas. Ejemplificado con ese plano del burkinés, apoyado de espaldas sobre un árbol mientras oye al clérigo con la misma atención que al rumor del río. De igual modo que al concluir este mediometraje, las vivencias contadas por Amadou se diluyen arrastradas por la espuma que rompe el curso del agua con los saltos del caudal, como la tristeza que se disuelve con los sueños y la esperanza.

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