Temblores (Jayro Bustamante)

La tierra se mueve bajo los pies de Pablo, un padre de familia expulsado del hogar al descubrirse su homosexualidad. La tierra agita violentamente durante unos segundos la región de la Ciudad de Guatemala no se sabe si como una advertencia divina por transgresiones cometidas contra la rígida jerarquía moral cristiana. Este movimiento sísmico funciona a modo de réplica simbólica del provocado por el protagonista de Temblores (Jayro Bustamante) en su entorno —ligado a la fe cristiana evangélica—, para el que queda como prioridad absoluta la posibilidad de ver a sus hijos. La tensión subterránea acumulada por esta represión de la sexualidad en el seno de una comunidad religiosa parece explotar con ese simulacro o realidad de un fenómeno natural tan violento. Represión de la homosexualidad en la misma comunidad que hace pocos años ya se mostraba con la protagonista de Joven y alocada (Marialy Rivas, 2012) y aquí sirve también para atacar y descomponer los tradicionales principios de este rígido clan de familia burguesa.

Jayro Bustamante plantea una narración rigurosa en lo formal como ya hiciera en Ixcanul (2015), adaptándola al entorno urbano y los interiores en un ejercicio de ambientación directo que contrapone además las realidades materiales de dos mundos aparte en su dimensión social. Los reproches de su esposa, las críticas de los padres y las insinuaciones nada veladas dejan en evidencia no sólo una profunda herida por la deslealtad de la infidelidad cometida. Mucho más grave es el estigma que les marca y cuestiona su honor ante el resto de su congregación y de sus iguales. Los encuentros forzados normalmente por el personaje de Juan Pablo Olyslager se suceden con consecuencias de todo tipo, mientras el relato se divide entre el difícil comienzo de una vida nueva y una disección concisa tanto de las costumbres de la familia que lo ha desterrado como de los responsables de su congregación. El desarrollo dramático predomina sin ambigüedad con el primero y una distancia irónica se apropia de los segundos, que lleva a escenas de una gran comicidad a partir de sus diálogos y construye una afinada sátira que usa sin manipulación alguna el propio discurso dogmático de sus seguidores contra ellos mismos. De hecho, más allá de la ironía, Bustamante acaba riéndose sin complejos de su adoctrinamiento en momentos puntuales en los que el montaje se dispone para señalar algunas exageradas reacciones, con una narrativa visual que —desde una aproximación estilizada y técnicamente impecable— evoca al del culebrón serial televisivo incluso en su puesta en escena.

Esta especie de presión interna que se intensifica por las aparentes contradicciones en el tono se focaliza en Pablo, que lejos de estar seguro de su decisión tiene más que dudas de seguir adelante si con eso se convierte en un paria y pierde el contacto con sus hijos. Y esta es la clave del planteamiento temático del film, que afronta en todo instante las consecuencias de la represión y hasta qué punto uno puede sacrificar la identidad para encajar en una estructura que no deja espacio para la diversidad y la individualidad. ¿Debe renunciar a un amor auténtico para tener una oportunidad de ser feliz de otro modo conservando su vida anterior? ¿Es posible ser feliz negando tu propio deseo y quien eres? Y en todo caso ¿qué es la felicidad? Para el resto de su familia la felicidad es seguir las directrices morales de su religión, cumplir con unas inmutables convenciones culturales anacrónicas y no perder un estatus social ligado a lo económico y el prestigio. La idea del conversionismo aparece en consistencia con sus convicciones: un nuevo renacer análogo al experimentado con el rito del bautismo puede tener lugar para hacer que Pablo sea un “hombre” de nuevo, si quiere intentarlo a través de un tratamiento específico que le proponen que puede curarlo. Así deja patente el director en la cinta su perspectiva, elaborada a partir de un entramado de ambivalencias que sobrevive hasta su mismo final.



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