El monstruo de los tiempos remotos (Eugène Lourié)

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A día de hoy no se va a descubrir nada nuevo si nos da por afirmar, de forma incluso categórica, que el cine de ciencia-ficción norteamericano de la década de los 50 era eminentemente un cine de carácter popular, entendido mayoritariamente como un conglomerado de películas con intenciones simple y llanamente escapistas. Moleste o no, esa hermosa noción del cine subrayó un ya marcado affaire entre la cultura y el entretenimiento estadounidense.

La cinta del limitado cineasta Eugène Lourié se vertebra bajo una premisa cinematográfica que se enraizó en aquél cine sci-fi de los años 50: la del bichito gigante de marras que, no contento con volver a la vida, decide destruir poblaciones enteras y aterrorizar a medio planeta. Con una excepción: probablemente El monstruo de los tiempos remotos se encontraba entre una de las pioneras del subgénero, reviviendo fósiles de dinosaurios extinguidos centenares de millones de años atrás.

Aunque las limitaciones de la película son evidentes, sus aciertos se descubren también con suma facilidad. Para empezar, supone el debut casi en solitario de aquel genio entrañable del stop-motion de nombre Ray Harryhausen, que años más tarde dejaría boquiabiertas a generaciones de púberes con películas como Jason y los argonautas (Chaffey, 1963) o Furia de titanes (Davis, 1981). En El monstruo de los tiempos remotos, la criatura a batir toma forma de dinosaurio prehistórico, que es despertado de su dilatado sueño tras una serie de experimentos nucleares llevados a cabo en el Polo Norte (¡). La criatura se muestra verosímil, se la ve dotada de cierta agilidad y fluidez y, especialmente cuando la figura se encuentra lejana es cuando más rinden los efectos. En la interesante escena final de la montaña rusa sí que pierde algo de frescura la criatura, al enfocarse a más proximidad, con lo que se destapan pequeñas vergüenzas, nada reprochable en el conjunto de la película.

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Otro de los alicientes de la película de Lourié es el constante crescendo del interés por el desarrollo de la trama, que se edifica a partir de una atractiva escena inicial en el Polo Norte y se empieza a intensificar con los primeros atisbos de la criatura que se dirige bajo agua hacia la ciudad de Nueva York, para acabar en un clímax la mar de majo en la ya mencionada montaña rusa. Así pues, y aunque pueda parecer un elemento positivo más bien endeble, lo cierto es que este “suspense” temporal es utilizado con eficacia para conseguir una progresiva percepción de amenaza, que se intensifica cuando descubrimos que la malhumorada criaturita expulsa gases tóxicos que ponen en cuarentena a toda la ciudad. No menos reseñable es la presencia anecdótica de Lee Van Cleef, en la escena que cierra la película, como habilidoso francotirador.

No obstante, y aunque como podemos comprobar, esta cinta de serie B tiene ciertos atractivos, sus limitaciones tanto económicas, como actorales, como en el guión de la película (que todo valga decirlo, está basado en un relato del gran Ray Bradbury) tienen un peso considerablemente mayor en la valoración final de la obra. Es evidente que Lourié es un mañoso artesano cuyas intenciones estilísticas o intelectuales no van más allá del entretenimiento popular, entretenimiento que, dicho sea de paso, se nota anclado bajo las exigencias de la mayoría de productos de serie B de la época, es decir, que aunque sobrantes de sobriedad carecen con rotundidad de genio y personalidad, lo que queda patente en un lenguaje cinematográfico muy simple y funcional, que no aporta nada nuevo que convierta a la película en “algo más”

Así pues, El monstruo de los tiempos remotos se presenta como un curioso y ameno (a medias) producto, que bien podrá saciar las necesidades de aquellos espectadores ávidos de ver monstruitos correteando y destruyendo ciudades (sumándole su cualidad de ser posiblemente pionero y influencia directa para el Godzilla japonés), pero que se percibirá por la gran mayoría del público como una cinta bienintencionada, disfrutable en momentos muy puntuales y altamente limitada en casi todos los aspectos analizables de una película.

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