El rey de Canfranc (José Antonio Blanco, Manuel Priede)

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El mundo tiene una herida cuyas cicatrices aún perduran con la Segunda Guerra Mundial. Parece increíble que, a día de hoy, sigan saliendo historias para intentar comprender como fue posible que todo se sacudiese como lo hizo.

En España vemos este tipo de historias con curiosidad y fascinación, pero con cierta distancia porque no nos afectaron de una manera directa. Sin embargo, de vez en cuando se desentierra alguna participación patria en el desarrollo de la contienda. Y eso es terreno de la investigación y los documentales. Primero fue Francisco Boix, un fotógrafo en el infierno la cinta en la que Llorenç  Soler nos acercaba a este español comunista, figura clave en los juicios de Nuremberg. Ahora es El Rey de Canfranc el que nos cuenta una nueva participación patria clave en esta guerra.

Aunque realmente, siendo justos, esta participación es como la coproducción. Mitad española, mitad francesa. Porque en el fondo la historia que nos cuentan es la de una simbiosis, la de Albert le Lay con la estación oscense de Canfranc. Al final de la película no sabremos si hemos oído la historia del aduanero francés o de la estación española. Realmente es la de ambas. Pero no adelantemos acontecimientos.

La frase que abre la película es elocuente por sí misma “Es difícil soñar un paisaje” dice una voz en off mientras la cámara enfoca un viaje a través de las vías de un tren. El destino es un monumental edificio con un aire derruido. La gigantesca estación de Canfranc, construida en un angosto valle al pie de los Pirineos (Un entorno que la dirección fotográfica se encarga de aprovechar de forma maravillosa) fue, durante un tiempo, un punto clave fronterizo entre España y Francia. La parada situada en Huesca servía para que viajeros y mercancías entrasen y saliesen de territorio galo. Mediante testimonios e imágenes de archivo, todo muy al estilo NoDo se nos cuenta la historia de la estación.

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Quizá la cinta tarde un poco en introducir su trama principal: Albert le Lay, un oficial procedente del país vecino al que el destino, o la casualidad, llevó a Canfranc en 1940. Justo cuando empezaba la Guerra que obligó a cerrar las fronteras. Le Lay tuvo que vivir la ocupación de su país al otro lado de las montañas. Y cuando la Alemania nazi tuvo Francia tomada y se reabrió la frontera decidió actuar.

¿Cómo lo hizo? Con un trabajo de hormiga. Colaboró con la Resistencia francesa, los refugiados, las patrullas. Lo hizo sin moverse de Canfranc, actuando más como intermediario que como hombre de acción. Y cuando, siendo ya un miembro destacado del gobierno de De Gaulle le ofrecieron un cargo, quiso volver a esta estación dónde pasó gran parte de su vida.

Se nos cuenta la historia de Le lay con un ritmo que no decae nunca. La voz en off que simula al propio protagonista nos cuenta su historia en primera persona, las imágenes y los videos de archivo nos ofrecen secuencias vívidas de la época y todo se cierra con una nutrida colección de entrevistas (hasta 19 personajes) incluyendo a las hijas de le Lay (Que, lamentablemente, murieron durante la producción), su nieto, hijos de personajes destacados dela época, antiguos carabineros…

Si hay que ponerle un pero a este documental es que trata de condensar mucho en muy poco tiempo. Tan solo 70 minutos para una historia tan compleja. Eso hace que muchas cosas se queden en la superficie. Por ejemplo, pese a tener entrevistas con sus familiares, tenemos pocos datos del protagonista más allá de su historia con la Resistencia. No sabemos cómo era su carácter o su vida privada. Se ciñe a un marco temporal muy restringido, lo cual le quita algo de dinamismo a la idea.

Aunque eso mismo consigue ser una virtud. Al final, veremos que la historia de la persona va unida a la de la estación. Y eso permite un tono melancólico que hará las delicias de los más sentimentales. Uno sale con la sensación de haber visto una gran narración que, eso sí, podría haber sido aun mejor.

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